• Anécdotas

    Un pacto entre almas

    Dicen que elegimos a nuestros padres antes de nacer…

    Durante mucho tiempo sostuve que un padre debía ser algo así como un superhéroe. No me culpo por creerlo, he visto cientos de ellos. Los he observado alzar a sus niños sobre sus hombros para enseñarles que pueden tocar el cielo, planear junto a ellos las destrezas imposibles de algún barrilete, o demostrarles que a pesar de los ardientes raspones en las rodillas se puede seguir andando en bicicleta. A decir verdad, a muchos niños les ha tocado un papá superhéroe. Pero no hizo falta que lo fueras conmigo. Aunque, no voy a mentirte, de niña y no tan niña esperaba tus superpoderes. Quizás porque eras una especie de mago que hacía que las historias que me contabas cobraran vida cuando las dibujabas para mí en un papel. Quizás porque alguna vez me hablaste de las estrellas como si las conocieras… sabías sus nombres y una por una me las indicabas en aquel mapa que trazaste, ese mapa que entonces supuse querías enseñarme por temor a que un día me perdiera entre ellas. Pero hoy creo que tu afán por mostrarme esa mezcla de constelaciones era más bien por señalarme un camino de estrellas para que alguna noche como esta pudiera encontrarte. Por eso hoy me siento aquí, al borde del río, y observo este cielo inundado de puntos brillantes mientras intento adivinar en qué astro estarás sentado, con las piernas cruzadas y un cigarrillo en la mano. Y una curiosa pregunta se escapa de mis pensamientos y la pronuncio en voz alta: ¿serán las estrellas las oficinas donde las almas se reúnen a planear sus próximas vidas?

    «En una estrella fulgente estaba mi alma sentada, haciendo planes para su próxima vida. A su lado, un alma de aura azul la escuchaba atentamente.

  • Niño triste
    Cuentos Cortos

    La carta

    El niño abrió los ojos a las ocho en punto. Ya no saltó de la cama como días antes, sino que a desgana corrió las sábanas, se sentó y posó sus pies descalzos sobre el frío del piso. Frente a sí, colgado de la pared, un espejo le devolvía su reflejo. Ahí se vio, el pelo revuelto y los ojos castaños hinchados aún de sueño, o de tristeza. Día quince. Suspiró. Resopló. Sabía que haría el recorrido en vano, pues ella no estaría allí, como los catorce días anteriores. Abandonó la imagen del espejo para dirigir la mirada hacia la puerta de la habitación. Allá vamos, se dijo. Arrastrando una decepción anticipada, se encaminó hacia la cocina. Efectivamente, estaba vacía. Las cortinas aún cerradas mantenían el espacio en penumbras. Los platos limpios de la noche anterior sobre la mesada, intactos. Ninguna taza humeando leche sobre la mesa. Su padre y su hermana aún dormían. Se estaba acostumbrando al ruidito que nace del corazón al romperse. Asomó su ceñida frente a la ventana, espiando por detrás de las cortinas, como si ella fuera a aparecer mágicamente. Otro suspiro nació y murió, y el niño asumió que este día número quince no sería diferente a los anteriores. Atrás quedó la ventana, y fue en busca de un vaso de leche… la tomaría fría. Dejó caer su pequeña humanidad sobre una de las sillas. Sobre la mesa había un cuaderno y algunos bolígrafos, los miró por sobre el vaso de leche mientras bebía. Y entonces, decidió intentarlo. Limpió con su manga el bigote blanco sobre sus labios y, con un nudo interrumpiendo su garganta, comenzó a escribir:

  • Anécdotas

    En el bar, con el diablo

    Tinieblas
    Fuente de la Imagen: Pixabay.

    Puede que seamos muchos a los que nos tocó bailar con el diablo. Y no estoy siendo figurativa… les aseguro que era él. He tenido la oportunidad de dormir con la perversidad y la oscuridad al otro lado de mi cama. Recuerdo cuando subió a mi auto, esa primera vez que lo vi, vestía pantalón negro y camisa rosada. Casi siempre los demonios se presentan como ángeles sin alas, que caminan por el mundo ofreciendo su sonrisa tan esmeradamente fabricada. Lo supe. Pude oírlo en su tono de voz demasiado endulzado, y pude verlo en la forma en que torcía sus labios a un costado cuando sonreía. Pero por algo somos tercos cuando de enfrentarnos al diablo se trata, así que también sonreí. Fuimos a un bar, se sentó frente a mí y encendió un cigarrillo. Observé su tatuaje, una especie de monstruo que recorría su antebrazo… increíble que llevara tatuado su propio retrato. Ahí estaba él, mirándome como un león a su presa, y ahí estaba yo, sonriéndole a quien iba a enseñarme lo mejor y lo peor de mí misma.

  • Cuestiones

    La Inexorable Ley del Espejo

    Los espejos
    Fuente de la Imagen: Pixabay.

    En algún sitio he leído o escuchado que así como necesitamos indefectiblemente un espejo para observar nuestro rostro, así también nuestras almas precisan muchas veces algo, o alguien, que cumpla la función de reflejar aquello que no podemos ver por nosotros mismos. Nada más acertado que esta analogía. No quiere decir esto que no seamos capaces de conocernos por nosotros mismos, ni que tengamos menos desarrolladas las habilidades de percepción o la propia sensibilidad… claro que no. Esta cuestión es inherente al ser humano, y a las relaciones humanas. Tus ojos necesitarán un espejo para saber de tus labios, de tu nariz, de tu mirada, de la forma en que se frunce tu ceño cuando estás enojado o el color que toman tus mejillas cuando estás enamorado. Y tu alma necesitará un espejo para saber… para saber qué? Aquí vienen las grandes verdades. Por ejemplo, de dónde vienen tus miedos. Por ejemplo, qué es ese vacío que tantas veces has sentido. Por ejemplo, de qué estás escapando cuando te llenás de excusas, y por qué. Y muchas otras grandes verdades. Verdades incómodas, molestas, dolorosas. Que por incómodas las mandamos a dormir a un rincón y las sentenciamos con silencio para que no nos alboroten. Por molestas las esquivamos, o las disfrazamos de conflicto, o las pintamos de alguna culpa ajena. Y por dolorosas las ignoramos, porque sí… algunas duelen demasiado.

  • Niña Interior
    Anécdotas

    Niña

    No sé  cuál sea tu nombre, pero voy a llamarte Anna, como mi nombre.

    Te vi esa noche. Te vi tendida en una vereda acurrucada contra la persiana cerrada de lo que sería un negocio, tapada con una rudimentaria frazada vieja y descolorida. Estabas durmiendo. Vaya a saber con qué estarías soñando, pero estoy segura que tu sueño era mejor plan que abrir los ojos. Te miré, miré tu rostro relajado, redondo, sereno, y me hizo acordar a una luna llena por su placidez. Estabas perfecta durmiendo. Pero en mi pecho sentí un nudo de pensar cómo es cuando despertás. De repente lo imaginé todo, y no sólo lo imaginé, pude sentirlo. Como si pudiera mirar a través de tus ojos. Y cuanto más miraba usando tus ojos, más profundo me dolía.

  • Maestros de la Vida
    Cuestiones

    Los Maestros

    Tuve en lo que va de mi vida ciertos maestros, grandes maestros, que entre otras cosas llegaron a mí  para mostrarme quién yo era, quién soy. Claro que estas masters clases no fueron gratuitas. Cuando se necesita de esta especie de maestros, el precio suele ser elevado, aunque hoy puedo decir que lo vale. Cuando no pudimos aprender por nosotros mismos quiénes somos, cuando no supimos cómo mirarnos y reconocernos, cuando no encontramos el camino hacia adentro y sólo pudimos vivir hacia afuera, según el ritmo que nos toquen otros porque el nuestro se encuentra silenciado… entonces, como por arte de magia, aparecen los maestros. O quizás ya estaban, pero tampoco lo sabíamos. Muchos podrán pensar que el momento en que se presentan los maestros es aquel momento en donde estamos preparados para aprender… esto no lo sé. En realidad no lo creo, creo que todos los momentos son los indicados para aprender. Y creo que si ignoras a un maestro, vendrá otro, y otro, y otro… hasta que te decidas a abrir los ojos y los oídos. Pero cada vez el precio será más elevado, no a modo de castigo por no aprender, claro que no. El precio es directamente proporcional a la crudeza con que cada nuevo maestro debe mostrarte tu verdad para que la veas.