Resucitar
Cuestiones

Sobre Semana Santa y Pascua…

Confieso que en los últimos años no me he sentido muy religiosa… Y hasta me atrevo a decir que me he cuestionado ciertas creencias como estructuras rígidas de pensamiento que generalmente nos han sido impuestas desde pequeños, sin ahondar en aquellas historias casi mágicas que nos han contado para fabricar nuestra fe. Aunque admito que para el ser humano es necesario tener fe en algo, y aquello que te genere fe será un bastón en el que apoyarte para atravesar la dura selva de la vida y abrirte camino. Por tal es que he construido mis propias ideas acerca de la religión, intentando no juzgar a quienes se sostienen en las ideas heredadas o a quienes han construido otras propias diferentes. Más allá de lo que la historia o los legados bíblicos relaten, los creamos o no, existe una cuestión más profunda sobre el significado de estos días que vivimos. Sí, la semana santa y el domingo de Pascua. Muchos conmemoran el sacrificio de Cristo en la cruz y celebran su resurrección, y es común que no se consuma carne el día viernes, y que el domingo se asista a misa. Otros tantos podrán ir un poco más lejos, y dedicar algunos pensamientos a la reflexión sobre el perdón. Pero la cuestión aquí es que, si nos sinceramos con nosotros mismos, nos daremos cuenta que portamos en nuestras espaldas nuestra propia cruz. Qué digo una, quizás varias cruces, y probablemente alguna corona de espinas. Sucede que estas cruces no lastiman nuestra piel a simple vista ni nos hacen derramar sangre. No vemos nuestras manos y nuestros pies atravesados por los gruesos clavos que nos sujetan a ellas. Es que estas cruces son invisibles, pero te aseguro que su peso va encorvando terriblemente tu alma. La doblega, la silencia, y a veces hasta la enferma.

No te asustes, es común. Quién en esta vida no lleva o ha llevado a cuestas su propia cruz. Es parte de aquello a lo que el ser humano está predestinado desde incluso antes de nacer. El verdadero problema se presenta cuando nos aferramos a esa cruz. Cuando nos acostumbramos a su peso y dejamos que haga nuestros pasos lentos, o permitimos que nos detenga en medio del camino hacia aquello a lo que solíamos querer ir. Entonces la cruz se convierte en nuestra razón de vida. La aceptamos como si se tratase de un trofeo que nos tocó exhibir a lo largo de los años. La enseñamos orgullosos del sacrificio que somos capaces de hacer en pos de quién sabe qué. Nos identificamos tanto con ella que con sólo pensar en soltarla nos invade la incertidumbre de no saber quiénes seríamos si fuésemos libres. La cruz toma la forma de nuestras nostalgias, es la protagonista de nuestras lágrimas, es la razón para irnos a dormir cada noche abatidos y despertar sin ganas al alba siguiente. Es la autora de los suspiros que soltamos viendo cómo se van los días sin mucho que decir… tan parecidos los «ayer», los «hoy» y los «mañana». Y nos sentamos al costado del camino, porque el peso ya se hace intolerable, y esperamos la muerte gloriosa que nos llevará al paraíso, ya que nos creemos merecedores de él por haber soportado tanto en el plano terrenal. Nos mentimos héroes, porque sabe menos amargo el hecho de no haber sido felices si nos creemos mártires.

Y entonces es común oír «es lo que me tocó», «no puedo hacer otra cosa», «es imposible que me deshaga de este odio», «la vida es un continuo sacrificio», «nací para sufrir», «ya me resigné a no ser feliz», «nunca voy a superar esto», «no se puede cambiar el destino», «tal situación es irremediable»… y tantas otras frases de las que conocemos mucho, ya que hasta quizás crecimos en medio de ellas. Y lo más terrible, las aprendimos. Aprendimos que de esto se trata la vida. Pero no, no es tan así. Nos estamos olvidando de un detalle trascendente, y es que según la religión Cristo ha resucitado. Y esto no es pura magia, ni un acto de fe, ni un milagro divino. Diría que es más humano que divino. Cristo ha dejado su cruz. Allí, en lo alto del monte, puso fin a su sufrimiento. Ha elegido la vida antes de morir. Ha elegido desprenderse de lo que le hacía daño y sanar sus heridas. Ha decidido cambiar su realidad, que su «hoy» fuera diferente al «ayer» y diera luz a un nuevo «mañana». Ha dado un ejemplo sublime de vida al soltar su cruz, por muchos clavos que lo retuvieran en ella. Ha dejado el claro mensaje de que no es necesario transportar tu cruz toda una vida, ya que podrías morir en el intento! Ha mostrado que existe otra forma de alcanzar el paraíso, pero en la misma tierra. Y si a eso le llamamos milagro, entonces Cristo te ha dicho que eres un perfecto hacedor de tus propios milagros.

Revivir
Fuente de la Imagen: Pixabay.

Mi propuesta para esta semana santa… es que hagas santa toda tu existencia. Y no precisamente en el sentido religioso. Se trata de aprender a soltar tu cruz. A reconocer que eres más liviano y feliz sin ella. Que bien podrías resucitar de ese odio que te ata, de esa circunstancia que te sacrifica, o de ese dolor que no te deja perdonar. Te propongo aceptar que Dios, el Universo o como quieras que se llame, no desea que sufras… sino todo lo contrario. Desea ver cuánto valor hay en tu alma para romper cadenas, para quitarte coronas de espinas de la frente y crear tu propio paraíso en la tierra. Pascua significa «paso», y qué mejor que celebrar esta Pascua con el paso de una vida de dolor a una vida libre de tu cruz, donde tu alma pueda erguirse orgullosa pero por haber llegado a ese monte donde abandonarás todo tu calvario y tus razones para el sacrificio. Por haber alcanzado tu propio domingo de Pascua, el día en que eres libre para seguir el camino sin que nada lo entorpezca… y los sueños aparecen con el alba, tan accesibles como nunca los habías visto antes. Entonces todo tendrá sentido, porque habrás comprendido la profunda enseñanza que trasciende a cualquier religión: si Cristo resucitó, también tú puedes hacerlo.

 

Anna Aguilar

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