Cuestiones

La voz de mi niña interior

Caray, a veces me olvido de ella. Nos sentamos una frente a la otra en la orilla de algún río, y un silencio cargado de sentido nos une los corazones. Ella es mi niña interior, presente en mí desde que dejé de ser niña, aunque no hace mucho tiempo haya descubierto su existencia. Es bella e inocente. A pesar de mis años y experiencias, ha sabido cultivar la magia del asombro y no ha perdido la costumbre de montar en estrellas fugaces en busca de sus sueños. He prometido cuidarla desde que me reencontré con ella, pero lo cierto es que suelo perder el norte y en medio de ese desorden la arrastro en mis frustraciones. La observo cabizbaja, jugando con un palillo a enrollar las hierbas rebeldes y resoplando para apartar algún mechón de pelo que cae sobre su nariz. El tiempo pasa sumergido en ese silencio, y con paciencia y ternura espero que ella desee hablar.

— Me siento herida… — susurra. Y no es para menos. He dejado que la hieran desde el momento en que olvidé su presencia.

Cómo explicarle que es una jungla aquí afuera, y que no es la primera vez ni será la última que el alma trastabille. Es muy complejo esto de aventurarse al mundo, de animarse a salir de la cueva y explorar la vida. Podemos un día encontrar bellos paraísos, y otro caer en las trampas de las expectativas. La jungla, a veces, no es nada amable. Está llena de verdes senderos, pero a la vuelta de la esquina es probable toparnos con agujeros negros. Abundan las aves cantoras y los lobos feroces. Y puede pasar que creamos haber hallado un oasis y no sea más que un espejismo. Ni qué hablar de las almas que cruzamos en el viaje… cada una con sus historias y sus miedos, con su propio estilo para explorar la vida, con su propia jungla a cuestas. Claro que podemos resultar heridas, es el riesgo que asumimos cuando aceptamos soñar, amar, volar, ser. Es el precio de arrojarnos al abismo de la incertidumbre, que puede esperarnos con el más suave colchón de flores o con las más duras rocas de decepción. O tal vez, sólo es que ese abismo continúa un poco más, y aún no sabemos dónde vamos a caer, y nos preguntamos si hicimos bien en saltar. Como sea, y mientras estemos vivas, siempre es un inmenso tesoro la lección que aprendemos por arriesgarnos a salir de la cueva.

— No es ese el problema… — vuelve a susurrar. Ella domina el arte de escuchar mis pensamientos y siento que realmente somos una.

Lo sé, me doy cuenta cuál es el problema. Te solté la mano un instante. Olvidé amarte y abrazarte como había prometido. Olvidé cómo ayudarte a levantarte luego de haber tropezado y cómo soplar tus heridas. Dejé que las flechas de los cazadores inexpertos se adentraran en tu corazón, y tardé en percibir cuánto te estaba doliendo. Sé que volviste a sentirte insegura, perdida, olvidada. Que creíste una vez más que eras invisible, que tu dolor no importaba. Entonces los agujeros negros se te hicieron demasiado infinitos y te sentiste naufragar en la penumbra. Y saltar al abismo perdió su aventura y sufriste. Ya no le encontraste encanto a la jungla. Desconfiaste de las aves cantoras y los senderos verdes, comenzaste a dudar del viajero con el que te cruzaste. Regresó el miedo, sediento de sueños de los que alimentarse, y la incertidumbre ahora sabe amarga y hasta amenazante. Todo esto ocurrió porque te solté la mano un instante. Todo esto que sientes es lo que siento yo. Y tú, mi niña interior, has venido a mostrármelo. Yo estoy tan herida como tú por haberte olvidado.

— Y ahora, ¿qué haremos? — pregunta con los ojos bien abiertos, expectante. Ella espera un plan de acción. Ella confía en mí. Suspiro tomando sus pequeñas manos entre las mías, y mi amor propio comienza a despertarse.

Ahora soplaremos esta herida. Ahora mantendremos nuestras manos unidas para no olvidarte, y nos daremos el tiempo de recuperar el aliento. Respiraremos profundo para recordar que estamos vivas y apreciaremos el canto de los grillos que nos regala el universo. Aceptaremos lo que el abismo nos depare, y seguiremos camino en esta jungla, confiando en encontrar nuevos oasis. Ya no le daremos de comer nuestros sueños al miedo, aunque lo dejaremos apenas despabilado para que nos avise de algún peligro. Recuperaremos el entusiasmo perdido, como ya lo hemos hecho antes. Nos volveremos poderosas como aquella otra vez. No prometo no resultar heridas nuevamente, porque es el riesgo inherente a lo incierto de la jungla y porque a ninguna de las dos nos conforma quedarnos escondidas en la cueva. Tampoco puedo prometer aterrizar siempre en un colchón de flores. Pero sé que si nos hieren dolerá menos y si la decepción nos golpea nos pondremos de pie más rápidamente. Porque ya no quiero soltarte más la mano. Porque quiero escucharte pronto cuando algo te lastima y así evitar que las espinas se adentren en tu alma, que es la mía. Porque nos quiero fuertes e invencibles, libres y guerreras, aventureras y soñadoras, y con el paracaídas listo por si nos toca caer una vez más. Porque somos una, y si te amo y te cuido me estaré amando y cuidando a mí misma…

Fuente de la Imagen: Pixabay.

El cantar algo estruendoso de cierto grillo se va colando en mi sueño y me despierta. Siento en mis mejillas la tirantez de las lágrimas ya secas, derramadas antes de rendirme y quedarme dormida. Al otro lado de mi cama matrimonial, como si también hubieran tomado una siesta, yacen los papeles del divorcio esperando mi respuesta. Los observo mientras un nudo reaparece en mi pecho, y recuerdo que debo tomar una decisión. Renunciar o reafirmar. Insistir o desistir. Resistir o aceptar. Afuera suena algo parecido a una risa, y curiosa me acerco a mi ventana. Es una niña que juega con un globo, aventándolo hacia el cielo y corriendo a atraparlo. Sonrío cuando estalla en carcajadas al escapársele el globo de las manos. Y sonrío porque sé que haré lo mejor para mí misma, que pase lo que pase no he perdido, que aún puedo seguir jugando.

 

 

 

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