• Cuestiones

    La humanidad en cuarentena

    En la vida a veces se confunde lo que es un enemigo con lo que puede ser un poderoso maestro. O tal vez los enemigos resultan ser, a la luz del diario del lunes, esos maestros que en cierto modo nos transforman. Y es que cuando miramos hacia atrás podemos darnos cuenta que no somos los mismos de antes, que algo ha cambiado después de toparnos con ellos en el camino. Solemos aprender algo muy valioso con su paso por nuestra historia. Hoy a todos nos une un enemigo en común, un minúsculo e invisible villano: un virus. Es tan poderoso que la sola amenaza de su presencia nos desata una mezcla de temor y paranoia para nada saludable, que nos intoxica incluso sin haber enfermado. Es tan poderoso que obliga a grandes masas a recluirse en cuarentena, miles y miles encerrados y con la frente apoyada en sus ventanas, observando cómo la naturaleza se deshace a su ritmo de la contaminación humana. Pero, si prestamos atención, descubriremos otro enorme poder de este pequeño gran adversario: su capacidad de enfrentarnos con nosotros mismos.

  • Pandemia
    Cuestiones

    El alma en tiempos de pandemia

    Enciendes el televisor. Un tsunami de noticias se desploma desde la pantalla, sin darte mucho tiempo a procesar la información. Cifras de infectados por el virus y de quienes perdieron la batalla frente a él. Miles de personas en aislamiento, otros miles atrapados en tierras lejanas a su hogar sin poder volver. Instrucciones sobre cómo lavarte las manos y cómo estornudar o toser. Presentación de tus nuevos amigos: barbijo, guantes y alcohol en gel. Uf… tu mente trabaja a toda máquina para no perderse un solo detalle. Cambias de canal. Aviones de rescate. Fronteras cerradas. Barcos varados. Sistemas sanitarios que colapsan. Decretos de necesidad y urgencia. Cómo llevar adelante una cuarentena. Y la esperanza de una vacuna que quién sabe cuándo llega…

    Pero hay cosas que el televisor no enseña. No te explica qué hacer con las ganas de abrazar o dónde guardar los besos que hoy no puedes dar. No existen instructivos sobre cómo evitar extrañar.

  • Cuentos Cortos

    Un barco sin capitán

    «Señora, debe asumir su puesto en el timón». La voz de ese hombre me llega como un eco lejano, pero es suficiente para comenzar a abrir los ojos. Me había quedado dormida poco después de ver unos nubarrones en el horizonte. Para evitar el pánico de pensarme en medio de una tormenta en altamar, tomar una siesta me había parecido una buena opción. Pero ahora que aquel tripulante había osado despertarme, y mientras me tomo unos segundos para enterarme de que ya no sigo soñando, puedo darme cuenta que las nubes negras cubren por completo el cielo bajo el cual navegamos y el viento sopla amenazante. Sinceramente, no tengo idea de cómo ni por qué estoy a bordo de este barco. Sólo recuerdo vagamente haber caminado por un muelle, haber charlado con un par de personas y bueno… una cosa lleva a la otra, y aquí me encuentro: embarcada quién sabe hacia dónde. Y no sólo embarcada, flotando además sin rumbo en medio de una tempestad pronta a desatarse. ¿Qué me había dicho el hombre que me despertó? Ah… sí, algo sobre mi puesto en el timón… (¿El timón?).

  • Cuentos Cortos,  Cuestiones

    Mujer Libre

    «Cuando una mujer toma la decisión de abandonar el sufrimiento, la mentira y la sumisión, cuando una mujer dice desde el fondo de su corazón «basta, hasta aquí he llegado», ni mil ejércitos de ego ni todas las trampas de la ilusión podrán detenerla en la búsqueda de su propia verdad.»

    «Mujeres que corren con los lobos» – Clarissa Pinkola Estés

    Iba la Mujer recorriendo plácidamente los senderos del Bosque de la Creación, libre de ropas y de pensamientos, observando una y otra maravilla de esa obra maestra llamada «mundo». A su paso se detenía alguna que otra vez para sentir la textura de las hojas verdes de las plantas más exóticas, o para ofrecer su mano a las mariposas que buscaban posarse un instante. Su soledad no era absoluta: le pisaba los pasos el Universo, cual nube hecha de pequeñas luciérnagas que acompañaban su andar. El Universo la observaba mientras avanzaba junto a ella, a su ritmo, en perfecta sincronicidad. La Mujer no estaba en el Bosque de la Creación por pura casualidad… había aparecido allí para elegir sus cualidades, aquellas que la nutrirían como ser y que definirían su modo particular de transitar por la vida. La Mujer se crearía a sí misma, y el Universo no podía estar ajeno a uno de los actos creativos más trascendentes y maravillosos de todos los tiempos.

    La Mujer y el Universo llegaron a un claro en el Bosque, y se detuvieron como si hubieran arribado a destino. El Universo le señaló un magnífico salto de agua compuesto por cinco cascadas. Cada una de las cascadas representaba una virtud,

  • Una red de amor
    Cuestiones

    Una red de amor

    Existe una red de amor invisible, casi imperceptible a los ojos cotidianos. Imagina las veredas de una gran ciudad, con cientos de personas de andar frenético que van a hacia algún lugar, apuradas por llegar. Imagina cuántos automóviles se trasladan en una gran avenida, en medio de bocinas que aturden y semáforos que estorban. Gente entrando y saliendo de oficinas, compradores compulsivos agotando sus tarjetas de crédito, niños reunidos en un aula aprendiendo a sumar y restar. Piensa ahora en la rutina de tu día… Quizás levantarte casi de madrugada para ir a tu trabajo, atender los reclamos de tus hijos, devorar las páginas de ese libro que debes aprender para rendir un examen, hacer las compras para la cena, visitar a la familia porque es domingo, pagar tus impuestos, chequear tu teléfono móvil, ir al gimnasio o a la clase de yoga, reunirte en un café con un amigo, comprar un regalo de cumpleaños… Uff… cuántas cosas puedes llegar a hacer en un mismo día, y cómo podrías con una agenda tan ajetreada percibir la red de amor de la que te hablo hoy. Pero sí, existe una red de amor que te sostiene y te involucra, que te reconoce y te nutre, y en esa red tú mismo sostienes, involucras, reconoces y nutres a otros.

  • Cuestiones

    No son buenos tiempos para los soñadores

    No son buenos tiempos para los soñadores. Nosotros, los soñadores, solemos idealizar lo que tengamos delante y, aunque se siente muy bonito, eso no es bueno en el mundo que habitamos. Es muy probable que nos demos la cabeza contra la pared. Pero resulta que además somos cabezones, así que vamos a repetir este proceso una y varias veces más antes de asumir que la realidad no es tal como la deseábamos. Y más que el golpe contra la pared, duele lo aplastante de la desilusión. La cuestión es que este mundo que habitamos nos ofrece en cada esquina una pared para estrellarnos. Parece que tropezamos más de lo recomendable con espejismos, con arenas movedizas y con trampas para osos. Las avenidas están repletas de humanos que conducen sin saber adónde van, y que para nuestra fortuna coinciden por algún lapso en nuestra nave como copilotos. Los parques de diversiones llenan sus filas con personas que no saben reír, con las que perdemos un tiempo valioso intentando descifrarlas. Amos paseando orgullosos a sus esclavos, exhibiendo las cadenas que los hacen pertenecerse los unos a los otros, cadenas con las que más de una vez nos enredamos casi sin querer. Necios empecinados en convencer al mundo de que las rosas son azules, probando nuestra capacidad de asombro ante tanta estupidez. Payasos regalando risas y sonrisas pero que, incapaces de despertar la sensibilidad en su corazón, dan la espalda en un suspiro a los sentimientos. Y qué hablar de los monstruos disfrazados de civiles que merodean los barrios para encontrar almas a las que asustar, los vampiros que buscan cuellos puros para alimentar su oscuridad y los vendedores de mentiras que están al acecho de nuevas víctimas que estafar.

  • Cuestiones

    Lo que deseas

    El mundo se ha detenido en un suspiro, mientras decides de qué manera vas a hacerlo. Nadie sabe la razón, pero el mundo se ha tomado una pausa para esperarte. Estás allí, intentando reconciliarte con la voz dormida que se despereza, que comienza en un susurro sugerente. Y ese susurro, para tu sorpresa, combina con el ritmo de tus latidos en perfecta armonía. De pronto las piezas del rompecabezas empiezan a encajar y un frondoso camino se abre ante tus ojos, y sabes que es por allí. Además, sabes que quieres ir por allí. Un indiscutible impulso les ordena a tus pies caminar hacia el sendero, aunque por el momento te obligas todavía a refrenarte en nombre de la lógica. Probablemente hacía tiempo que no escuchabas una voz así y que no te recorría el cuerpo un impulso semejante, así que es prudente que te tomes unos instantes para reconocer que provienen del centro mismo de tu ser. Estás tan acostumbrado a seguir otras voces… las del deber, las del orden, las del supuesto destino. Y cuando sentiste vibrar ese cosquilleo en tu interior te pareció tan extraño, tan desconocido, que te costó asimilar que era tu propia voz. Lo supiste cuando viste ese brillo en tus ojos al mirarte en el espejo. Cuando te sorprendiste sonriendo sin aparente razón y tu estómago experimentó las mareas que provoca la luna cuando se acerca a la Tierra. Cuando descubriste que, aunque tenías los pies en el suelo, estabas volando…

  • Anécdotas

    Un pacto entre almas

    Dicen que elegimos a nuestros padres antes de nacer…

    Durante mucho tiempo sostuve que un padre debía ser algo así como un superhéroe. No me culpo por creerlo, he visto cientos de ellos. Los he observado alzar a sus niños sobre sus hombros para enseñarles que pueden tocar el cielo, planear junto a ellos las destrezas imposibles de algún barrilete, o demostrarles que a pesar de los ardientes raspones en las rodillas se puede seguir andando en bicicleta. A decir verdad, a muchos niños les ha tocado un papá superhéroe. Pero no hizo falta que lo fueras conmigo. Aunque, no voy a mentirte, de niña y no tan niña esperaba tus superpoderes. Quizás porque eras una especie de mago que hacía que las historias que me contabas cobraran vida cuando las dibujabas para mí en un papel. Quizás porque alguna vez me hablaste de las estrellas como si las conocieras… sabías sus nombres y una por una me las indicabas en aquel mapa que trazaste, ese mapa que entonces supuse querías enseñarme por temor a que un día me perdiera entre ellas. Pero hoy creo que tu afán por mostrarme esa mezcla de constelaciones era más bien por señalarme un camino de estrellas para que alguna noche como esta pudiera encontrarte. Por eso hoy me siento aquí, al borde del río, y observo este cielo inundado de puntos brillantes mientras intento adivinar en qué astro estarás sentado, con las piernas cruzadas y un cigarrillo en la mano. Y una curiosa pregunta se escapa de mis pensamientos y la pronuncio en voz alta: ¿serán las estrellas las oficinas donde las almas se reúnen a planear sus próximas vidas?

    «En una estrella fulgente estaba mi alma sentada, haciendo planes para su próxima vida. A su lado, un alma de aura azul la escuchaba atentamente.

  • Cuestiones

    Permiso para sentirte derrotado

    Por hoy, sólo por hoy, te doy permiso para sentirte derrotado. ¿Por qué? Porque me doy cuenta que es justamente lo que estás sintiendo ahora, y de nada sirve reprimirlo. Si le damos vía libre, veinticuatro horas serán suficientes para que puedas liberarte. Así que adelante, dejemos que esa energía oscura y pesada salga a la superficie. Podemos aceptar que hoy estamos oscuros y pesados, y no nos vamos a morir por ello, ni vamos a sentenciarnos a una vida sombría ni nos perseguirá la mala suerte por décadas. Peor sería que por no querer mirar lo que nos pasa, le dejemos echar raíces. Respira profundo una vez, y otra vez más, y acepta: hoy es un día gris, qué digo gris… un día negro como noche sin luna.

  • Cuentos Cortos

    El hombre de la jaula

    En las tardes de verano me gustaba cargar unas magdalenas, el mate y el termo en un bolso, e ir a la playa a contemplar la puesta del sol. Disfrutaba tanto de esa hora y media sentada en la arena, mis pies dibujando caminos que las tímidas olas borraban y la brisa robando algún mechón de mi pelo casi recogido. Eran de esos momentos de paz y comunión con la naturaleza que te alimentan el alma. Por eso, antes de que la tarde empezara a morir, me encaminaba hacia aquel lugar bordeando la costanera.

    Aquel día emprendí la salida antes de tiempo y tomé otro camino, tentada por visitar los puestos de artesanías que se montaban en la feria de la plaza. Pero al llegar allí, algo más llamó mi atención. En medio del césped y rodeada de algún que otro arbusto, había una jaula del tamaño de una habitación reducida. La celda estaba habitada por un hombre sentado en un banco, de piernas cruzadas y de semblante concentrado en la lectura de un libro que sostenía en sus manos. Impulsada por la intriga y una naciente necesidad de ayudar a aquel extraño, me acerqué hasta los barrotes oxidados.

    — Buenas tardes… — saludé expectante, notando que la puerta de la jaula estaba entreabierta.

    — ¡Buenas tardes! ¿Cómo estás? — saludó el hombre con sonrisa cordial, levantando la vista hacia mí.

    — Muy bien, gracias… Lo he visto y no he podido dejar de preguntarme qué hace usted dentro de esta jaula — señalé la construcción de hierro que lo tenía prisionero.