Cuestiones

Mi cuerda floja

A pocos les agrada caminar sobre una cuerda floja. Que tengas éxito depende de que sea justo la línea media de tu pie la que se pose en la línea de la cuerda, y por si esto fuera poco, que el resto de tu humanidad también se apoye en ella. Pero es tan fácil pisar en falso, que en cuestión de segundos estarías cayendo hacia uno u otro lado. Y sucede más a menudo de lo que piensas. El día a día está teñido de cuerdas flojas, que además resultan ser invisibles, y sólo te percatas de que pisaste en falso cuando te encuentras cayendo. «Oh, pisé mal», piensas… pero lo hecho, hecho está. Y ves alejarse la cuerda hacia arriba mientras esperas el golpe seco de tu aterrizaje. Es el riesgo inherente de intentar caminar en las alturas. La apuesta inevitable cuando te atreves a más, o cuando la ilusión ha nublado a la razón cual espejismo que promete calmar la sed. Nadie puede asegurarte que llegarás al otro lado de la cuerda, pero sin embargo te embarcas porque lo crees absolutamente posible. Y entonces ocurre un cortocircuito en tu equilibrio, y caes. Pero, una vez que has caído, una vez que te has equivocado al dar ese paso, una vez que te has zambullido dando tumbos por los aires… ¿vuelves a subir a la cuerda?

Lo primero será sacudirte el polvo y comprobar cuánto te has dañado. ¿Siguen firmes tus pies, o tiemblan? ¿Ves alguna herida que debas atender antes de volver a las alturas? Quizás tengas algún hueso roto, o el corazón. Quizás debas enmendar alguno de tus sueños, o poner una tirita sobre alguna cicatriz del pasado que se haya abierto. Muchas veces deberás beber litros de energía porque notarás que tus reservas marcan en rojo. Y qué decir sobre el humo que echa el enojo, que todo lo vuelve turbio… habrá que apagar uno que otro foco de ira para que no te incendies y dejar que la humareda se disipe hacia los cielos. Está bien, también puedes tomarte un tiempo para protestar… es necesario. Puedes insultar, maldecir, incluso renunciar. Pero sólo puedes hacerlo unos instantes, porque no creo que te agrade quedarte eternamente en el suelo y echar unas raíces que te anclen y te priven de la emoción de llegar al otro lado de la cuerda.

Lo siguiente será verificar si la cuerda sigue aún allí, si se ha roto o si se ha esfumado. Si la cuerda sigue aún sobre tu cabeza, es tan posible como lo creíste en un comienzo. Puede parecerte que las cosas se complicaron, pero es sólo la decepción que de un plumazo te ha quitado el entusiasmo. Eso sí, deberás revisar tus sistemas de equilibrio antes de emprender el nuevo ascenso. Equilibrio significa «ni un extremo ni el otro». Equilibrio se traduce en armonía, ecuanimidad, proporción. Equilibrio es no alejarse, pero tampoco invadir. No flotar en una nebulosa, pero no dejar que se apague tu esperanza. No callar, pero no gritar. Equilibro es escuchar sin juzgar, amar sin asfixiar, soñar sin exigir. Volar con paracaídas y saber cuándo aterrizar, para luego alzar vuelo nuevamente. Es importante que realices los ajustes necesarios para no volver a dar ese paso en falso, y todo dependerá de cuán alineado esté tu sentido del equilibrio y de si eres capaz de convertirlo en una de las bases de tu ser.

¿Y si la cuerda se ha roto o, peor aún, no sigue allí? Entonces, querido amigo, será el momento de aprender el arte de la aceptación. Pero cuidado, aceptar no es rendirse. No tiene que ver con resignarse. Tú sigues allí, con tu inmenso caudal de humanidad, con tu capacidad de creer y crear. Tu alma aún sueña con cuerdas flojas, y corre un combustible por tus venas que difícilmente te permita quedarte estático por mucho tiempo. Aceptar es asumir que esa no fue ni será la única cuerda floja que caminar en tu atmósfera. Es tomarte un momento para asimilar que no dejas de ser sin ella. Sigues allí, sigues siendo, sigues existiendo, y siempre habrá una cuerda floja por la que deslizarte.

A veces se trata de un sueño que quieres cumplir, otras es simplemente una meta que te has propuesto. Puede ser que la cuerda floja tenga la forma del amor, de un viaje, de una pasión. Sea cual fuere el sentido que tome en tu vida, siempre es un desafío que seduce a esa parte aventurera que tiene tu alma… y cómo decir que no si la voz de tus adentros resuena en cada fibra de tu ser diciendo que sí. Cómo no tentarte a trepar a las alturas dejando abajo los riesgos que hasta dejan de importar. Podría decirse que te salen alas para ayudarte a atravesar esa distancia que te separa de la soga, y mientras vuelas hacia ella todo es perfecto, y cuando das el primer paso te parece que fácilmente podrías dar otro. Y entonces tu corazón rebalsa alegría.

Fuente de la Imagen: Pixabay.

Soy de las que se apasionan por las cuerdas flojas. Nada mejor que el revuelo en el estómago al emprender una aventura semejante… esa sensación de estar volando sin volar. Aprender a disfrutar de cada paso mientras lo das, casi perdiendo de vista el horizonte. Saber hacia dónde vas pero no tener nunca la certeza de dónde acabarás exactamente, o la seguridad de lo que pueda o no pasar. Soy de las que apuestan por las cuerdas flojas, pero también soy de las que dan pasos en falso y caen al vacío… como me ha sucedido esta vez. Y aquí estoy, sacudiendo el polvo de mis piernas y escaneando mi corazón. De nada sirve lamentarme por aquel error, por haber resbalado justo en el momento de sentirme firme, porque aún no he aprendido a dar vuelta atrás las agujas del reloj. No lo puedo deshacer, aunque tampoco sé si quisiera hacerlo… de algo me ha servido este trastazo. Ahora puedo saber por dónde no, o de qué modo no. La cuestión es si algún día podré volver a subir a esa cuerda. Me pregunto si aún seguirá allí, dispuesta a que la alcance otra vez. La incertidumbre me susurra al oído y discute con la voz de mis adentros. Y entonces, como solemos hacer las personas cuerdas, me encuentro afirmándole a una línea imaginaria allá en lo alto: «si volvieras a aparecer, me volvería a subir».

Anna Aguilar

 

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