Cuestiones

Lo que deseas

El mundo se ha detenido en un suspiro, mientras decides de qué manera vas a hacerlo. Nadie sabe la razón, pero el mundo se ha tomado una pausa para esperarte. Estás allí, intentando reconciliarte con la voz dormida que se despereza, que comienza en un susurro sugerente. Y ese susurro, para tu sorpresa, combina con el ritmo de tus latidos en perfecta armonía. De pronto las piezas del rompecabezas empiezan a encajar y un frondoso camino se abre ante tus ojos, y sabes que es por allí. Además, sabes que quieres ir por allí. Un indiscutible impulso les ordena a tus pies caminar hacia el sendero, aunque por el momento te obligas todavía a refrenarte en nombre de la lógica. Probablemente hacía tiempo que no escuchabas una voz así y que no te recorría el cuerpo un impulso semejante, así que es prudente que te tomes unos instantes para reconocer que provienen del centro mismo de tu ser. Estás tan acostumbrado a seguir otras voces… las del deber, las del orden, las del supuesto destino. Y cuando sentiste vibrar ese cosquilleo en tu interior te pareció tan extraño, tan desconocido, que te costó asimilar que era tu propia voz. Lo supiste cuando viste ese brillo en tus ojos al mirarte en el espejo. Cuando te sorprendiste sonriendo sin aparente razón y tu estómago experimentó las mareas que provoca la luna cuando se acerca a la Tierra. Cuando descubriste que, aunque tenías los pies en el suelo, estabas volando… Y cada escena de la vida allá afuera se fue haciendo más pequeña, cada sonido más lejano, a medida que esa voz te iba envolviendo los sentidos.

Puede sonarte a locura, pero de pronto te va gustando esa locura. Empiezas a pensar qué pasará en tus venas cuando des el primer paso. Tu atención ha virado de rumbo, ya no importa el deber, ni el orden, ni el supuesto destino. Estás aprendiendo a concentrarte en el vaivén de tu respiración, que te trae al momento presente. Te preguntas cuánto revolucionará este nuevo camino tus esquemas, aunque sonríes sabiendo que pronto tendrás la respuesta. No hay forma de que no emprendas ese viaje, hasta el viento te señala la dirección y las estrellas se alinean en una flecha certera.

Sólo hay un pequeño obstáculo… que de voraz a veces se alimenta de tus pensamientos erráticos: el miedo. Sí, esa voz también puedes escucharla. Y sentirla en la piel como el frío de sólidas cadenas que intentan detenerte. Es la voz que te devuelve a una realidad contradictoria, donde puedes palpar esos globos llenos de vacío en un espacio con el que nunca terminas de conectarte. Esa realidad que lejos está de hacerte feliz… pero qué fácil se impone a través de la costumbre y qué hábil es para desplazar tus sueños a un costado, para hacerte sentir dormido con los ojos abiertos y aletargado con mil asuntos de qué ocuparte. El miedo te apaga la respiración y la vuelve automática, hace que te olvides de la sangre que corre por tus venas. Los días junto al miedo pasan como una película en blanco y negro, llena de voces que no dicen mucho más que lo justo para disimular los silencios. Te das cuenta que viviste mucho tiempo de la mano del miedo, aunque el muy astuto haya pasado desapercibido. Es como un fuerte whisky que te adormece los sentidos para que apenas tengas conciencia de que tu vida está rodando. Y entonces, sólo cuando te enfrentas a tus verdaderos anhelos, el miedo revela su presencia… porque teme que se le escape el dominio de tu alma. Aparece como un monstruo de varias cabezas, las necesarias para intentar convencerte de que vas a equivocarte, de que vas a perder. Te abraza con la idea de que es preferible el confort a lo incierto y que nada bueno puede haber en aquello que amenaza sacudir tu corazón. El miedo, peligroso enemigo, desata sus ejércitos de ideas arraigadas y estructuras obsoletas sólo con el objetivo de demoler la voz de tu ser que te llama.

No es bueno subestimar al miedo, piensas, tiene sus razones. Por eso le das la chance de que hable antes de que te embarques. Lo escuchas, mides sus argumentos. Le permites desplegar ese amargo veneno que atenta contra las cosquillas en tu estómago. Aceptas que te apague un poco, que te maree con la idea de quedarte en este sitio. Y miras delante tuyo ese camino frondoso que quieres seguir, y te imaginas renunciando a él. No, no es lo que deseas. Sabes que si obedeces al miedo llegará el otoño al sendero y las hojas secas lo cubrirán, y entonces habrás perdido. Sabes que nunca podrás callar esa voz de tu ser que te preguntará cada mañana «¿y si hubieras partido?». Puedes sentir el eco lejano de los sueños al desvanecerse, y ver tus manos llenas de tanto pero a la vez de tan poco que te haga feliz. Y te preguntas… «¿he llegado hasta aquí sólo para volver? ¿he visto lo que me hace feliz sólo para saber que nunca lo tendré?».

Fuente de la Imagen: Pixabay.

Te ríes en voz alta, claro que no es así. Estás vivo, y mientras lo estés siempre podrás decidir. Estás vivo, y mientras lo estés… siempre serás libre, aunque un terco monstruo de varias cabezas alegue lo contrario. Nadie más es dueño de tus pasos ni lo será jamás mientras respires. Qué importa si el camino es incierto, si es más cierto que lo que sientes donde estás ahora. Qué importa si terminas perdiendo, si pierdes más por renunciar, y al menos le habrás ganado a la costumbre y al silencio, y te habrás hecho del inmenso botín que sólo se gana estando de acuerdo con uno mismo. Qué importan los ecos de una zona de confort, cuando tu sangre canta mientras fluye por tus venas y es más dulce su alboroto que el veneno del miedo.

El mundo se ha tomado una pausa para esperarte, y disfrutas ese momento. El instante previo a dar el paso, como una de esas brisas que anteceden las tormentas de verano. Te deleita el sabor de lo que viene, te hace sonreír imaginar lo inesperado. El mundo se detuvo en un suspiro, el camino se abre ante tus ojos… y yo te espero del otro lado.

 

Anna Aguilar

 

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