• Tristeza
    Cuestiones

    La tristeza en mi mochila

    Como buena practicante de la autosuficiencia que soy, he intentado ocultar la tristeza. He intentado ocultarla incluso de mí misma. Me prendí de cuanta estrella fugaz me distrajera aunque fuera por un momento: alguien que me hiciera reír, una buena película de acción (o toda una saga), un libro de coaching, un rico menú para la cena. Pero, como todas las estrellas fugaces, esos momentos pasaron ante mis ojos con un principio y un final muy acelerados, y entre estrella y estrella me he encontrado buscando mi próxima excusa para no sentir la tristeza. Puede ser que haya querido deshacerme de ella sin mirarla a los ojos. Puede ser que haya caminado todos estos días con ella a cuestas en mi mochila, como si fuera una gran piedra aplastando silenciosamente mis vértebras, y que haya planeado arrojar esa mochila sin siquiera abrirla. He estado tan ocupada en exigirme no sentir el peso de la tristeza y en intentar que por arte de magia desaparezca de un instante a otro, que no me di cuenta que eso prolongaba aún más la agonía. Escaparme de ella no me ha dado buen resultado, pues siempre la tristeza reaparece como lo hace un corcho rebelde en el agua.

    Entonces, intenté arreglar el pasado.

  • Cuestiones

    La voz de mi niña interior

    Caray, a veces me olvido de ella. Nos sentamos una frente a la otra en la orilla de algún río, y un silencio cargado de sentido nos une los corazones. Ella es mi niña interior, presente en mí desde que dejé de ser niña, aunque no hace mucho tiempo haya descubierto su existencia. Es bella e inocente. A pesar de mis años y experiencias, ha sabido cultivar la magia del asombro y no ha perdido la costumbre de montar en estrellas fugaces en busca de sus sueños. He prometido cuidarla desde que me reencontré con ella, pero lo cierto es que suelo perder el norte y en medio de ese desorden la arrastro en mis frustraciones. La observo cabizbaja, jugando con un palillo a enrollar las hierbas rebeldes y resoplando para apartar algún mechón de pelo que cae sobre su nariz. El tiempo pasa sumergido en ese silencio, y con paciencia y ternura espero que ella desee hablar.

    — Me siento herida… — susurra. Y no es para menos.

  • Cuestiones

    Pandemia: el desafío de renacer

    «Una pandemia de tal magnitud como la que estamos atravesando saca a la luz lo mejor y lo peor de los individuos, y de la humanidad». He oído esta frase en varias ocasiones los últimos días, y creo que es bastante acertada. Lo peor de nosotros está más que a la vista. Que hemos maltratado al planeta, que la naturaleza se toma un respiro de las acciones nocivas del ser humano y que tenemos lo que merecemos, son moneda corriente en los comentarios en las redes sociales. Nuestro lado egoísta y destructivo ha sido jaqueado. Somos el virus que corroe a la Madre Tierra, y era de esperar el castigo ejemplar de quedarnos encerrados mientras la fauna libre corre por las ciudades. Hemos pecado de poder y soberbia, nos hemos creído dueños del mundo y quizás del tiempo. Y aquí estamos, presos en nuestras jaulas con el miedo contaminándonos la sangre mucho más que el virus los pulmones. Aquí estamos, sentados en el banquillo de los acusados, listos para ser juzgados por nuestras malas acciones, para ser reprendidos y condenados. Y por si acaso la muerte nos sorprendiera antes e impidiera la sentencia, nos adelantamos con los azotes de la culpa y el autocastigo, mientras repetimos como mantra que la humanidad es un desastre. Entonces vuelvo a la frase inicial y me pregunto: ¿dónde está lo mejor de nosotros?

  • Cuestiones

    La humanidad en cuarentena

    En la vida a veces se confunde lo que es un enemigo con lo que puede ser un poderoso maestro. O tal vez los enemigos resultan ser, a la luz del diario del lunes, esos maestros que en cierto modo nos transforman. Y es que cuando miramos hacia atrás podemos darnos cuenta que no somos los mismos de antes, que algo ha cambiado después de toparnos con ellos en el camino. Solemos aprender algo muy valioso con su paso por nuestra historia. Hoy a todos nos une un enemigo en común, un minúsculo e invisible villano: un virus. Es tan poderoso que la sola amenaza de su presencia nos desata una mezcla de temor y paranoia para nada saludable, que nos intoxica incluso sin haber enfermado. Es tan poderoso que obliga a grandes masas a recluirse en cuarentena, miles y miles encerrados y con la frente apoyada en sus ventanas, observando cómo la naturaleza se deshace a su ritmo de la contaminación humana. Pero, si prestamos atención, descubriremos otro enorme poder de este pequeño gran adversario: su capacidad de enfrentarnos con nosotros mismos.

  • Pandemia
    Cuestiones

    El alma en tiempos de pandemia

    Enciendes el televisor. Un tsunami de noticias se desploma desde la pantalla, sin darte mucho tiempo a procesar la información. Cifras de infectados por el virus y de quienes perdieron la batalla frente a él. Miles de personas en aislamiento, otros miles atrapados en tierras lejanas a su hogar sin poder volver. Instrucciones sobre cómo lavarte las manos y cómo estornudar o toser. Presentación de tus nuevos amigos: barbijo, guantes y alcohol en gel. Uf… tu mente trabaja a toda máquina para no perderse un solo detalle. Cambias de canal. Aviones de rescate. Fronteras cerradas. Barcos varados. Sistemas sanitarios que colapsan. Decretos de necesidad y urgencia. Cómo llevar adelante una cuarentena. Y la esperanza de una vacuna que quién sabe cuándo llega…

    Pero hay cosas que el televisor no enseña. No te explica qué hacer con las ganas de abrazar o dónde guardar los besos que hoy no puedes dar. No existen instructivos sobre cómo evitar extrañar.

  • Cuestiones

    No son buenos tiempos para los soñadores

    No son buenos tiempos para los soñadores. Nosotros, los soñadores, solemos idealizar lo que tengamos delante y, aunque se siente muy bonito, eso no es bueno en el mundo que habitamos. Es muy probable que nos demos la cabeza contra la pared. Pero resulta que además somos cabezones, así que vamos a repetir este proceso una y varias veces más antes de asumir que la realidad no es tal como la deseábamos. Y más que el golpe contra la pared, duele lo aplastante de la desilusión. La cuestión es que este mundo que habitamos nos ofrece en cada esquina una pared para estrellarnos. Parece que tropezamos más de lo recomendable con espejismos, con arenas movedizas y con trampas para osos. Las avenidas están repletas de humanos que conducen sin saber adónde van, y que para nuestra fortuna coinciden por algún lapso en nuestra nave como copilotos. Los parques de diversiones llenan sus filas con personas que no saben reír, con las que perdemos un tiempo valioso intentando descifrarlas. Amos paseando orgullosos a sus esclavos, exhibiendo las cadenas que los hacen pertenecerse los unos a los otros, cadenas con las que más de una vez nos enredamos casi sin querer. Necios empecinados en convencer al mundo de que las rosas son azules, probando nuestra capacidad de asombro ante tanta estupidez. Payasos regalando risas y sonrisas pero que, incapaces de despertar la sensibilidad en su corazón, dan la espalda en un suspiro a los sentimientos. Y qué hablar de los monstruos disfrazados de civiles que merodean los barrios para encontrar almas a las que asustar, los vampiros que buscan cuellos puros para alimentar su oscuridad y los vendedores de mentiras que están al acecho de nuevas víctimas que estafar.

  • Cuestiones

    Permiso para sentirte derrotado

    Por hoy, sólo por hoy, te doy permiso para sentirte derrotado. ¿Por qué? Porque me doy cuenta que es justamente lo que estás sintiendo ahora, y de nada sirve reprimirlo. Si le damos vía libre, veinticuatro horas serán suficientes para que puedas liberarte. Así que adelante, dejemos que esa energía oscura y pesada salga a la superficie. Podemos aceptar que hoy estamos oscuros y pesados, y no nos vamos a morir por ello, ni vamos a sentenciarnos a una vida sombría ni nos perseguirá la mala suerte por décadas. Peor sería que por no querer mirar lo que nos pasa, le dejemos echar raíces. Respira profundo una vez, y otra vez más, y acepta: hoy es un día gris, qué digo gris… un día negro como noche sin luna.

  • Por qué no?
    Cuestiones

    Por qué no?

    Mi amigo me preguntó (en realidad, se preguntó a sí mismo) por qué su trabajo lo empuja a descuidar otros ámbitos de su vida. Y esta es una cuestión que, en mayor o menor medida, nos suele afectar a muchos en algún momento de nuestra existencia, cuando cierta esfera de nuestra cotidianeidad nos acapara una mayor concentración de atención y de energía que otras. Por ejemplo, puede ser también que te suceda que el ser mamá o papá implique en tu vida descuidar tu relación de pareja. O que ser esposa devenga en no tener una vida profesional o laboral como te hubiera gustado desarrollar. O que la familia te lleve tanto tiempo que no haya lugar en tus prioridades para cumplir tus sueños personales. Hay quienes se abocan demasiado a una vida social como para dedicar un espacio íntimo al amor, y hay aquellos para quienes hacer realidad sus sueños y metas trae aparejado renunciar a una vida familiar. La cuestión es… ¿se puede tenerlo todo? La pregunta sería: ¿por qué no?

  • Café
    Cuestiones

    Un café con mi miedo (El viejo miedoso Parte II)

    El farol que estaba justo frente a mi balcón parpadeaba cada tanto. Sostuve entre mis manos el tazón con café, permitiendo que el calor que traspasaba la cerámica entibiara mis palmas. Qué reconfortante es esa sensación en medio de la noche oscura y fresca. Te hace sentir a salvo, en pausa, como si tuviera el poder de detener el mundo por un instante para reacomodar mis fichas. Sabía que él estaba sentado en una esquina y me observaba desde hacía rato, esperando con una paciencia infinita el inminente momento de mis planteos, escuchando la voz escondida en mi silencio. Sabía que él estaba ahí, como había estado desde siempre, hablándome de mi inseguridad desde que era una niña. Él había envejecido a medida que yo fui creciendo, y se había alimentado de mis derrotas y vuelto más agrio con mis victorias, porque jamás había creído en mí. El viejo miedoso, la voz de mi propio miedo, estiró sus flacos brazos hacia la mesita de hierro para servirse café en una taza, y comenzó a saborearlo de a sorbos lentos.

    «No entiendo», le dije. «Me gusta mi vida, tengo sueños que voy haciendo realidad, amor, risas, amistad, pasión en lo que hago, proyectos e ilusiones, personas que iluminan mis días… Pero desde el momento en que te escucho todo empieza a ser como dices. Es como si la magia perdiera fuerza poco a poco y se dejara vencer por la decepción y la apatía. Y empiezo a ver otra realidad, más pesimista. Se me pierde un poco el rastro de mi pasión, y ya no sé si es mi intuición la que me habla o es tu voz queriendo apagarlo todo. Comienzo a detectar lo tóxico y lo falso como si fueran duendes que antes estaban escondidos debajo de la mesa. La duda aparece como bruma gris que filtra la luz y la vuelve opaca, y entonces me encuentro preguntándome qué era lo que me hacía sonreír y por qué se me fue de las manos. Me encuentro incierta, dejando escapar el sentido de los pasos que di, escéptica acerca de aquello que ayer me producía encanto. De pronto empiezo a convencerme de que tenías razón, aunque nunca hubiera deseado dártela. De repente todo empieza a ser como dijiste… pero lo curioso, lo que llama poderosamente mi atención, es que esto empieza a ocurrir cuando te escucho.»

  • Miedo
    Anécdotas

    El viejo miedoso

    Cuando la cocinera me entregó la bandeja con mi plato de comida y dos trozos de pan, giré sobre mí misma y recorrí con la mirada la sala del comedor, intentando detectar un lugar libre en alguna de las mesas.  Sólo quedaba  un sitio frente a un hombre mayor, de unos 70 años, con una barba blanca algo crecida que le daba aires de sabio. Hacia allí me dirigí, haciendo malabares con mi bolso, unas carpetas y la bandeja para que nada terminara en el suelo.

    — Buen día… le molesta si me siento aquí a almorzar, frente a usted? — no pude evitar preguntar al ver su cara de pocos amigos. Dejó suspendido el tenedor a centímetros de su boca mientras me examinaba con ojos desconfiados. Por toda respuesta hizo un ademán con la mano para que me sentara, y siguió con su misión de devorarse el plato de fideos con salsa. Me senté acomodando mis cosas al costado del banco y me dispuse a hacer lo mismo que el hombre en silencio, ya que la mesa no mostraba promesas de charla. Sin embargo me sorprendió al señalar con la cabeza mis carpetas y preguntar: