Pandemia: el desafío de renacer

“Una pandemia de tal magnitud como la que estamos atravesando saca a la luz lo mejor y lo peor de los individuos, y de la humanidad”. He oído esta frase en varias ocasiones los últimos días, y creo que es bastante acertada. Lo peor de nosotros está más que a la vista. Que hemos maltratado al planeta, que la naturaleza se toma un respiro de las acciones nocivas del ser humano y que tenemos lo que merecemos, son moneda corriente en los comentarios en las redes sociales. Nuestro lado egoísta y destructivo ha sido jaqueado. Somos el virus que corroe a la Madre Tierra, y era de esperar el castigo ejemplar de quedarnos encerrados mientras la fauna libre corre por las ciudades. Hemos pecado de poder y soberbia, nos hemos creído dueños del mundo y quizás del tiempo. Y aquí estamos, presos en nuestras jaulas con el miedo contaminándonos la sangre mucho más que el virus los pulmones. Aquí estamos, sentados en el banquillo de los acusados, listos para ser juzgados por nuestras malas acciones, para ser reprendidos y condenados. Y por si acaso la muerte nos sorprendiera antes e impidiera la sentencia, nos adelantamos con los azotes de la culpa y el autocastigo, mientras repetimos como mantra que la humanidad es un desastre. Entonces vuelvo a la frase inicial y me pregunto: ¿dónde está lo mejor de nosotros?

No reniego de nuestro lado oscuro. Hay muestras muy evidentes de ello y sería una necedad no admitirlo. Pero soy de las que creen que el alma humana es un ente maravilloso. Es tan incalculable el poder que somos capaces de desplegar, que si lo empleáramos con humildad y amor obraríamos milagros. De hecho, no sería la primera vez. El mundo y la vida están llenos de pequeños y grandes milagros humanos. Con sólo ampliar tu campo de observación podrías darte cuenta que el amor está por doquier, adoptando muchas formas y en diferentes dosis. Que sin la humanidad no existirían la amistad y la ternura, los abrazos y las risas. Que esos momentos que llamamos felicidad son oportunidades de conectar con lo que nos hace sentir plenos y auténticos, y esto sólo puede ocurrir si existe una esencia de amor en las profundidades de nuestro ser. Por supuesto que existen villanos en casi todas las historias, pero… a ver, no eres uno de ellos, o sí?

Como no eres un villano o una villana, y como parte indispensable de esta humanidad que hoy está siendo juzgada, quiero dejar en segundo plano esa humanidad y hablarte de ti y de mi. Sí, hablemos de la parte que nos toca, como seres finitos y mortales, con virtudes y debilidades, con aciertos y errores. Como individuos coinquilinos de un mismo mundo, que habitan al mismo tiempo diferentes mundos propios. Hablemos de tu mundo y de mi mundo, pero sin sentarnos en el banquillo de los acusados, que esto no es un juicio. Hoy nos toca a cada uno renacer en esta época árida y hostil, como la flor que se anima a nacer en medio del asfalto o del desierto más seco. Por un momento dejemos de escuchar las noticias, evitemos mirar cómo afuera la naturaleza se toma revancha, y arrojemos un poco de luz de conciencia hacia adentro. ¿Tienes idea de todo lo bello que existe en ti? ¿Tienes idea de todo lo bello que podrías aportar al mundo? Desde regar esa flor que ha nacido en el asfalto hasta regalar una palabra de consuelo. Desde perdonar a alguien hasta perdonarte a ti mismo. Desde jugar como un niño hasta correr por tus sueños. ¿Tenías idea de que eres capaz de hacer esos pequeños milagros? ¿Y que esos milagros nutren a la humanidad misma?

Siéntate frente a un espejo y mírate como el hacedor de pequeños (y por qué no) grandes milagros. Y qué tal si empiezas por ti mismo. Qué tal si el primer milagro en épocas de pandemia te lo dedicas a ti mismo, a renacer, a romper el asfalto o la tierra árida y florecer. Puedes elegir entre cultivar tus aspectos oscuros y vulnerables, o nutrir tu parte maravillosa. Puedes optar por quedarte con el miedo durmiendo a tu lado, o transmutarlo en coraje haciendo frente al peligro. Puedes decidir transformar la culpa en responsabilidad y la crisis en oportunidad. La soledad ya no tiene por qué ser tu aliada si abres tus ojos a quienes están a tu alrededor. Es posible dejar de refugiarte en la tristeza si haces espacio en tus días para aquello que te dé paz. Y el dolor puede ser una increíble fuente de fuerza y valor. Puedes demostrarte a ti mismo que eres capaz de renacer mil veces antes de morir. Puedes demostrarle al mundo entero que elijes el poder de construir, aunque tilden a todo ser humano de dañino y destructivo. Y todo lo que construyas dentro de ti, será un grano de arena para una humanidad mejor. Todo lo que sanes en ti, será un nuevo átomo de oxígeno para este mundo al que le está costando respirar.

Fuente de la Imagen: Pixabay.

Ya hemos leído y escuchado suficiente sobre la miseria humana. Ya hemos alimentado demasiado el monstruo del miedo y de la culpa, y nos hemos intoxicado con la costumbre estéril de quejarnos sin cambiar. Es tiempo de romper el asfalto y florecer, de renacer desde adentro y hacia el mundo. Es momento de activar el radar para encontrar la belleza de ser humano, en nosotros mismos y en los demás, y enaltecer eso que hace del hombre un ser maravilloso. Es tiempo de sabernos poderosos, guerreros, capitanes de nuestros barcos, y avanzar en medio de la tormenta con una bandera que ilustre lo mejor de nosotros. La humanidad no podrá evolucionar si cada una de sus almas no lo hace primero. Y cada alma no podrá lograrlo si se queda estancada en el pantano del resentimiento y la resignación. Esta es la parte que nos toca, y no ignoro que no es algo fácil… pero somos resilientes, capaces de reinventarnos, expertos en salir más fuertes de las tempestades. Somos como el ave Fénix, y aún mejores… porque no nos hace falta llegar a ser cenizas para renacer a tiempo.

Mi alma me está invitando a tomar el té, y quizás la tuya te esté invitando a un café… Tenemos trabajo que hacer si queremos rescatar esta humanidad. Qué te parece… ¿empezamos?

 

 

 

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