• Ira
    Cuestiones

    Enojada

    Siguiendo los sabios consejos del brujito, te decidiste a mirar la primera piedra que en orden jerárquico estorba en tu camino. La más pesada y afilada, el enojo. Ah sí, estás enojada, y sobran motivos para estarlo. Así que por hoy vamos a posponer el asunto del perdón y la promesa de dejar atrás el pasado, y vamos a observar detenidamente este escollo importante que se te atraviesa en la garganta. Ya vendrá el tiempo de redimir.  Ya soplarán los aires de libertad cuando las cadenas del rencor se desvanezcan y dejen de anclarte en un presente a medio ser… porque las dos sabemos que tu «ahora» está muy lleno del «ayer». Pero mientras tanto es necesario echar un poco de luz sobre las sombras, porque estás enojada y se te nota en el aire que expulsas de tus pulmones. Estás enojada y es perfecto. Si la madre tierra puede escupir su ira a través de un volcán en erupción, por qué no habrías de tener derecho a enfadarte y soltar tu propio río de lava ardiente. La naturaleza es sabia, y no te ha dado todo ese magma para que te lo guardes. Por tanto, comencemos por asumir esa rabia incandescente que te recorre por dentro, que busca abrirse paso entre tus grietas para fluir montaña abajo y no hacerte estallar en mil pedazos. Hoy eres un volcán a punto de tronar.

  • Piedras
    Cuentos Cortos

    El brujito y las piedras

    Caminé casi sin rumbo entre la muchedumbre. Mi mirada turbia se detenía de vez en cuando en alguno de los puestos de artesanos organizados a ambos lados del camino, al pie del cerro Uritorco. Una suave música recorría el aire serrano… y en sociedad con el refrescante ronronear del río, que marcaba su paso entre las piedras, le daban un tinte místico al lugar. Era uno de esos sitios donde cierta magia sobrevuela, invitándote a conectar con el universo. Donde la brisa desparrama armonía de tal forma que podemos atrapar una buena dosis de un solo puñado. Pero ni todas las dosis de esa montaña hubieran podido con el enredo que dominaba a mi alma esa tarde. Imagino que saben lo que pesa un corazón roto, o el ruido tremendo que hace el vacío, o el sabor amargo que tiene la rabia. Quién no se ha dejado inundar alguna vez por cualquiera de las emociones que nacen del miedo. Quién no se ha sentido vencido cuando otro día muere sin haber armado el rompecabezas de su vida. Quizás no era la única que caminaba perdida aquella tarde a orillas del Calabalumba, sedienta de alguna gota de esa magia que prometía el aire. Pero el muro de mi enojo era a prueba de esperanzas.

    Sin darme cuenta, me había detenido hacía varios minutos frente al puesto de un brujito. Comencé a observar lo que mis ojos habían estado mirando sin mirar. Sobre una precaria mesa cubierta con un paño color índigo, habían dispuestas siete piedras de diferentes colores junto a un saco de tela gris. Una mano arrugada las tomó y las guardó dentro del saco, y entonces me percaté de la presencia del brujito. Era un hombre bastante mayor, con un cabello blanco bastante desordenado y una incipiente barba bastante desprolija del mismo color. Me miró y extendió hacia mí la mano acercando la bolsa, y me dijo:

  • Sombras
    Cuestiones

    Valiente

    No lloro porque soy débil. Lloro porque soy más fuerte que débil. Porque necesito drenar los sentimientos que mi garganta traga cuando debo empujar con el alma. Porque cada paso firme que doy pisa mis temores bajo su suela. Porque me guardo en el bolsillo la inseguridad sintiendo cómo revolotea, como si hubiera encerrado a una mariposa que aletea incesantemente sobre las paredes de mi conciencia. Esas noches donde los días de trinchera pesan, con lunas interminables y un desfile de cuestiones en la pasarela de la mente… son noches que no son fáciles si no dejo fluir las lágrimas. No es tan difícil ser fuerte, poner mirada de acero y avanzar como si dominara el viento que golpea mi frente. Lo verdaderamente difícil es luego mirarme al espejo y asumir que es preciso llorar.

  • Castillo
    Cuestiones

    Si los miedos no fueran barreras

    A lo largo de los años he ido construyendo mi mundo como si fuera un castillo. Tiene torres en sus esquinas levantadas ladrillo a ladrillo sobre mis experiencias más sustanciales. Los muros se han ido engrosando al tiempo que aprendí sobre mis límites y, no voy a negarlo, alguna que otra decepción les ha agregado unos metros de altura. Los pasillos del castillo son amplios, pensados para que pueda recorrerlo cómodamente rincón a rincón, con fácil acceso a las habitaciones de mi alma, las cuales estoy redecorando. Me lo he pasado últimamente abriendo viejos baúles de creencias, reciclando historias y descartando viejos trajes de mi ego que ya no me sirven. Todavía hay espacios con cierta oscuridad, pero tengo siempre a mano una lámpara de conciencia que me he decidido a encender cuando una simple mirada no alcance para comprender. Y también he diseñado unas grandiosas puertas que puedo abrir de par en par cuando me visitan personas que saben apreciar mi castillo, o mejor aún, que me ayudan a redescubrirlo. Me siento a gusto y segura aquí, cada día más. Tanto que en los atardeceres me complace tomar una taza de té observando la noche llegar por mis vastos ventanales. Y allí, en ese instante, es cuando los veo.

  • Mujer
    Anécdotas

    Lo siento, perdón, gracias, te amo

    Desperté apenas amanecía, con el primer esbozo de claridad que se trepó a mi balcón, y aún así había sido una noche larga. Los ecos de las balas que habían llovido sobre mi ego, las imágenes difusas de las cadenas del pasado y ese olor fresco a decepción… se mezclaban y daban vida a un solo fantasma que se sentaba al mismo tiempo que yo en el desorden revuelto de mi cama. Lo contemplé como se puede contemplar al desastre después de un huracán, rendida. Y entonces fui por ella. La busqué por las habitaciones, atravesando pilas de ropa de batalla y tazas vacías de té que resultaron no ser mágicas. Aparté de mi camino los escombros de lo que había sido mi zona de confort, la cueva donde me había escondido desde mi infancia, observando cómo todavía echaban humo los miedos que habían sido sus andamios. La casa era un caos, como lo era la vida, como lo era mi alma.

    Y allí la encontré, de pronto parada frente a mí, con los ojos nublados y desconfianza en sus pupilas, con la frente vencida y los labios secos por tantas palabras que no fueron oídas. Nos miramos en silencio, con una comprensión tan vasta como el océano. Pude advertir cómo la tormenta también había desordenado su pelo, y cómo su suspiro era una bandera blanca de rendición. Entonces sentí un deseo irrefrenable de romper el silencio, le sostuve la mirada y las palabras brotaron como si dentro mío existiera un manantial que desconocía. Y le dije…:

  • Niño triste
    Cuentos Cortos

    La carta

    El niño abrió los ojos a las ocho en punto. Ya no saltó de la cama como días antes, sino que a desgana corrió las sábanas, se sentó y posó sus pies descalzos sobre el frío del piso. Frente a sí, colgado de la pared, un espejo le devolvía su reflejo. Ahí se vio, el pelo revuelto y los ojos castaños hinchados aún de sueño, o de tristeza. Día quince. Suspiró. Resopló. Sabía que haría el recorrido en vano, pues ella no estaría allí, como los catorce días anteriores. Abandonó la imagen del espejo para dirigir la mirada hacia la puerta de la habitación. Allá vamos, se dijo. Arrastrando una decepción anticipada, se encaminó hacia la cocina. Efectivamente, estaba vacía. Las cortinas aún cerradas mantenían el espacio en penumbras. Los platos limpios de la noche anterior sobre la mesada, intactos. Ninguna taza humeando leche sobre la mesa. Su padre y su hermana aún dormían. Se estaba acostumbrando al ruidito que nace del corazón al romperse. Asomó su ceñida frente a la ventana, espiando por detrás de las cortinas, como si ella fuera a aparecer mágicamente. Otro suspiro nació y murió, y el niño asumió que este día número quince no sería diferente a los anteriores. Atrás quedó la ventana, y fue en busca de un vaso de leche… la tomaría fría. Dejó caer su pequeña humanidad sobre una de las sillas. Sobre la mesa había un cuaderno y algunos bolígrafos, los miró por sobre el vaso de leche mientras bebía. Y entonces, decidió intentarlo. Limpió con su manga el bigote blanco sobre sus labios y, con un nudo interrumpiendo su garganta, comenzó a escribir:

  • De noche
    Anécdotas

    Insomnio

    Hay algo en la noche que es capaz de desvelarme. La oscuridad y el silencio son puertas seductoras que se abren como si ofrecieran algo más para ver y para oír. Como si de noche pudiéramos observar algo que en la luz y el ruido de las horas del día se nos pasara inadvertido. Entonces mi mente se queda prendida de ese silencio, sólo interrumpido por el concierto de algunos grillos.

    A veces el insomnio tiene nombre y apellido. Otras veces parece una de esas calesitas que giran y giran paseando pensamientos, como si una fuera a sacar de pronto la sortija reveladora de la solución mágica. Hay insomnios que invitan a los fantasmas a encontrarse con nosotros, en un intento fallido de resolver algo pendiente. Lo cierto es que nada de eso ocurre. El dueño del nombre y apellido no aparece, no ganamos ninguna solución mágica ni se puede resolver nada con ningún fantasma intruso. Pero lo intentamos, tercas almas que no podemos cerrar los ojos.

  • Cuestiones

    La chispa

     

    Luces
    Fuente de la Imagen: Pixabay.

    Mucho se habla de aquello que deberíamos sacar de nuestra vida: personas tóxicas, trabajos que no nos satisfacen, rencores, rutinas insalubres, hábitos destructivos, creencias obsoletas… La lista es larga. Y pareciera que esto se trata sólo de escarbar en lo que nos ata o entorpece nuestro camino, y vaciarnos de ello. Pero el universo es equilibrio, y como tal siempre debe haber algo del otro lado de la balanza. Qué hay de aquello de lo que nos deberíamos llenar? Cómo darnos cuenta que se trata de algo que nos nutre verdaderamente y no es sólo un aspecto efímero y superficial de la realidad?

    Yo reduzco toda la clave a una sola palabra: la chispa. Pero no se trata de una chispa cualquiera. Nace del centro de nuestro ser. Hay muchos destellos de entusiasmo que solemos confundir con la chispa, y comprobamos luego con frustrante resignación cómo proceden a apagarse. Y eso que los había encendido… ya nos resulta insulso, deslucido. Ya no nos atrae. Nos damos cuenta porque las ganas desaparecen pronto, porque nos cuesta esfuerzo poner nuestra atención en ellos o sostenerlos. No ocurre lo mismo con la verdadera chispa.

  • Anécdotas

    En el bar, con el diablo

    Tinieblas
    Fuente de la Imagen: Pixabay.

    Puede que seamos muchos a los que nos tocó bailar con el diablo. Y no estoy siendo figurativa… les aseguro que era él. He tenido la oportunidad de dormir con la perversidad y la oscuridad al otro lado de mi cama. Recuerdo cuando subió a mi auto, esa primera vez que lo vi, vestía pantalón negro y camisa rosada. Casi siempre los demonios se presentan como ángeles sin alas, que caminan por el mundo ofreciendo su sonrisa tan esmeradamente fabricada. Lo supe. Pude oírlo en su tono de voz demasiado endulzado, y pude verlo en la forma en que torcía sus labios a un costado cuando sonreía. Pero por algo somos tercos cuando de enfrentarnos al diablo se trata, así que también sonreí. Fuimos a un bar, se sentó frente a mí y encendió un cigarrillo. Observé su tatuaje, una especie de monstruo que recorría su antebrazo… increíble que llevara tatuado su propio retrato. Ahí estaba él, mirándome como un león a su presa, y ahí estaba yo, sonriéndole a quien iba a enseñarme lo mejor y lo peor de mí misma.

  • Cuestiones

    La Inexorable Ley del Espejo

    Los espejos
    Fuente de la Imagen: Pixabay.

    En algún sitio he leído o escuchado que así como necesitamos indefectiblemente un espejo para observar nuestro rostro, así también nuestras almas precisan muchas veces algo, o alguien, que cumpla la función de reflejar aquello que no podemos ver por nosotros mismos. Nada más acertado que esta analogía. No quiere decir esto que no seamos capaces de conocernos por nosotros mismos, ni que tengamos menos desarrolladas las habilidades de percepción o la propia sensibilidad… claro que no. Esta cuestión es inherente al ser humano, y a las relaciones humanas. Tus ojos necesitarán un espejo para saber de tus labios, de tu nariz, de tu mirada, de la forma en que se frunce tu ceño cuando estás enojado o el color que toman tus mejillas cuando estás enamorado. Y tu alma necesitará un espejo para saber… para saber qué? Aquí vienen las grandes verdades. Por ejemplo, de dónde vienen tus miedos. Por ejemplo, qué es ese vacío que tantas veces has sentido. Por ejemplo, de qué estás escapando cuando te llenás de excusas, y por qué. Y muchas otras grandes verdades. Verdades incómodas, molestas, dolorosas. Que por incómodas las mandamos a dormir a un rincón y las sentenciamos con silencio para que no nos alboroten. Por molestas las esquivamos, o las disfrazamos de conflicto, o las pintamos de alguna culpa ajena. Y por dolorosas las ignoramos, porque sí… algunas duelen demasiado.