Una red de amor
Cuestiones

Una red de amor

Existe una red de amor invisible, casi imperceptible a los ojos cotidianos. Imagina las veredas de una gran ciudad, con cientos de personas de andar frenético que van a hacia algún lugar, apuradas por llegar. Imagina cuántos automóviles se trasladan en una gran avenida, en medio de bocinas que aturden y semáforos que estorban. Gente entrando y saliendo de oficinas, compradores compulsivos agotando sus tarjetas de crédito, niños reunidos en un aula aprendiendo a sumar y restar. Piensa ahora en la rutina de tu día… Quizás levantarte casi de madrugada para ir a tu trabajo, atender los reclamos de tus hijos, devorar las páginas de ese libro que debes aprender para rendir un examen, hacer las compras para la cena, visitar a la familia porque es domingo, pagar tus impuestos, chequear tu teléfono móvil, ir al gimnasio o a la clase de yoga, reunirte en un café con un amigo, comprar un regalo de cumpleaños… Uff… cuántas cosas puedes llegar a hacer en un mismo día, y cómo podrías con una agenda tan ajetreada percibir la red de amor de la que te hablo hoy. Pero sí, existe una red de amor que te sostiene y te involucra, que te reconoce y te nutre, y en esa red tú mismo sostienes, involucras, reconoces y nutres a otros.

Piensa nuevamente en un día de tu vida. A quién ves apenas abres los ojos, quién te prepara el desayuno, quién se despide de ti con un beso. Quién te ha dado el empleo que tienes, quién sonríe al verte llegar a la oficina, quién te ayuda a resolver un problema. Quién te presta sus apuntes o te obsequia su tiempo para explicarte ese tema que no entiendes. Quién te espera con la mesa servida, aunque sea sólo los domingos. Quién te envía ese mensaje que te hace sonreír, quién pregunta cómo estás o te invita a tomar un café. Quién te da su consejo, quién te lo pide a ti. Quién te agradece por ser su cliente, a quién agradeces por un favor. Quién te acaricia o a quién besas. Quién organiza esa colecta en la que colaboras. Quién te hace reír a carcajadas, quién se ríe de tus chistes. Siempre hay un «quién», y me arriesgo a decir que no hay sólo uno en un día de tu vida. Estás inmerso en esta cadena de causas y efectos que son los vínculos, incluso aunque consideres que eres la persona más solitaria del planeta.

Ocurre que el ser humano no ha nacido para estar solo, y no existe en el mundo un solo individuo que no forme parte de alguna red de amor, que no sea un eslabón único e indispensable de esta cadena. De pronto, si miras atentamente a tu alrededor, podrás detectar esos otros eslabones conectados a tu existencia de un modo perfecto. Cada uno de ellos, también único e indispensable para tu momento presente, tiene un rol esencial en esa conexión, un espacio conquistado, un lugar en tu mundo. Son ciertamente tus maestros, porque siempre aprendes algo de ellos. Tantas veces son espejos, que devuelven tu reflejo en forma de emociones. Son compañía en tu andar por la vida. Son las palabras que reviven tus silencios y las presencias que hacen saltar el brillo en tus ojos. Los oídos que te escuchan, los brazos que te consuelan. Las manos que sostienen firmemente las tuyas para que te pongas de pie después de caerte. Las miradas que te reconocen, que te buscan y te encuentran.  Son las voces que dicen gracias, por favor, lo siento. Son los dueños de esos gestos que hacen más liviano tu día.

Red de amor
Fuente de la Imagen: Pixabay.

Nadie está excluido de la red de amor. Hasta el más villano ha podido probar el dulce fluir de esta rueda. Y es que sus engranajes son de una naturaleza exclusivamente humana, y es inevitable formar parte de ella. Incluso si elijes la soledad, hay una red sosteniendo tu soledad y al mismo tiempo dispuesta a recibirte cuando decidas salir de ella. Y ni siquiera de ese modo estás totalmente solo. Entonces comprendes que no hay rivalidad entre la soledad y el amor, porque no dejas de ser tú mismo al tiempo que sostienes y eres sostenido por la red. Eres como una isla en la inmensidad de un océano, interrumpido por infinidad de otras islas, conectadas entre sí por los mares que en forma de olas van y vienen de unas orillas a otras. Es muy bello el paisaje de tu isla, es perfecto tal como es. Pero mira qué maravilla la totalidad de la escena, y lo increíble de que esto sea simplemente porque es. No dejas de ser una isla por formar parte del océano. No dejas de ser parte del océano por ser una isla. Sencillamente, es como debe ser.

Cuando miras más allá de tu rutina, de tu agenda, de tu día… puedes ver tu red de amor. Cuando oyes más allá de tus conversaciones y atiendes lo que hay detrás de cada palabra… puedes escuchar tu red de amor. Cada risa, cada caricia, cada gesto y cada favor son tu red en acción. Y cuando puedes verla y oírla, cuando al cerrar los ojos por la noche recuerdas que existe y que existes en ella, sólo puede asomar la gratitud. Porque es como otra dimensión, porque le da magia a la vida y sentido a la humanidad. Porque las constelaciones no existirían sin las estrellas ni el arcoíris sin los colores. Y el mundo está hecho de maravillas, como las constelaciones, los arcoíris… y el amor.

 

 

 

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