Cuestiones

No son buenos tiempos para los soñadores

No son buenos tiempos para los soñadores. Nosotros, los soñadores, solemos idealizar lo que tengamos delante y, aunque se siente muy bonito, eso no es bueno en el mundo que habitamos. Es muy probable que nos demos la cabeza contra la pared. Pero resulta que además somos cabezones, así que vamos a repetir este proceso una y varias veces más antes de asumir que la realidad no es tal como la deseábamos. Y más que el golpe contra la pared, duele lo aplastante de la desilusión. La cuestión es que este mundo que habitamos nos ofrece en cada esquina una pared para estrellarnos. Parece que tropezamos más de lo recomendable con espejismos, con arenas movedizas y con trampas para osos. Las avenidas están repletas de humanos que conducen sin saber adónde van, y que para nuestra fortuna coinciden por algún lapso en nuestra nave como copilotos. Los parques de diversiones llenan sus filas con personas que no saben reír, con las que perdemos un tiempo valioso intentando descifrarlas. Amos paseando orgullosos a sus esclavos, exhibiendo las cadenas que los hacen pertenecerse los unos a los otros, cadenas con las que más de una vez nos enredamos casi sin querer. Necios empecinados en convencer al mundo de que las rosas son azules, probando nuestra capacidad de asombro ante tanta estupidez. Payasos regalando risas y sonrisas pero que, incapaces de despertar la sensibilidad en su corazón, dan la espalda en un suspiro a los sentimientos. Y qué hablar de los monstruos disfrazados de civiles que merodean los barrios para encontrar almas a las que asustar, los vampiros que buscan cuellos puros para alimentar su oscuridad y los vendedores de mentiras que están al acecho de nuevas víctimas que estafar.

No, este no es un buen mundo para los soñadores. Nosotros, los soñadores, muchas veces nos sorprendemos de noche cerrando con fuerza los ojos para no dejar brotar las lágrimas de decepción. La decepción, que duele como latigazo sobre el cuerpo de las ilusiones y queda ardiendo sin nadie que la sople. Despertar a la realidad quema las pestañas, no es como imaginábamos. Parecíamos tercos aferrándonos a la idea de que nuestro deseo era en verdad la intuición hablándonos, y sólo era la voz de lo que nos hubiera gustado que fuese, una voz que no tiene poder alguno sobre nada ni nadie, porque no es mágica ni puede transformar la voluntad o la esencia de los demás. Todo era una ilusión, como parte del show de un mago que ocurrió puertas adentro de nuestra mente. Pero el show tarde o temprano termina, y vemos la inseguridad del que conduce nuestra nave, las cadenas del esclavo, la voz insoportable del necio y la frialdad del payaso. Y entonces la decepción saca su látigo, implacable y rotunda.

Los soñadores apostamos al amor mientras caminamos una jungla superficialista. Defendemos la lealtad en un mundo casi incapaz de comprometerse más que con su propio beneficio. Creemos en el camino de los sueños aún en medio de un sistema que intenta absorbernos sin descanso. Buscamos la belleza del alma en la mirada, mientras la propaganda dice que no somos nadie sin el mejor cuerpo o el mejor auto. Estamos convencidos de que las heridas se pueden sanar y que de los errores se puede aprender, que la libertad sólo es cuestión de elección y la felicidad, de tomar decisiones. Todo muy altruista y magnánimo, si no esperáramos realmente que el mundo se comportara de acuerdo a nuestra inspiración. Y otra vez la cabeza contra la pared, porque ya sabemos cómo es el mundo. El mundo hiere. Y, heridos, nos quedamos un tiempo dentro de la madriguera procesando una vez más que el otro no tiene por qué actuar como nosotros deseamos. Asimilando que el otro es diferente, que es otro, que no es la ilusión que proyectó nuestra mente y que siempre fue el mismo que no hemos podido ver. Aceptando que nos pasamos de copas soñando, deseando, idealizando.

Pero además de soportar estoicamente el cachetazo que nos propina la realidad, los soñadores tenemos aún otro desafío: reconocer qué de todo aquello que nos ha decepcionado es nuestro. Cuánto hay en nosotros del inseguro, del esclavo, del necio, del insensible. Cuándo lo hubo. Qué parte nuestra es la que reacciona ante esa realidad que no deseamos y de qué necesidad, dolor o talón de Aquiles nos está hablando. Qué debemos aprender de esta lección para cambiar nuestra percepción. Es el capítulo en que nos toca autoconocernos un poco más, porque sabemos que lo que ocurre allá afuera es reflejo de lo que guardamos aquí dentro. La incógnita es, una vez hayamos logrado cambiar nuestra mirada, ¿ya no nos decepcionaremos? ¿aceptaremos al otro tal cual es, sin esperar ver en él nuestros propios ingredientes? Será que si cambia lo que hay aquí dentro… ¿cambiará lo que ocurre allá afuera? ¿o sólo cómo lo percibimos?

Fuente de la Imagen: Pixabay.

No es un buen mundo para los soñadores, pero es el único mundo disponible. Y aunque no sean buenos tiempos, son los que nos tocan vivir, y es probable que los que vengan no sean diferentes. Soy una soñadora, y no puedo ni quiero renunciar a ello. Es de las pocas cosas que considero bellas que he heredado de mi padre. Sueño con personas que descubren hacia dónde van y con esclavos que cortan sus cadenas. Sueño con necios que abren su mente a una nueva verdad. Sueño con payasos que además de hacer reír pueden hablar de amor. Sueño con gente triste aprendiendo a reír. No dejaré de creer que las personas pueden ser leales, así como me gusta a mí, así como lo soy yo. No dejaré de creer en la amistad de verdad, que siempre ofrece su oído para escucharte, su palabra para respaldarte, su mano para levantarte y su abrazo para reconfortarte. No dejaré de creer en el amor de verdad, ese que aunque sienta miedo se arriesga, ese que no te deja ir una vez que te encontró.  Confiaré siempre en que una cantidad justa de locura es necesaria para estar sana, y beberé mi dosis diaria junto al desayuno mientras leo el diario. Como buena terrícola, tendré los pies sobre la tierra, pero como buena soñadora no renunciaré a volar.

Quién sabe, quizás allá en las alturas algún día encuentre a alguien como yo.

 

Anna Aguilar

 

 

Deja un comentario