Cuestiones

Un poco de Pascua en tu vida

Suele pasarnos que en el trajín diario de nuestras ajetreadas vidas se nos pasa por alto el significado de algunas celebraciones que realizamos a modo de costumbre y sólo porque ha llegado el día de celebrarlas. Entonces, por ejemplo, llega la Pascua y como obedientes cristianos nos apegamos a la tradición de comer hasta el hartazgo huevos de chocolate y dar las gracias a un Cristo que murió en la cruz por nuestros pecados. Pero, ¿hasta qué punto comprendemos el verdadero significado de la Pascua? Y se me ocurre algo más… ¿existe sólo un significado posible para esta ocasión tan especial? Pues yo creo que no, que son posibles tantos significados como interpretaciones puedan darle tantas almas inquietas. Y creo que sí, que tenemos la costumbre de quedarnos en la superficialidad de una historia tan rica en alimento para el alma. Si hacemos de cuenta que la Pascua es un océano cuyo majestuoso paisaje admiramos desde la orilla, lo que vengo a proponerte es que nos echemos a bucear un poco en sus profundidades, por hoy sólo en esta península. Quizás podamos descubrir cómo traer un poco de Pascua a tu vida, y que de este modo adquiera un nuevo significado este día para el resto de tus días.

La palabra Pascua proviene del hebreo pésaj y del latín pascha. En español, Pascua significa «paso» o «salto». Así, esta palabra fue usada por los hebreos para celebrar el paso del invierno a la primavera, o el salto de la esclavitud a la libertad después de Moisés, o el paso de la muerte a la vida de Jesús. Dos de sus símbolos más populares, el conejo de Pascuas y el huevo de Pascuas, representan la fertilidad y el inicio de la vida. Poderoso significado, ¿no? Ahora bien, no nos hace falta esperar nuestra muerte física o la remota posibilidad de viajar en el tiempo a la era de la esclavitud para poder experimentar la Pascua en uno de sus sentidos más profundos. Si agudizamos el observador que hay en nosotros, no tendría que sorprendernos la cantidad de escenarios donde ya somos esclavos, o donde vivimos un invierno interminable, o donde dejamos morir una parte de nosotros acurrucada en algún rincón de nuestra alma resignada. Eureka: tenemos donde practicar nuestra propia Pascua.

A ver, sólo hay que cerrar los ojos un instante, respirar hondo y dejar que el silencio hable. Pero, en realidad, ya lo sabes. Tenemos otra costumbre que no nos ayuda mucho, y es la de tapar con ruido las voces del alma. Porque a veces nos molestan, porque no nos creemos capaces de hacer lo que proponen, porque no nos pensamos valientes para asumir riesgos. Tantas veces esas voces nos hablan de imposibles (¿o será que usamos esa etiqueta para no arriesgarnos?). Nos cuentan de sueños muy lejanos, esos que se repasan en la mente con un vaso de whisky en la mano y la mirada perdida en el «qué hubiera sido si…». Nos invitan a revolver emociones que preferimos callar, porque con sólo asomarse nos regalan un nudo en la garganta o mil ladrillos en el corazón. Nos propinan un golpe justo en el centro de nuestra zona de confort, avisando que existe vida allá afuera si nos atrevemos a cruzar la puerta. Nos recuerdan que algo no nos hace felices, o que no estamos siendo nosotros mismos, o que hay algo a lo que estamos renunciando.

¡De cuántas cuestiones pueden hablarnos estas voces si hacemos silencio para oírlas! Pero es común perpetuarnos en el invierno, amarrarnos más fuerte nuestras cadenas de esclavos o sepultar esa parte de nuestro ser que haría una revolución en nuestra vida. Y quizás exista un denominador común a tantas veces que hacemos oídos sordos al alma: el famoso miedo. Miedo, precisamente, a dar el salto. Miedo a dar ese paso. Miedo de arriesgarnos a cruzar la puerta y aventurarnos al afuera. Y si lo piensas, no le tememos a la primavera, ni a la libertad, ni a la vida. Dime si no te fascina de sólo pensarlas. Cuéntame qué sientes al imaginar ese imposible hecho verdad. O qué sientes al fantasear con la libertad de ser tú mismo frente a los demás. O qué experimentas cuando eso que no te hace feliz puedes transformarlo en el escenario de tu mente. Es imposible temerle a todo eso. Entonces, ¿a qué le tenemos miedo? A saltar, a dar el paso. A atravesar esa brecha que nos separa de lo que dice el alma. Le tenemos miedo a la Pascua.

Fuente de la Imagen: Pixabay.

Pero resulta que la Pascua es nuestro pasaje a la salvación, como lo fue para el pueblo hebreo o para Jesús, o como lo es para el colibrí la llegada de la primavera. Resulta que la Pascua está en nuestra naturaleza. Es la palabra mágica que nos hace crecer, evolucionar, transformarnos. Por algo nunca podemos acallar del todo esas voces del alma que nos instan a atrevernos. Nacimos para dar esos pasos trascendentales. Nacimos para saltar obstáculos, ríos correntosos y hasta algún que otro abismo. Y si hay algo que no es natural en el ser humano es la esclavitud o la muerte mientras respiremos. El alma no es feliz si vive sometida a una forma de vivir que no es la que desea. Tampoco lo es si debe matar sueños y fingir que no es quien es, disimulando sus verdaderas pasiones y amigándose con un personaje que sólo le sirve de disfraz.

Entonces, qué te parece si empezamos a diseñar nuestra Pascua. Yo mi Pascua, tú la tuya. La Pascua vivida como ese salto que transforme algo en tu vida. El paso del silencio de las palabras jamás dichas, a esa conversación pendiente que te abre caminos. El paso de los sueños soñados a los sueños vueltos realidad. El salto de esa relación que te hiere a la relación que quieres tener. El salto del personaje a tu verdadero ser. De la rutina a lo que te apasiona, de tener el control a aceptar lo incierto. De la culpa a la responsabilidad, y de víctimas a protagonistas. Pascua también es tomar las riendas de tu destino y asumir el timón de tu barco. Pascua es ser libre de elegir.

Sí, lo sé… En el momento en que saltes estarás suspendido en el aire. Ni aquí ni allá. Ni en la esclavitud ni en la libertad. Ni en el invierno ni en la primavera. Pero sólo durará unos instantes. Es el tiempo que lleva transformar el miedo en coraje y reencontrarte con quien verdaderamente eres: un ser capaz de hacer el milagro de la Pascua.

 

 

 

 

 

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