Sombras
Cuestiones

Valiente

No lloro porque soy débil. Lloro porque soy más fuerte que débil. Porque necesito drenar los sentimientos que mi garganta traga cuando debo empujar con el alma. Porque cada paso firme que doy pisa mis temores bajo su suela. Porque me guardo en el bolsillo la inseguridad sintiendo cómo revolotea, como si hubiera encerrado a una mariposa que aletea incesantemente sobre las paredes de mi conciencia. Esas noches donde los días de trinchera pesan, con lunas interminables y un desfile de cuestiones en la pasarela de la mente… son noches que no son fáciles si no dejo fluir las lágrimas. No es tan difícil ser fuerte, poner mirada de acero y avanzar como si dominara el viento que golpea mi frente. Lo verdaderamente difícil es luego mirarme al espejo y asumir que es preciso llorar. Que en la penumbra de mi habitación ya no es necesario ser fuerte, que por un instante puedo poner la mano en mi bolsillo y liberar esa mariposa insegura. Que puedo permitirme sentir esa soledad, y mirarla a los ojos, y admitir que a veces no me gusta, precisamente en esos momentos en que la trinchera es sólo mía y soy mi propia estratega y soldado.

A veces se nos da muy bien esto de ser fuertes. Es como si hablara la esencia, una fuerza natural que nace sin pensarlo. Algo que te empuja a hacer, a defender, a veces a atacar. De pronto tomamos impulso y en una fracción de segundo estamos en carrera, y daríamos la vuelta al mundo si fuera necesario. Debemos enfrentar las famosas pruebas del destino, esas que se supone nos tocan porque podemos con ellas. Pero qué liberador es por la noche abrazarte a tu almohada, y dejarte ser una niña indefensa en la tranquilidad de tu castillo. Qué dulce ese espacio, esos puntos suspensivos que te da el peligro, como regalando una pausa para que respires. Qué reconfortante es volver a ver tu corazón, ese que escondiste debajo de la pesada armadura de metal y que se ha llenado de emociones para soltar mientras agitabas tu espada afuera.

Sé que lo estoy haciendo muy bien, y sé que aún puedo más. Me lo digo todos los días cuando dejo atrás cada peldaño como si de escalar el Everest se tratase. Dentro mío llevo una niña impetuosa y determinada a lograrlo, y llevo también una madre que la recibe en cálido abrazo cuando tiene ganas de no ser valiente por un rato. Que acaricia su frente recordándole que hay un sitio donde volver a sentir la sangre corriendo por sus venas, donde puede detenerse a respirar profundo y donde puede ser ella con su lado vulnerable. Donde no hay peligro de quitarse el traje de guerrera y desnudar su cansancio. Donde puede quebrar en llanto, y nada ocurrirá porque lo haga.

Lucha
Fuente de la Imagen: Pixabay.

Lo estoy haciendo muy bien. Soy todo cuanto debo ser. Me preocupo de llevar siempre mis garras afiladas para cuando llegue la ocasión de usarlas. Llevo en mi mochila lo necesario para trepar obstáculos, y litros de coraje para levantarme cuando tropiece. Aprendí a poner en modo frío mis emociones cuando las escasas horas del día me apremian para alcanzar el objetivo. Aprendí a atravesar huracanes, a sortear trampas, a esquivar distracciones. Si hay que correr, corro. Si hay que allanar caminos, mi machete estará listo. A veces no entiendo cómo lo hago, creo que es parte de mí, tal vez cierto instinto de supervivencia. Pero sabe el cielo cuánto me gustaría no estar en guerra todo el tiempo. Cuánto de mí se queda escondido en un rincón, porque no es el momento de salir, porque es momento de ser fuerte. Porque no hay tiempo para bajar la guardia, al menos hasta que llegue la noche y pueda encontrarme en secreto con mis sombras, cuando abrace mi almohada. Cuando retorne al sitio seguro donde soy humana, donde tengo dudas, donde puedo permitirme aflojar mis debilidades contenidas. Donde el respiro más hondo llega hasta el centro de mi miedo, y puedo reconocerlo y abrazarlo.

Ese sitio está en esta noche, en alguna parte entre el andar de las agujas del reloj y el canto de grillos lejanos. Mientras el mundo duerme hasta transcurrir el amanecer, esperando despertar en otro día rutinario, capaz de camuflar las batallas más silenciosas. Cuando miles de almas aprovechan este instante para darse el permiso de llorar, antes de volver a ser valientes por la mañana. Esas almas que luchan en silencio para ocultar esa necesidad de sólo ser. Esas almas que solemos admirar por ser tan fuertes.

 

Dedicado a Rosana, esa alma tan valiente como humana.

 

Anna Aguilar

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