Café
Cuestiones

Un café con mi miedo (El viejo miedoso Parte II)

El farol que estaba justo frente a mi balcón parpadeaba cada tanto. Sostuve entre mis manos el tazón con café, permitiendo que el calor que traspasaba la cerámica entibiara mis palmas. Qué reconfortante es esa sensación en medio de la noche oscura y fresca. Te hace sentir a salvo, en pausa, como si tuviera el poder de detener el mundo por un instante para reacomodar mis fichas. Sabía que él estaba sentado en una esquina y me observaba desde hacía rato, esperando con una paciencia infinita el inminente momento de mis planteos, escuchando la voz escondida en mi silencio. Sabía que él estaba ahí, como había estado desde siempre, hablándome de mi inseguridad desde que era una niña. Él había envejecido a medida que yo fui creciendo, y se había alimentado de mis derrotas y vuelto más agrio con mis victorias, porque jamás había creído en mí. El viejo miedoso, la voz de mi propio miedo, estiró sus flacos brazos hacia la mesita de hierro para servirse café en una taza, y comenzó a saborearlo de a sorbos lentos.

«No entiendo», le dije. «Me gusta mi vida, tengo sueños que voy haciendo realidad, amor, risas, amistad, pasión en lo que hago, proyectos e ilusiones, personas que iluminan mis días… Pero desde el momento en que te escucho todo empieza a ser como dices. Es como si la magia perdiera fuerza poco a poco y se dejara vencer por la decepción y la apatía. Y empiezo a ver otra realidad, más pesimista. Se me pierde un poco el rastro de mi pasión, y ya no sé si es mi intuición la que me habla o es tu voz queriendo apagarlo todo. Comienzo a detectar lo tóxico y lo falso como si fueran duendes que antes estaban escondidos debajo de la mesa. La duda aparece como bruma gris que filtra la luz y la vuelve opaca, y entonces me encuentro preguntándome qué era lo que me hacía sonreír y por qué se me fue de las manos. Me encuentro incierta, dejando escapar el sentido de los pasos que di, escéptica acerca de aquello que ayer me producía encanto. De pronto empiezo a convencerme de que tenías razón, aunque nunca hubiera deseado dártela. De repente todo empieza a ser como dijiste… pero lo curioso, lo que llama poderosamente mi atención, es que esto empieza a ocurrir cuando te escucho.»

El silencio dibujó una pausa, como la pausa que yo le había puesto al mundo esa noche. Tomé un delicioso trago de café, sin dejar de observar la luz que parpadeaba enfrente. El viejo miedoso también tomó de su taza, se cruzó de piernas y me dijo:

«Sí que entiendes. Lo has dicho pero no te has dado cuenta. Abre los ojos, te has dejado confundir por mí. Desde el momento en que me escuchas no sólo me estás escuchando, también comienzas a mirar con mis ojos. Empiezas a buscar en cada palabra que escuchas, en cada circunstancia que vives, en cada persona con la que te relacionas, una razón para no darme la razón. Empiezas a estar alerta, a esperar que ocurra o no ocurra lo que te anticipé, y desde ese momento sales del presente. Desde ese momento juzgas, estás pendiente del resultado, te fuiste un paso más allá de la magia para intentar adivinar si todavía seguirá existiendo mañana. Es como querer tomar una fotografía de una estrella fugaz para probar que existe, te perderás su paso y en la foto no saldrá nada más que oscuridad.

Desde el momento en que me escuchas te haces eco de mis palabras, le das entidad a mi perspectiva. Porque aunque no quieres que tenga razón, ya estás considerando la posibilidad de que la tenga. Entonces no puedes estar entera, cómo no vas a sentirte incierta? Tu ser se divide entre lo que deseas y lo que temes, y la realidad comienza a ser una lotería. De pronto te importa lo que pueda pasar, porque la realidad podría darme la razón en cualquier momento, y de hecho lo empieza a hacer. Porque lo que yo te señalo existe, pero desde la perspectiva del miedo. Y como ya dudas de que la realidad sea como creíste ayer, comienzas a dudar del camino que hiciste para llegar a ella y comienzas a dudar de hacia dónde irás, porque ya ni siquiera sabes con certeza dónde estás.»

El viejo miedoso dejó de hablar para beber más café. Me miró como decidiendo si me revelaba o no un gran secreto existencial. Pareció compadecerse de mi confusión, y continuó:

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Fuente de la Imagen: Pixabay.

«No puedes deshacerte del todo de mí, porque soy una de las voces de tu ego, por tanto siempre existiré… simplemente porque eres humana. Mi trabajo será llenarte de dudas, pero cuidado, esas dudas no son mías, son las que dejas crecer en el jardín de tu propia conciencia. Yo voy a mostrarte la tierra estéril del miedo que todavía forma parte de ese jardín, y será tu decisión reemplazarla con tierra fértil para que crezcan flores, o sentarte a suspirar porque sigues teniendo un jardín estéril donde sólo se desparrama maleza. Yo existo en tu ego, pero no puedo existir en tu esencia, porque la esencia no tiene miedo. Y tiene una voz más poderosa, tu intuición. No la confundas con mi voz. La intuición te hace sentir plena, entera, decidida, de acuerdo con tu ser interior. El miedo te llena de confusión e incertidumbre, te divide y te apaga. Escucha mi voz, pero no la escuches. Escúchame para saber de tus tierras estériles, pero una vez que lo sepas deja que mi voz se apague, porque jamás te llevaré a un sitio feliz. Porque el amor, la pasión, la risa, la felicidad, jamás crecen en tierras estériles. Escúchame, pero no me creas, deja que mi voz sea un simple eco de tu parte débil. Al fin y al cabo, soy sólo eso… miedo.»

El silencio se adueñó del balcón, y de la noche, y del mundo en pausa. Ya no había más café en mi taza y la brisa sonámbula enfriaba mis manos. Pasaron algunos minutos, y el viejo miedoso ya se había ido. Quién sabe qué recoveco de mi alma sería su cueva preferida. Entré a mi habitación, víctima de un profundo bostezo, y mientras cerraba la persiana pude observar algo que me hizo sonreír a desgana. El farol de enfrente ya no parpadeaba, y su tibia luz se trepaba a mi ventana.

Anna Aguilar

 

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