• Bestia
    Cuentos Cortos

    Muerte de un psicópata

    El frío del metal desgarrándote el hígado congeló ese último instante. Era verdad eso que dicen, antes de morir ves pasar tu vida ante tus ojos como una agónica película que llega a su final. Y además de agónica, en tu caso la película era bastante sarcástica, una especie de comedia negra que te mostraba todo lo que hiciste mal. Nunca imaginaste este final, nunca imaginaste que estaba tan cerca. Las piernas se te aflojaron por última vez, exhalando el resto de fuerza que les quedaba. Supiste que no había vuelta atrás. Se terminó el show. Torpemente llevaste tu mano al lado derecho, en un intento ridículo de sosegar el dolor. Pero ése no era el único dolor que se desparramaba por tu cuerpo. Ese minuto eterno te enfrentaba con algo mucho más terrible que tu verdugo, y era tu propia bestia. Esa que toda una vida guardaste entre las rejas de tu conciencia, convenciéndote una y mil veces de que no existía, disfrazándola con la enorme mentira que veías en el espejo cada mañana al comenzar tus días. Ya no habría más mañanas grises para engañar. Dios… cómo duele, no? Tantos años huyendo de ella, y ahora la bestia se paraba justo enfrente tuyo para verte morir. Una mueca triste e irónica se dibujó en tus labios, y tus ojos por primera vez fueron honestos, aterrorizados del abismo que te invadía.

  • Piedras
    Cuentos Cortos

    El brujito y las piedras

    Caminé casi sin rumbo entre la muchedumbre. Mi mirada turbia se detenía de vez en cuando en alguno de los puestos de artesanos organizados a ambos lados del camino, al pie del cerro Uritorco. Una suave música recorría el aire serrano… y en sociedad con el refrescante ronronear del río, que marcaba su paso entre las piedras, le daban un tinte místico al lugar. Era uno de esos sitios donde cierta magia sobrevuela, invitándote a conectar con el universo. Donde la brisa desparrama armonía de tal forma que podemos atrapar una buena dosis de un solo puñado. Pero ni todas las dosis de esa montaña hubieran podido con el enredo que dominaba a mi alma esa tarde. Imagino que saben lo que pesa un corazón roto, o el ruido tremendo que hace el vacío, o el sabor amargo que tiene la rabia. Quién no se ha dejado inundar alguna vez por cualquiera de las emociones que nacen del miedo. Quién no se ha sentido vencido cuando otro día muere sin haber armado el rompecabezas de su vida. Quizás no era la única que caminaba perdida aquella tarde a orillas del Calabalumba, sedienta de alguna gota de esa magia que prometía el aire. Pero el muro de mi enojo era a prueba de esperanzas.

    Sin darme cuenta, me había detenido hacía varios minutos frente al puesto de un brujito. Comencé a observar lo que mis ojos habían estado mirando sin mirar. Sobre una precaria mesa cubierta con un paño color índigo, habían dispuestas siete piedras de diferentes colores junto a un saco de tela gris. Una mano arrugada las tomó y las guardó dentro del saco, y entonces me percaté de la presencia del brujito. Era un hombre bastante mayor, con un cabello blanco bastante desordenado y una incipiente barba bastante desprolija del mismo color. Me miró y extendió hacia mí la mano acercando la bolsa, y me dijo:

  • Mujer
    Anécdotas

    Lo siento, perdón, gracias, te amo

    Desperté apenas amanecía, con el primer esbozo de claridad que se trepó a mi balcón, y aún así había sido una noche larga. Los ecos de las balas que habían llovido sobre mi ego, las imágenes difusas de las cadenas del pasado y ese olor fresco a decepción… se mezclaban y daban vida a un solo fantasma que se sentaba al mismo tiempo que yo en el desorden revuelto de mi cama. Lo contemplé como se puede contemplar al desastre después de un huracán, rendida. Y entonces fui por ella. La busqué por las habitaciones, atravesando pilas de ropa de batalla y tazas vacías de té que resultaron no ser mágicas. Aparté de mi camino los escombros de lo que había sido mi zona de confort, la cueva donde me había escondido desde mi infancia, observando cómo todavía echaban humo los miedos que habían sido sus andamios. La casa era un caos, como lo era la vida, como lo era mi alma.

    Y allí la encontré, de pronto parada frente a mí, con los ojos nublados y desconfianza en sus pupilas, con la frente vencida y los labios secos por tantas palabras que no fueron oídas. Nos miramos en silencio, con una comprensión tan vasta como el océano. Pude advertir cómo la tormenta también había desordenado su pelo, y cómo su suspiro era una bandera blanca de rendición. Entonces sentí un deseo irrefrenable de romper el silencio, le sostuve la mirada y las palabras brotaron como si dentro mío existiera un manantial que desconocía. Y le dije…: