• Cuestiones

    Mi cuerda floja

    A pocos les agrada caminar sobre una cuerda floja. Que tengas éxito depende de que sea justo la línea media de tu pie la que se pose en la línea de la cuerda, y por si esto fuera poco, que el resto de tu humanidad también se apoye en ella. Pero es tan fácil pisar en falso, que en cuestión de segundos estarías cayendo hacia uno u otro lado. Y sucede más a menudo de lo que piensas. El día a día está teñido de cuerdas flojas, que además resultan ser invisibles, y sólo te percatas de que pisaste en falso cuando te encuentras cayendo. «Oh, pisé mal», piensas… pero lo hecho, hecho está. Y ves alejarse la cuerda hacia arriba mientras esperas el golpe seco de tu aterrizaje. Es el riesgo inherente de intentar caminar en las alturas. La apuesta inevitable cuando te atreves a más, o cuando la ilusión ha nublado a la razón cual espejismo que promete calmar la sed. Nadie puede asegurarte que llegarás al otro lado de la cuerda, pero sin embargo te embarcas porque lo crees absolutamente posible. Y entonces ocurre un cortocircuito en tu equilibrio, y caes. Pero, una vez que has caído, una vez que te has equivocado al dar ese paso, una vez que te has zambullido dando tumbos por los aires… ¿vuelves a subir a la cuerda?

  • Cuentos Cortos

    El hombre de la jaula

    En las tardes de verano me gustaba cargar unas magdalenas, el mate y el termo en un bolso, e ir a la playa a contemplar la puesta del sol. Disfrutaba tanto de esa hora y media sentada en la arena, mis pies dibujando caminos que las tímidas olas borraban y la brisa robando algún mechón de mi pelo casi recogido. Eran de esos momentos de paz y comunión con la naturaleza que te alimentan el alma. Por eso, antes de que la tarde empezara a morir, me encaminaba hacia aquel lugar bordeando la costanera.

    Aquel día emprendí la salida antes de tiempo y tomé otro camino, tentada por visitar los puestos de artesanías que se montaban en la feria de la plaza. Pero al llegar allí, algo más llamó mi atención. En medio del césped y rodeada de algún que otro arbusto, había una jaula del tamaño de una habitación reducida. La celda estaba habitada por un hombre sentado en un banco, de piernas cruzadas y de semblante concentrado en la lectura de un libro que sostenía en sus manos. Impulsada por la intriga y una naciente necesidad de ayudar a aquel extraño, me acerqué hasta los barrotes oxidados.

    — Buenas tardes… — saludé expectante, notando que la puerta de la jaula estaba entreabierta.

    — ¡Buenas tardes! ¿Cómo estás? — saludó el hombre con sonrisa cordial, levantando la vista hacia mí.

    — Muy bien, gracias… Lo he visto y no he podido dejar de preguntarme qué hace usted dentro de esta jaula — señalé la construcción de hierro que lo tenía prisionero.

  • Cuentos Cortos

    Hey, Príncipe Azul

    «Estimado Príncipe Azul, para cuando leas esta nota ya no estaré aquí. He decidido abandonar la torre en la que, encerrada tantos años, te esperé sin que llegaras. Y, para ser sincera, no deseo que la mitad de mi vida transcurra aquí. Siendo niña mis padres me confinaron a estas cuatro paredes creyendo que era lo mejor para mí, y tal vez lo haya sido… no dudo de sus nobles intenciones. De otro modo siempre hubiera sido una tibia princesita que teme a todo en la vida, complaciente y servicial pero cobarde e infeliz. En cambio, aquí he aprendido mucho y me he forjado un carácter, pero sobre todo he fortalecido mi alma. Y aunque agradezco a mis padres por ello, ya es hora de salir de aquí. Lo siento, no habrá ninguna princesa esperándote cuando escales a lo alto de la torre.

    Tranquilo, ya maté al dragón. No fue nada fácil, de esto sabrás mucho ya que eres un valiente guerrero. Pero… a que no sabes? Descubrí que yo también puedo serlo.

  • Por qué no?
    Cuestiones

    Por qué no?

    Mi amigo me preguntó (en realidad, se preguntó a sí mismo) por qué su trabajo lo empuja a descuidar otros ámbitos de su vida. Y esta es una cuestión que, en mayor o menor medida, nos suele afectar a muchos en algún momento de nuestra existencia, cuando cierta esfera de nuestra cotidianeidad nos acapara una mayor concentración de atención y de energía que otras. Por ejemplo, puede ser también que te suceda que el ser mamá o papá implique en tu vida descuidar tu relación de pareja. O que ser esposa devenga en no tener una vida profesional o laboral como te hubiera gustado desarrollar. O que la familia te lleve tanto tiempo que no haya lugar en tus prioridades para cumplir tus sueños personales. Hay quienes se abocan demasiado a una vida social como para dedicar un espacio íntimo al amor, y hay aquellos para quienes hacer realidad sus sueños y metas trae aparejado renunciar a una vida familiar. La cuestión es… ¿se puede tenerlo todo? La pregunta sería: ¿por qué no?

  • Miedo
    Anécdotas

    El viejo miedoso

    Cuando la cocinera me entregó la bandeja con mi plato de comida y dos trozos de pan, giré sobre mí misma y recorrí con la mirada la sala del comedor, intentando detectar un lugar libre en alguna de las mesas.  Sólo quedaba  un sitio frente a un hombre mayor, de unos 70 años, con una barba blanca algo crecida que le daba aires de sabio. Hacia allí me dirigí, haciendo malabares con mi bolso, unas carpetas y la bandeja para que nada terminara en el suelo.

    — Buen día… le molesta si me siento aquí a almorzar, frente a usted? — no pude evitar preguntar al ver su cara de pocos amigos. Dejó suspendido el tenedor a centímetros de su boca mientras me examinaba con ojos desconfiados. Por toda respuesta hizo un ademán con la mano para que me sentara, y siguió con su misión de devorarse el plato de fideos con salsa. Me senté acomodando mis cosas al costado del banco y me dispuse a hacer lo mismo que el hombre en silencio, ya que la mesa no mostraba promesas de charla. Sin embargo me sorprendió al señalar con la cabeza mis carpetas y preguntar:

  • Sonreír
    Cuestiones

    La Chispa (Parte II): Cómo reconocerla.

    ¿Eres feliz, o sólo sonríes..? Me encontré una tarde con este interrogante en la pantalla de mi teléfono móvil, entre tantas frases con y sin sentido que se publican a diario en las redes sociales. Tremenda pregunta. Obliga a detenernos y escuchar qué tiene para decir el corazón. ¿Eres feliz… o sólo sonríes? ¿Cuántas almas cruzaste hoy en la calle o en la oficina que sólo sonríen? ¿Es, quizás, una de esas almas la que viste esta mañana frente al espejo? Probablemente. Y es que todos tenemos días en que sólo sonreímos, de lo contrario… no podríamos saber cuándo nos sentimos felices. La cuestión aquí se trata de cuántas mañanas de nuestras vidas llevamos puesta esa máscara agradable, cuántas tardes de nuestra existencia dibujamos en nuestro rostro una vacía expresión de satisfacción, cuántas noches de nuestra estancia en este mundo acumulamos fingiendo felicidad. Es tan delgada la línea que separa un camino de otro, que no nos damos cuenta en qué momento construimos este gran palacio que, muy en el fondo, no nos complace. Sólo basta mirar a tu alrededor. Hay cosas que no encajan. Tu empleo… te apasiona? Tu pareja… es amor de verdad? Tu familia… es la familia soñada? Tus amigos… te dan amistad real? Tus sueños… llegaste a cumplirlos?

    Una segunda pregunta interesante sería ¿por qué sólo sonreír, y no ser feliz? Y entonces abrimos un abanico de cuestiones.

  • Los límites
    Cuestiones

    Hacer lo correcto, o no

    Vamos por la vida intentando ser perfectos, intentando ser quienes debemos ser, como esperan los demás que seamos. Nacimos libres pero muy pronto estamos enredados en los deseos de los otros, embarrados en normas y prejuicios, condicionados por un sinfín de “deberías”.  Todo cuanto deseamos, pensamos o sentimos empieza a ser moldeado por lo que desean, piensan o sienten otros, y algo más triste sucede entonces, que nos acostumbramos a que esto ocurra.

    Una de las libertades que más coartadas tenemos es la de expresar lo que sentimos, y actuar de acuerdo a ello. Muchas veces lo que sentimos va en contra de lo que desean los otros, de lo esperado de nosotros, y es un peligro expresarlo porque estaríamos atentando contra nuestras relaciones. Y callamos. No queremos ofender a nadie. No queremos que dejen de amarnos. No queremos decepcionarlos. Hacemos “lo que hay que hacer”. Salimos corriendo a complacer a los otros pasando por encima de nuestro deseo y de lo que sentimos. Dejamos colgada en el perchero la voz de nuestra intuición. Preferimos ignorar nuestra voz interior. Es más importante actuar correctamente. Pero… “correctamente” para quién?