Bestia
Cuentos Cortos

Muerte de un psicópata

El frío del metal desgarrándote el hígado congeló ese último instante. Era verdad eso que dicen, antes de morir ves pasar tu vida ante tus ojos como una agónica película que llega a su final. Y además de agónica, en tu caso la película era bastante sarcástica, una especie de comedia negra que te mostraba todo lo que hiciste mal. Nunca imaginaste este final, nunca imaginaste que estaba tan cerca. Las piernas se te aflojaron por última vez, exhalando el resto de fuerza que les quedaba. Supiste que no había vuelta atrás. Se terminó el show. Torpemente llevaste tu mano al lado derecho, en un intento ridículo de sosegar el dolor. Pero ése no era el único dolor que se desparramaba por tu cuerpo. Ese minuto eterno te enfrentaba con algo mucho más terrible que tu verdugo, y era tu propia bestia. Esa que toda una vida guardaste entre las rejas de tu conciencia, convenciéndote una y mil veces de que no existía, disfrazándola con la enorme mentira que veías en el espejo cada mañana al comenzar tus días. Ya no habría más mañanas grises para engañar. Dios… cómo duele, no? Tantos años huyendo de ella, y ahora la bestia se paraba justo enfrente tuyo para verte morir. Una mueca triste e irónica se dibujó en tus labios, y tus ojos por primera vez fueron honestos, aterrorizados del abismo que te invadía.

Tus rodillas golpearon el suelo, mientras la sangre comenzaba a brotar entre tus dedos. Te das cuenta? De nada sirve tapar una herida, siempre encuentra por dónde colarse y te jode la vida. Y es que la herida que carga tu alma es tan monstruosa, que muchos pensaron que no tenías alma. Pensaste que era mejor guardarla en el sótano y abandonarla. Pero ni todas las mentiras que balbuceó tu absurda boca sirvieron para que desaparezca. Levantaste una torre falsa a tu alrededor, inventaste un personaje que en el fondo nunca creíste. Tu afán por huir de la bestia se convirtió en tu religión, y cada paso que diste lo teñiste de hipocresía e indiferencia. De verdad creíste que tenías el control..? Pues no, ahí estaba la bestia respirando tu muerte, más inmensa que nunca, como si la hubieras estado alimentando todos estos años en vez de anularla. El fraude que construiste se desmoronaba en esos sesenta segundos eternos, y la amarga noticia de que todo fue en vano era como un gusano carcomiendo tu herida.

Cerraste los ojos invadido por el punzante dolor. Esa escena era bastante confusa… La habitación desordenada, tu sangre salpicando el cemento del piso y la borrosa figura de tu asesino, que se mezclaban burdamente con la película que seguía rodando en tu cabeza y la bestia que te miraba de forma escalofriante. Era mejor cerrar los ojos, no querías ver lo que te negaste a asumir durante una vida. Qué ingenuo… como si apagando la mirada fuera a desaparecer el infierno que llevabas dentro. Ahí estaba, ardiéndote en las venas, quemándote las últimas gotas de oxígeno que con dificultad entraban a tus pulmones. Cómo no haber huido siempre de la bestia. Era lo mejor que pudiste hacer con el alma enferma que te tocó traer al mundo, aunque eso valiera tejer mil trampas para no caer en la tuya propia.

Crimen
Fuente de la Imagen: Pixabay.

Caíste rendido, sobre el costado de tu herida, y la bestia se recostó al lado tuyo sin dejar de observarte. No había tiempo de redimir, y aunque lo hubiera… no te interesaba hacerlo. Jamás lo aceptarías. Jamás tolerarías reconocer lo que en verdad siempre fuiste. Eso sería como bajar al mismo infierno, y aunque sus llamas ya te abrazaban sumiéndote en el más hiriente dolor, lo último que harías sería admitir que esa bestia era tu verdadero espejo. Que la llevabas en la sangre. Que la llevaste siempre a cuestas, porque nunca pudiste desprenderte de ella. Que todo el tiempo estuvo presente. Cuando fingías encarnar un ser maravilloso, cuando admirabas estúpidamente tu reflejo, cuando te sentías grande e invencible. Ella siempre estuvo allí, ella siempre fue tu esencia. Estabas seguro de haberla vencido pero te traicionó tu confianza negligente. Y más tarde que temprano la verdad sale a la luz, por muy fuerte que cierres los ojos.

El dolor se hizo insoportable. Y como buen cobarde, decidiste morir. Era tu única salida. Ya no más fraude ni engaños. Se acabaron las chances de fingir. No pudiste evitar mirar a la bestia de frente, pero aún podías escapar de ella en esos breves microsegundos que te regalaba el tiempo. Esta batalla latente que existió mientras respirabas días y noches había estallado en una guerra macabra en ese momento, y nada más podías hacer. Las luces se apagaban, pero eso no te preocupó porque siempre estuviste sumido en la oscuridad… aunque lo disimularas muy bien. Sólo aguardabas que se apague el dolor. Sólo suplicabas en silencio ya no ver más ese agujero negro que era tu alma, intentando succionarte hasta el último suspiro. Sólo implorabas no sentir más la miseria bailando en tu estómago. Eso no era lo que querías ser, eso era lo que de forma equivocada intentaste no ser. Y humillantemente, las lágrimas comenzaron a bañarte el rostro, te acurrucaste sobre tu herida y la bestia acarició tu frente, justo antes de que el telón se cierre y la obra de tu vida llegara a su fin.

Parada frente tu cuerpo cubierto de sangre, te vi morir. Yo también fui testigo de tu diálogo silencioso con la bestia, y no pude sentir más que una profunda pena. Ensimismada en mi propio dolor, jamás había podido imaginar el calvario que vivías, y jamás había visto un alma tan rota como la tuya. Nunca pensé que existieran seres humanos que estuvieran privados de sentir compasión, o de experimentar la gratitud, o de descubrir la inmensidad del amor. Creo que siempre sentiste miedo. Y el miedo en porciones desorbitantes es como un monstruo de cien brazos que te posee y te arrastra a la oscuridad. El miedo… que fue la única emoción genuina, además de la rabia, que pudiste conocer en este mundo. Me entristeció la pobreza de tu alma, y sentí que dejaba mi caja de argumentos junto a tu cadáver. Te dediqué una última mirada, la bestia yacía muerta a tu lado. Me invadió la comprensión de que sólo habías hecho lo que podías con lo que eras… como yo, como todos. Abrí mi mano dejando caer el cuchillo, que estrepitosamente rebotó a tus pies dormidos, y di la vuelta para abandonar el lugar.

 

Anna Aguilar

 

 

 

 

 

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