Niña Interior
Anécdotas

Niña

No sé  cuál sea tu nombre, pero voy a llamarte Anna, como mi nombre.

Te vi esa noche. Te vi tendida en una vereda acurrucada contra la persiana cerrada de lo que sería un negocio, tapada con una rudimentaria frazada vieja y descolorida. Estabas durmiendo. Vaya a saber con qué estarías soñando, pero estoy segura que tu sueño era mejor plan que abrir los ojos. Te miré, miré tu rostro relajado, redondo, sereno, y me hizo acordar a una luna llena por su placidez. Estabas perfecta durmiendo. Pero en mi pecho sentí un nudo de pensar cómo es cuando despertás. De repente lo imaginé todo, y no sólo lo imaginé, pude sentirlo. Como si pudiera mirar a través de tus ojos. Y cuanto más miraba usando tus ojos, más profundo me dolía.

¿Cómo es, Anna, cuando abrís los ojos? En la mañana ves tanta gente pasar apurada por esa avenida, con sus ropas tan lindas que suponés caras, con sus maletines o sus carteras tan sofisticados al lado de tu mochilita andrajosa. Sos pequeña, pero supongo que sabés que esa gente va a trabajar. Te preguntás en qué piensan, te preguntás por qué no te miran. Te preguntás cómo serán sus vidas. Te preguntás por qué no naciste como ellos. Mirás los autos pasar por esa avenida tan ancha, hay del color que quieras, autos nuevos, brillantes, con vidrios oscuros. Nunca pasearás en uno de esos, lo sabés. Una oleada de rabia se asoma y desaparece.  Enfrente, en un parque, ves unos niños jugar y largar risotadas de diversión. Tienen juguetes, uno de ellos tiene una bicicleta. Y no te das cuenta pero aprendés a tragar la ira, aunque tus ojos se devoran esos juguetes, sabés que no los tendrás, son de otros niños, no son tuyos, son demasiado bonitos para ser tuyos. Quizás estés sintiendo que no los merezcas, como no mereciste nacer en una familia como la de ellos.

Miras toda esa jungla alrededor, tan perfecta, tan atractiva, tan imposible. Parece mentira que sólo al girar la vista exista un mundo más cruel y áspero. Ahí están tus trapos, algunos objetos que le han donado a tu madre, una muñeca casi sin pelos y con el rostro percudido, las pocas y deterioradas prendas que guardás en una bolsa. Ahí están tus tres hermanos, aún no han despertado en sus improvisadas camas. Ahí está tu madre, con el rostro ajado por la pobreza, quizás pelando una naranja que quedó de la limosna de anoche para preparar el desayuno, quizás pensando dónde ir a buscar el almuerzo, o la cena, o en qué plaza dormir. Tu madre que es tan pobre de mimos y de dulzura, que sólo tiene palabras duras y unos cuantos coscorrones para vos.

 Pero la vida parece bella para otros, parece suficiente. La gente parece no sufrir, lo tienen todo, todo lo que querrías.

De repente te cruje el estómago, tenés hambre. No hay mucho con qué engañar a ese estómago, pero está acostumbrado a conformarse con lo que encontrás en los desechos, o con algún alfajor que alguna misericordiosa señora de tacos altos te regala para cumplir con su buena acción del día. Si no fueras tan pequeña te percatarías de cuánto suelen lavar sus culpas los adultos con un trozo de comida. Luego miran hacia adelante, satisfechos por ser tan bondadosos, y se van a seguir con sus vidas, y se olvidan de vos.

De repente sentís ganas de jugar. Te las has arreglado algunas veces para jugar sin juguetes. Pero ahí está tu madre diciéndote lo que debés hacer, y no es jugar… Tu deber de hoy es vender unos almanaques en aquella esquina, si no… no habrá almuerzo. Resoplás y rezongás por dentro, pero ahí te disponés a cumplir con tu parte del sacrificio. Ya habrá tiempo para jugar (lo habrá?).

Ni hablar de la escuela, Anna. A tu edad quizás debieras estar asistiendo a un nivel preescolar. No tenés idea, pero allí desayunan y juegan. Hay juguetes y disfraces. Hay señoritas maestras cariñosas que te peinarían ese cabello revuelto. Hay amiguitos con quienes divertirse. Allí reirías, saltarías, soñarías. Qué vas a saber de todo eso niñita… si no te han dado la oportunidad.

Sabes, Anna? Yo nunca he dormido en la calle, pero entiendo eso que estás sintiendo. Cuando te vi no pude más que llorar, y no quise regalarte un alfajor, hubiera querido regalarte una vida. No quise seguir caminando y olvidarte. No puedo hacerlo porque sé cómo se ve la vida a través de tus cristales. Sé de sacrificio, sé de privaciones, sé de desamor, sé de ausencias. Si me hubieras visto, si hubieras estado despierta esa noche, hubieras pensado “aquí viene otra señora de tacos altos”, pero no te hubieras imaginado que soy tan como vos… Nunca imaginarías todo lo que puedo sentir con sólo verte, que mi único deseo era abrazarte y protegerte, que deseé en ese instante que alguien pudiera darte una oportunidad. Deseé que no sintieras nunca más miedo, deseé hacerte sentir que todo va a estar bien. Acariciar tu cabello mientras dormías y velar por tus sueños. Y te imaginé jugando, y riendo. Te imaginé en un hogar “normal”, con una mamá amorosa y un papá superhéroe. Te imaginé de guardapolvos, aprendiendo a leer y escribir. Te imaginé soñando, segura de que cualquier sueño que tengas lo vas a cumplir.

Yo tengo mucho que agradecerte Anna. No lo vas a saber nunca, nunca vas a saber quién soy ni que esa noche pasé por tu lado, ni vas a saber todo lo que me hiciste sentir sólo con ver tu bello rostro dormir. Pero hiciste algo muy importante para mí, fuiste mi espejo.  Sólo pude darme cuenta unos días más tarde cuán presente estás dentro de mí. Siempre lo estuviste. Sos la niña que llevo dentro, llena de miedos, de enojo, de inseguridades. Verte fue verme a mí misma, y entonces comprendí por qué me dolía tanto. Y comprendí que todo lo que deseo para vos, también lo deseo para mí, para la niña que fui, y para la mujer que soy. Yo también tengo miedos Anna, yo tampoco estoy segura a veces si todo va a estar bien. Y también necesito reír, y jugar, y soñar. Somos tan parecidas mi pequeñita, aunque no te lo parezca, yo de tacos altos esa noche y vos durmiendo a la intemperie.

Yo nunca te olvidaré Anna. Aunque jamás vas a conocerme, y es casi imposible que volvamos a cruzarnos los caminos, hay algo que le pido al Universo y deseo desde lo más profundo que me lo conceda. Y es que una de esas noches, cuando duermas con tu carita de luna llena, cuando te sumerjas en ese otro mundo de tus sueños, puedas escuchar mi voz diciéndote: princesita bella, verás que todo va a estar bien.

Anna Aguilar

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