Un barco sin capitán

“Señora, debe asumir su puesto en el timón”. La voz de ese hombre me llega como un eco lejano, pero es suficiente para comenzar a abrir los ojos. Me había quedado dormida poco después de ver unos nubarrones en el horizonte. Para evitar el pánico de pensarme en medio de una tormenta en altamar, tomar una siesta me había parecido una buena opción. Pero ahora que aquel tripulante había osado despertarme, y mientras me tomo unos segundos para enterarme de que ya no sigo soñando, puedo darme cuenta que las nubes negras cubren por completo el cielo bajo el cual navegamos y el viento sopla amenazante. Sinceramente, no tengo idea de cómo ni por qué estoy a bordo de este barco. Sólo recuerdo vagamente haber caminado por un muelle, haber charlado con un par de personas y bueno… una cosa lleva a la otra, y aquí me encuentro: embarcada quién sabe hacia dónde. Y no sólo embarcada, flotando además sin rumbo en medio de una tempestad pronta a desatarse. ¿Qué me había dicho el hombre que me despertó? Ah… sí, algo sobre mi puesto en el timón… (¿El timón?).

“Señora Capitana, por favor, necesitamos que tome el mando del timón ahora”. ¿Capitana? ¿He oído bien? Este tripulante debe de estar confundido. ¿De dónde ha sacado que yo sé timonear un barco o (más importante aún) que yo esté al mando de él? Esto tiene que ser una broma. Me olvido un momento de las nubes negras y observo al hombre uniformado. No lleva camisa de fuerza y parece estar sobrio, así que me incorporo rápidamente mientras trato de hacer desaparecer las arrugas de mi falda.

¿Usted es…? le pregunto frunciendo el entrecejo.

El hombre me mira sorprendido, pero enseguida lleva su mano a la sien en un saludo formal.

— “Oficial de cubierta Coraje, mi Capitana”.

Mmm… Extraño. Definitivamente este oficial está confundido, y más me vale sacarlo de su confusión pronto si es que está buscando a alguien competente para timonear la embarcación. Me dispongo a señalar a este señor que no soy ninguna capitana, pero antes de que termine de levantar mi dedo índice y pueda emitir palabra, el oficial me interrumpe.

— Por favor, sígame — y da la media vuelta emprendiendo paso muy seguro por cubierta. Lo sigo por inercia, atenta a que surja el momento en que pueda explicar que soy una simple pasajera, pero algo comienza a resultarme más extraño aún que mi corta charla con el oficial Coraje. Mientras voy detrás suyo pisándole los pasos, el barco comienza a parecerme familiar. Me sorprendo al notar mi nombre inscripto en cada uno de los botes salvavidas. Y en los chalecos, y en las velas, y en el mástil… ¡No puede ser! ¿Será que en verdad este barco es mío?

— ¿Cuál es el nombre de la embarcación? — pregunto, aunque ya sé la respuesta.

Ana, ¿recuerda? — el oficial suena dulce aunque firme, como si estuviera hablándole a una niña.

Mientras avanzamos por la cubierta de mi barco (¡tengo un barco!) bajo un cielo sólo iluminado por relámpagos intermitentes, observo a los pasajeros que voy cruzando en el camino. Una mujer que llora desconsoladamente, aferrada a su pañuelo. Una pareja discutiendo. Un borracho algo refinado terminando su quinta o sexta botella de Rutini. Un hombre abofeteando a otro. ¡Por Dios! ¿Cómo se ha llenado mi barco de gente tan tóxica? Pero, por suerte, no todo es tan espeluznante. Allí hay una niña jugando, una madre entrada en años escribiendo cartas, un artista pintando un cuadro. Supongo que, dado que efectivamente es mi barco, debo haber aprobado que cada uno de ellos esté aquí y ahora a bordo conmigo.

Las olas enfurecen rompiendo contra el casco de la nave al momento en que arribamos a la cabina. A todo esto, todavía no se me ocurre cómo demonios voy a manejar el barco, y la idea de naufragar comienza a sofocarme. Frente a la rueda de timón se encuentra otro oficial, muy concentrado en temblar del espanto mientras tímidamente intenta alguna que otra acción. Es el oficial Miedo, me explica el oficial Coraje, y se había hecho cargo del rumbo de la nave en mi ausencia. Vaya nombre, pienso, como para no terminar en medio de una tormenta apocalíptica si fuimos comandados por el oficial Miedo… Por curiosidad, pido al oficial Coraje que me presente al resto de la tripulación. Y aquí están: oficial Culpa, oficial Tristeza, oficial Enojo, oficial Vergüenza y oficial Exigencia. Todos se habían estado turnando para intentar dirigir la embarcación.

— Aquí falta gente — afirmo convencida. ¡No puede ser que todo en mi barco sea tan deprimente! Como si fuera una réplica exacta de cómo he estado sintiéndome últimamente. Quizás antes no he reparado en ello pero, ahora que lo veo en vivo y en directo, si existe un Oficial Alegría lo quiero ya a mi derecha en la cabina. En efecto, el oficial Alegría se halla intentando avivar el caldero, el oficial Esperanza está ocupado encendiendo las luces que se apagan por la tormenta, el oficial Confianza se recupera de una gripe en su camarote y el oficial Amor se esfuerza en mantener unidas las partes del barco. Uf, menuda tripulación tengo, pero todos cumplen su función… ahora estaría faltando que haga mi parte.

Y lo cierto es que sigo sin saber cómo maniobrar esa rueda complicada de la que parece que depende que no naufraguemos. No tengo idea de dónde estoy, mucho menos de dónde ir. La tormenta se cierra sobre mi barco y lo hamaca de una forma nada amable sobre el océano revuelto. El viento ruge con más fuerza que antes, y me pregunto si no hubiera sido mejor seguir con mi siesta, sin enterarme de que me estaba hundiendo. Entonces sucede algo extraordinario. De pronto, lo recuerdo todo. Sí, yo diseñé y creé mi barco, yo invité a los pasajeros que hay a bordo. Yo zarpé de aquel muelle en invierno pensando que el mar me daría veranos. Yo extravié mi hoja de ruta y confié en que la corriente me llevaría a alguna parte. Yo vi deteriorarse mi barco a la deriva, sin tierra a la vista ni muelles donde amarrar. Yo bajé los brazos y dejé que mis tripulantes lo intentaran por mí, y cuando lo peor asomaba decidí huir, decidí ser una pasajera más y olvidar que mi barco era mi responsabilidad.

Fuente de la Imagen: Pixabay.

Pero ahora estoy aquí, con las manos en el timón, despierta y con las piernas firmes plantadas en mi realidad. Miro de frente la tempestad que comienza a desplomarse sobre el mar y se acerca en cámara lenta. Mi barco avanza en línea recta hacia ella. Ato mi pelo en una cola, ajusto mi chaleco salvavidas y respiro hondo. Tal vez no sepa dónde ir, pero sé que no me quedaré aquí. Soy la Capitana de este barco y no dejaré que se hunda. Y tampoco escaparé ya de la tormenta. Dejo en segundo plano los truenos estremecedores e imagino el horizonte que quiero alcanzar. El horizonte donde están mi paz y mi felicidad, donde estaré a salvo, donde quiero vivir mi vida como a mí me gusta vivirla. Aprieto con fuerza el timón y el oficial Coraje sonríe cuando me oye gritar: “¡Rumbo norte, caña a la vía!”.

 

 

 

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