• Tristeza
    Cuestiones

    La tristeza en mi mochila

    Como buena practicante de la autosuficiencia que soy, he intentado ocultar la tristeza. He intentado ocultarla incluso de mí misma. Me prendí de cuanta estrella fugaz me distrajera aunque fuera por un momento: alguien que me hiciera reír, una buena película de acción (o toda una saga), un libro de coaching, un rico menú para la cena. Pero, como todas las estrellas fugaces, esos momentos pasaron ante mis ojos con un principio y un final muy acelerados, y entre estrella y estrella me he encontrado buscando mi próxima excusa para no sentir la tristeza. Puede ser que haya querido deshacerme de ella sin mirarla a los ojos. Puede ser que haya caminado todos estos días con ella a cuestas en mi mochila, como si fuera una gran piedra aplastando silenciosamente mis vértebras, y que haya planeado arrojar esa mochila sin siquiera abrirla. He estado tan ocupada en exigirme no sentir el peso de la tristeza y en intentar que por arte de magia desaparezca de un instante a otro, que no me di cuenta que eso prolongaba aún más la agonía. Escaparme de ella no me ha dado buen resultado, pues siempre la tristeza reaparece como lo hace un corcho rebelde en el agua.

    Entonces, intenté arreglar el pasado.

  • Cuestiones

    El mago que sopla las heridas

    Uf… cómo duele. Te abres paso en esa selva espesa de pensamientos y sensaciones. De los árboles cuelgan lianas rebeldes que lo hacen todo tan confuso. Una maraña en la cual te cuesta dibujar una salida, pero así y todo no desistes y avanzas… con el corazón en la mano. Te han herido, aunque a esta altura ya no puedes estar seguro si el arquero que disparó la flecha fuiste tú mismo. A veces uno pierde noción de la realidad porque, entre tantas interpretaciones diferentes que pueden existir para un mismo hecho, esa realidad se te escapa de la vista. No estás seguro de quién, cómo ni por qué. Mucho menos comprendes ahora el para qué, pero esperas descifrarlo pronto para que ese dolor no sea estéril y pueda dejarte alguna enseñanza. Lo cierto es que, de momento, lo que urge es atender esa herida. Porque te nubla el camino, porque te pesa cuando respiras. Porque mientras andes herido será difícil alcanzar alguna cima o sonreírle a la vida. Te sientes cansado. Te agobia el tiempo que no corre, y si corre rápido te parece que lo hace en vano. Sabes que no puedes hacer de cuenta que esa herida no existe, así que empiezas por aceptarla. Allí, en medio de esa selva enmarañada, te han dicho que habita un mago que puede curarla. Y vas a su encuentro, atravesando lianas, soportando alguna espina que roza tu dolor, sosteniendo un corazón convaleciente que espera ser sanado.