Castillo
Cuestiones

Si los miedos no fueran barreras

A lo largo de los años he ido construyendo mi mundo como si fuera un castillo. Tiene torres en sus esquinas levantadas ladrillo a ladrillo sobre mis experiencias más sustanciales. Los muros se han ido engrosando al tiempo que aprendí sobre mis límites y, no voy a negarlo, alguna que otra decepción les ha agregado unos metros de altura. Los pasillos del castillo son amplios, pensados para que pueda recorrerlo cómodamente rincón a rincón, con fácil acceso a las habitaciones de mi alma, las cuales estoy redecorando. Me lo he pasado últimamente abriendo viejos baúles de creencias, reciclando historias y descartando viejos trajes de mi ego que ya no me sirven. Todavía hay espacios con cierta oscuridad, pero tengo siempre a mano una lámpara de conciencia que me he decidido a encender cuando una simple mirada no alcance para comprender. Y también he diseñado unas grandiosas puertas que puedo abrir de par en par cuando me visitan personas que saben apreciar mi castillo, o mejor aún, que me ayudan a redescubrirlo. Me siento a gusto y segura aquí, cada día más. Tanto que en los atardeceres me complace tomar una taza de té observando la noche llegar por mis vastos ventanales. Y allí, en ese instante, es cuando los veo.

Siempre digo que la noche nos invita al silencio. Será por eso que puedo oírlos corretear allí afuera, justo donde comienza el bosque, ese mundo exterior que nunca podremos dominar y que encierra quién sabe qué clase de experiencias inhóspitas para las almas demasiado introspectivas. Mis ojos se acostumbran a la incipiente penumbra, y puedo distinguir esas formas saltarinas y amenazantes. Son fantasmitas, todos hechos de la misma incertidumbre, pero cada uno con un nombre diferente. Todos llegan hasta mis grandiosas puertas medievales y retroceden, sugiriendo juguetones que bien podrían entrar… o no. Entonces siento desatarse la adrenalina como un agridulce río abriendo cauce por mis venas. Y me encuentro mirando absorta detrás de los cristales, con la taza de té ya algo frío entre las manos, la respiración contenida y mi cerebro oyendo una sola voz, la del miedo.

Cuántas veces nos ha pasado esto de enfrentarnos a fantasmitas que nos inspiran miedo, si nos atrevemos a mirar desde la ventana de nuestro mundo hacia el mundo exterior. Y es que afuera está el peligro, cualquier acción que emprendiésemos para hacerle frente podría abrirles las puertas a estos entes, y nuestro castillo podría sufrir golpes tal vez demoledores. Las torres podrían tambalear, los muros derribarse, las habitaciones devastarse. Si tomamos una antorcha para ahuyentarlos, deberíamos acercarnos bastante y eso les daría la oportunidad de invadirnos. Por eso, la mejor opción que hasta ahora conocemos es la de quedarnos inmóviles, detrás del ventanal, expectantes, contando las vueltas de las agujas del reloj para que esas formas intimidantes desaparezcan. Pero qué creen, se van con el sol… y vuelven con la luna. Nos quedaremos encerrados en el castillo acogedor para siempre? Es una opción, pero no es la única. Y si también desistimos de actuar impulsivamente y arremeter contra ellos poniendo en riesgo el castillo, entonces nos queda una tercera alternativa.

He estado pensando que el miedo se parece habitualmente a una barrera que no nos deja avanzar, que nos paraliza o que nos recluye a nuestra zona de confort. O bien es esa barrera que despierta nuestra terquedad, que nos hace querer atravesarla como si fuera etérea, sin contemplar como posible resultado quedar desparramados en el suelo. Pero… y si el miedo no fuera una barrera? Si tan sólo pudiéramos hacer desaparecer la barrera que vemos? Ni inercia, ni impulsividad. Entonces, qué? Entonces tomaremos la lámpara de conciencia, esa misma que encendemos cuando queremos indagar en los recovecos del alma.

Ventana
Fuente de la Imagen: Pixabay.

He dicho que los fantasmitas tienen nombres diferentes, incluso diferentes para cada uno de nosotros. Un proyecto, un nuevo empleo, una decisión, una relación o viejos mandatos familiares pueden bien ser fantasmitas, entre tantos otros. Estoy segura que entre todos podríamos hacer una lista casi interminable. La cuestión es que estos espectros están muy lejos de ser la fuente de nuestro miedo. Los consideramos peligro, y eso es lo que nos detiene detrás de la ventana del castillo. Pero el miedo no surge de ellos, sino de nosotros mismos, y nace justo al colocarles la etiqueta de peligrosos. Algo peligroso es algo que atenta contra nuestra integridad, nuestra paz, nuestra zona de confort, nuestro esquema de ideas o nuestros patrones de comportamiento muy cuidadosamente heredados del árbol genealógico. Algo peligroso es algo que denota cierta vulnerabilidad en aquello que pretende atacar o que resulta amenazado. Entonces, de ser una barrera molesta el miedo se transforma quizás en un espejo de nuestras inseguridades, de las debilidades de nuestro castillo, ya que el peligro será peligro en la medida en que nos sepamos o nos creamos vulnerables a él. De pronto el miedo nos muestra aquello que debemos fortalecer en nuestro mundo, o aquello que deberíamos derribar y reconstruir, y sólo entonces el peligro ya no será peligro, los fantasmas sólo serán sombras danzantes y el té no se nos enfriará en las manos interrumpido por la adrenalina. El miedo resulta ser una extraordinaria oportunidad de conocernos un poco más a nosotros mismos cuando deja de ser una barrera para ser un espejo de nuestra fragilidad.

Qué nombre tiene tu fantasma? Si es, por ejemplo, la soledad lo que te atemoriza, quizás la torre que debas robustecer es la de la del amor propio, desaprender la necesidad de que haya un otro y reconciliarte con tu propia compañía. Si el temor nace al considerar dejar ese empleo estable y aburrido, y empezar a vivir de lo que te apasiona, tal vez te toque entonces reforzar los cimientos de tu autoconfianza y aprender a serle fiel a tu voz interior. O si tu fantasma se parece mucho a tus padres, podrías abrir el baúl de los mandatos familiares y hacer un poco de limpieza allí. Estoy segura que apuntalando los rincones vulnerables los fantasmas desaparecen, y con ellos el peligro, y el miedo. Y libres de miedo podemos ir hacia donde queramos.

Mientras escribo sobre esta simple receta para que los miedos se conviertan de barreras en espejos, mi taza de té humeante me espera en mi amplio ventanal. El atardecer muere y nace la noche, que da la bienvenida al silencio. Levanto la mirada hacia los cristales, cierto ruido ha llamado mi atención. Algunas sombras se mueven allí afuera, saltarinas y amenazantes, justo donde comienza el bosque… ese mundo exterior que encierra quién sabe qué aventuras nuevas para las almas demasiado inquietas.

 

Anna Aguilar

 

 

 

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