Maestros de la Vida
Cuestiones

Los Maestros

Tuve en lo que va de mi vida ciertos maestros, grandes maestros, que entre otras cosas llegaron a mí  para mostrarme quién yo era, quién soy. Claro que estas masters clases no fueron gratuitas. Cuando se necesita de esta especie de maestros, el precio suele ser elevado, aunque hoy puedo decir que lo vale. Cuando no pudimos aprender por nosotros mismos quiénes somos, cuando no supimos cómo mirarnos y reconocernos, cuando no encontramos el camino hacia adentro y sólo pudimos vivir hacia afuera, según el ritmo que nos toquen otros porque el nuestro se encuentra silenciado… entonces, como por arte de magia, aparecen los maestros. O quizás ya estaban, pero tampoco lo sabíamos. Muchos podrán pensar que el momento en que se presentan los maestros es aquel momento en donde estamos preparados para aprender… esto no lo sé. En realidad no lo creo, creo que todos los momentos son los indicados para aprender. Y creo que si ignoras a un maestro, vendrá otro, y otro, y otro… hasta que te decidas a abrir los ojos y los oídos. Pero cada vez el precio será más elevado, no a modo de castigo por no aprender, claro que no. El precio es directamente proporcional a la crudeza con que cada nuevo maestro debe mostrarte tu verdad para que la veas.

Tengo que decir que más allá del precio, estoy infinitamente agradecida por mis maestros. Aunque también les he dedicado otros sentimientos mucho menos nobles, cuando miro el proceso al cual de alguna forma me empujaron y puedo empezar a verme a mí como antes no lo hice, entonces nace la gratitud. Mucha gente no desea agradecer a estos maestros, porque tantas veces son muy crueles, porque solamente cumplen un rol, y casi nunca lo saben. Y también siento resistencia a veces a agradecerles. Entonces elijo agradecer a la vida, que me los ha presentado, o a mi propia energía si se quiere, que los ha atraído. Sea como haya sido, aquí estuvieron, y fueron tan exactos que no me dejaron opción más que aprender, abrir los ojos y los oídos.

Y hacia dónde debemos abrir los ojos y los oídos? Obviamente hacia adentro. Qué hay adentro para ver y escuchar? Tanto!! Es como si fuera una caja de Pandora. Puede haber cualquier sorpresa adentro que desconocemos, o que creemos desconocer, pero en lo profundo de nuestro subconsciente conocemos perfectamente.  El ser humano es obstinadamente necio. Se encarga de archivar cuidadosamente cada dolor del alma en algún sitio del subconsciente, y cerrar la puerta con llaves y candados, no vaya a ser que se le ocurra salir y hacernos doler aún más. Es mejor no mirar ese dolor, es mejor hacer de cuenta que no está. Es mejor distraernos con lo que pasa afuera, nuestro abundante ruido cotidiano que nos ayuda rellenar el vacío que dejan nuestros dolores archivados. Y qué creen que pasa con esos dolores archivados..? No, no se esfuman ni se mueren como una flor que no recibe luz del sol. Por el contrario, echan raíces… y qué raíces!! Unas raíces enormes que se van desparramando, ocupando todo el lugar de esa habitación del subconsciente. Tanto que presionan esa puerta cerrada con llaves y candados. Pero tan tercos nosotros… no vamos a abrirla. No, todavía podemos aguantar un poco más. Entonces esas raíces que se alimentan del olvido empiezan a colarse por los poros de esas paredes, empiezan a hacer su propio ruido… lo reconocen? Es esa sensación que experimentamos cuando de repente estamos solos, por ejemplo, en medio de un bosque, donde el silencio se interrumpe sólo por el canto de algunos pájaros o el correr de algún arroyo… Esa sensación de que algo molesta, de que algo no está bien. Esa sensación de no saber quién soy ni qué quiero. Pero aún no vamos a decidirnos a escuchar…

Y así vamos por la vida cargando con un gran peso en nuestra alma, el peso del dolor hecho raíces, el peso de los candados, el peso del vacío.  No hay más que hacer, necesitamos un maestro.  Y el maestro aparece, a esta altura no lo podremos esquivar. Aparece cual espejo que nos devuelve nuestro reflejo. Y de repente todo es caos, reaccionamos, nos revelamos, no nos gusta este maestro. No nos gusta lo que saca a la superficie de nosotros mismos, pero no podemos evitarlo. Si no fuimos capaces de abrir esos candados, el maestro lo hará por nosotros. Y lamento decirles que la mayoría de las veces no tiene ninguna clase de tacto para hacerlo. Duele, molesta, sacude. Queremos deshacernos de él. Queremos deshacernos de lo que nos provoca. Pero allí está y no se va a ir hasta abrir esos candados, hasta que veamos las raíces que se desbordaron por estar tanto tiempo a oscuras, hasta hacernos responsables de todo lo que guardamos y enfrentarlo de una vez. Si no lo hacemos, no se irá. O probablemente otro con más fuerza lo suplante, o lo complemente.  Y entonces… tenemos que resignarnos a sufrir?

Para nada. El plan es hacernos libres de ese dolor que por no verlo ha echado raíces y ha llamado al maestro. En realidad, si lo logramos, siempre salimos ganando. Quedamos más livianos, con espacio dentro para nuevos aprendizajes. Quedamos mucho más sabios. De repente, nos conocemos mejor. De repente sabemos qué queremos, o empieza tenuemente a dibujarse un nuevo camino. Quizás el ruido de afuera ya no nos interesa tanto, porque no lo necesitamos para llenar nada. Ya no tememos mirar hacia adentro, porque lo hemos visto todo, porque nos hicimos conscientes de nuestras oscuridades. Nos volvimos fuertes, valientes, no tenemos miedo de abrir otros candados. Entonces ya no necesitamos al maestro, y así como apareció, como por arte de magia, así también desaparece. Se va por ahí a abrir otros candados, o si se queda ya no molesta ni sacude porque no tiene nada más que reflejar, o si le llevó su vida enseñarnos entonces se sienta en alguna estrella brillante a esperar que nos demos cuenta que ya no lo necesitamos más.  

Son muy sabios los maestros, aunque generalmente no lo saben, y esa sabiduría la mayoría de las veces no les sirve para abrir sus propios candados. Ellos también necesitan sus propios maestros. Pero no hay problema, porque en el universo abundan, y nadie se va de esta vida sin haber conocido al menos un gran maestro. Habitualmente nos cruzamos a menudo con algunos de ellos. Diría que todos los días, y toda la vida. Unos enseñan esto, otros enseñan aquello.  Unos son más despiadados que otros. Otros son adorables. Si miran a su alrededor verán alguno seguramente, y lo reconocerán porque dentro suyo resonarán las cadenas que quieren romperse, algo se sacudirá y hará ruido, los perturbará, los hará reaccionar, les hará doler, les hará cuestionar y cuestionarse, los hará mirar hacia adentro. Y allí comienza su odisea… van a mirar hacia adentro?

Dedicado a mi padre, mi gran maestro…

Anna Aguilar

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