• Cuentos Cortos

    Un barco sin capitán

    «Señora, debe asumir su puesto en el timón». La voz de ese hombre me llega como un eco lejano, pero es suficiente para comenzar a abrir los ojos. Me había quedado dormida poco después de ver unos nubarrones en el horizonte. Para evitar el pánico de pensarme en medio de una tormenta en altamar, tomar una siesta me había parecido una buena opción. Pero ahora que aquel tripulante había osado despertarme, y mientras me tomo unos segundos para enterarme de que ya no sigo soñando, puedo darme cuenta que las nubes negras cubren por completo el cielo bajo el cual navegamos y el viento sopla amenazante. Sinceramente, no tengo idea de cómo ni por qué estoy a bordo de este barco. Sólo recuerdo vagamente haber caminado por un muelle, haber charlado con un par de personas y bueno… una cosa lleva a la otra, y aquí me encuentro: embarcada quién sabe hacia dónde. Y no sólo embarcada, flotando además sin rumbo en medio de una tempestad pronta a desatarse. ¿Qué me había dicho el hombre que me despertó? Ah… sí, algo sobre mi puesto en el timón… (¿El timón?).

  • Hay un guerrero en ti
    Cuestiones

    Hay un Guerrero en ti

    Sí, ya lo sé. He sentido esto muchas veces. El mundo te abruma como si fuese un puño que te oprime y te deja poco aire para respirar. Los caminos se cierran en vez de abrirse y te pesa cada día que amanece. Las circunstancias de la vida te han llevado a habitar esa cueva donde te escondes, ese sitio seguro donde de algún modo te proteges de los peligros del afuera y donde evitas mirar de frente las propias sombras que guardas dentro. Afuera asechan todo tipo de males: la indiferencia, el abandono, el desamor, la agresividad, el riesgo propio de tomar decisiones para elegir uno u otro camino, la incertidumbre, el fracaso, la decepción. Temes salir de la cueva y que alguno de esos monstruos te congele el corazón. Y dentro tuyo logras callar esos fantasmas que te susurran al oído: el miedo, la desesperanza, la culpa, la tristeza. Un día más de falso equilibrio, y todo lo sostienes con la simple decisión de quedarte donde estás. No te mueves, casi no respiras, por no alterar la estructura de tu cueva y que todo se venga abajo. Podrías desatar un tremendo derrumbe si lo hicieras, y los males del afuera se mezclarían con los fantasmas del adentro, y quién sabe qué sería de ti. Quién sabe si podrías con eso.

    Pero lo cierto es que tampoco puedes con esto. Dentro de tu cueva aún queda espacio para soñar una vida diferente