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Morir, renacer…

«Protesta a la muerte»

La muerte acosa mi alma, sabe que el tiempo le es favorable, por lo tanto goza de ser inevitable, juega y amaga, se asoma… se esconde.
Mi discrepancia con ella no es excusa; vivo mis días en su contra, ignorando los numerosos finales que me han sido revelados, protestando ante su inminencia, desafiando su apremiante llegada, insultándole por los amores que me ha quitado.

Confieso que le he deseado un par de veces; como amante que anhela los brazos de quien le ha dañado, cual miserable, que en el patíbulo apura sus engrillados pasos, con la esperanza de ser prontamente librado.

Pero la muerte no juega en mi liga, no asiste cuando se le invoca, no responde llamados ni se somete, no se agrada en mis múltiples contradicciones, no… ella tiene sus propias reglas, no transa, dejando en claro que lo eterno no se rige por la carne y que más temprano que tarde, el chasquido de sus dedos se alineará con mi parpadeo y al fin… estaremos cara a cara.

Kako Núñez

 

¿Por qué piensas que no me conoces? Desde niño te han enseñado que soy un enigma del que mejor no hablar. Como esos agujeros negros del universo que no sabes a dónde te llevan, pero que inevitablemente algún día tendrás que atravesar.

Te han enseñado a temerme. Me imaginas de capa negra y con una hoz en la mano, dispuesta insensiblemente a cortar el hilo de la vida de quien siga en mi lista. Casi siempre, según piensas, soy inoportuna, o cometo el error de llevarme al purgatorio a las almas más nobles, mientras aquellos de almas negras gozan de un tiempo extra en el planeta. Has aprendido a evitarme… por lo general, ni me nombras, o te haces cruces cada vez que mi sombra merodea en alguna conversación, en alguna noticia o en tu imaginación. Aunque a veces eres capaz de jugar con la idea de encontrarme en un frasco de pastillas, o de pedir a tu Creador que te presente ante mi altar, sólo con el afán de escapar de la vida cuando te asfixia.

¿Por qué crees que no me conoces? Crees que sabes poco sobre mí, pero es que en verdad sabes tanto… sólo que no sabes que lo sabes. Tu razón y la de toda la humanidad que te precede te hicieron asumir que sólo me verás cuando dejes de respirar, cuando tu último suspiro haya abandonado esta atmósfera, cuando vuelvas al polvo del que viniste. Y te da miedo ese momento, y lo postergas todo lo que puedes. Te enoja pensar que puedo llegar un día y acabar con tu mundo en un cerrar de ojos. Te frustra sentir que la vida no es eterna, que tú no serás eterno. Porque mi trabajo es interrumpir toda eternidad desde el comienzo de los tiempos… Pero olvidas, querido mortal, que tampoco yo soy eterna.

Claro que me conoces. He estado presente en tu vida desde que naciste. Piensa en todas aquellas cosas que has ido dejando atrás, aquellas que te pareció que el tiempo se llevaba en un lento viaje hacia ninguna parte. Tu infancia, tu pasión por las hamacas o por dar una vuelta más en el carrusel. Las lecciones en la escuela y la rayuela del recreo. El canto de los grillos cuando tu madre te llamaba a cenar, o los cuentos que te hacían soñar con alguna magia al dormir. Todo eso parece haberse desvanecido, e incluso lo recuerdas con añoranza. Pero sabes hoy que debía ser así, porque debías crecer.

Recuerdas ese primer amor que te robaba un suspiro tras otro y que pintaba de colores hasta el atardecer más gris. Ese primer amor cuya fuerza desconocida te prometía que iba a ser eterno, haciéndote sentir que serías capaz de morir por él. También, contrariamente a los pronósticos, se ha esfumado. Al igual que tus primeras lágrimas por desamor y el dolor que parecía atravesarte el alma, al igual que el vacío que te inundaba el pecho por la ausencia de la persona amada. Todo ello ha muerto a su debido tiempo.

Por supuesto que me conoces. He matado cada instante de tus días para que pudiera nacer otro. Me he llevado las amistades que se secaron y los romances que ya te lo habían enseñado todo. He terminado con tus veranos cuando debías aprender a sentir frío, y he puesto fin a tus inviernos cuando era momento de florecer. Ciertamente, soy quien rompe tus esperanzas y pincha tus globos de ilusiones, pero también soy quien envenena lentamente tu dolor para que cierto día amanezcas más liviano, con nuevos horizontes. Soy el ángel que apaga el sol para que nazca la noche y que sopla las estrellas para que resplandezca un nuevo día. Soy quien se lleva tus debilidades para que emanen tus fortalezas. Soy la que apaga la luz para que conozcas tus oscuridades. Y soy también quien ha derribado tus muros y barrido tus escombros para que pudieras construir un castillo.

Si lo piensas, te darás cuenta que me conoces. Y que me necesitas. ¿Dónde estarías hoy si no se hubiera muerto tu pasado? ¿Dónde, si yo no hubiese derribado cada peldaño para que subieras otro? Si te miras al espejo, verás que no eres el mismo de ayer. Has muerto y renacido tantas veces, y aún no llegas al final de tus días. La imagen que ves es el resultado de todo aquello que murió para dar paso al que hoy eres. Tu alma ha sepultado cada parte de ti que me he llevado, y así has podido reinventarte, cada vez más fiel a tu esencia, cada vez más exacto a tu medida. Eres como un árbol tallado por la muerte, porque sin la muerte estarías lleno de hojas y ramas secas que no dejarían brotar tu belleza, ni la vida que corre por tus fibras ni las flores que asoman en tu cáliz.

Sí, me conoces demasiado. Y aunque te cueste asumirlo, soy tu aliada. Nos hemos cruzado mil veces y nos seguiremos cruzando hasta el último de tus días. Pero si has sabido dejar de resistirte, si has sabido aceptar que sólo la muerte da sentido a la vida, entonces no me temerás. Y sabrás que en ese instante que hoy tanto temes, ambos moriremos… porque no soy más eterna que lo que dura un soplido. Y tendrás la seguridad de que algo renacerá, porque sabes que así siempre ha sido.

Anna Aguilar

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