Tristeza
Cuestiones

La tristeza en mi mochila

Como buena practicante de la autosuficiencia que soy, he intentado ocultar la tristeza. He intentado ocultarla incluso de mí misma. Me prendí de cuanta estrella fugaz me distrajera aunque fuera por un momento: alguien que me hiciera reír, una buena película de acción (o toda una saga), un libro de coaching, un rico menú para la cena. Pero, como todas las estrellas fugaces, esos momentos pasaron ante mis ojos con un principio y un final muy acelerados, y entre estrella y estrella me he encontrado buscando mi próxima excusa para no sentir la tristeza. Puede ser que haya querido deshacerme de ella sin mirarla a los ojos. Puede ser que haya caminado todos estos días con ella a cuestas en mi mochila, como si fuera una gran piedra aplastando silenciosamente mis vértebras, y que haya planeado arrojar esa mochila sin siquiera abrirla. He estado tan ocupada en exigirme no sentir el peso de la tristeza y en intentar que por arte de magia desaparezca de un instante a otro, que no me di cuenta que eso prolongaba aún más la agonía. Escaparme de ella no me ha dado buen resultado, pues siempre la tristeza reaparece como lo hace un corcho rebelde en el agua.

Entonces, intenté arreglar el pasado. Pensé en aquello que podría haber hecho diferente, y viajé apurada a ese instante antiguo a corregir mi error. Sí, las cosas hoy hubieran sido diferentes también. Pero resulta que el pasado ya pasó. Resulta que los hechos no se pueden cambiar. Y a los fines de aliviar el peso de mi mochila, ensayar mil escenarios posibles para algo que no puedo cambiar no me fue de gran ayuda. Al contrario, más se clavaba la estaca de la tristeza en mi pecho, arrojándome en la cara una realidad que no me gusta y que es inmune a los trucos de la mente cuando la ataca desde el ayer.

Otro modo de evadirme de esta emoción tan envolvente fue el intentar arreglar aquello que funciona mal en mí. Algo debe estar fallando para que hoy yo esté así. Cómo es posible que después de tantos años y de tantas experiencias, aún no sepa cómo maniobrar mi volante ante estas curvas tramposas de la vida. Así que extraje del bolsillo la lupa y examiné una a una mis partes de ser humana, esperanzada en encontrar aquello que aún como mala alumna sigo haciendo mal. Quizás encontrar el tornillo suelto o el engranaje atascado aliviaría la opresión en mi corazón y me salvaría del temido encuentro con la tristeza. Pero la noticia fue que no apareció ninguna avería nueva que yo no conociera ya, nada que me explique la razón del por qué me siento de este modo ni de por qué las cosas sucedieron así.

Y cuando se terminan los por qué, siempre es bueno tener a mano los para qué. ¿Para qué ha sucedido esto en mi vida? «Bien», me dije, «todo es aprendizaje, quizás debo aprender algo nuevo de esto». Pero, ¿qué? Y he aquí una de las desorientaciones más importantes que he experimentado en mi vida. Me encontré mirando a mi alrededor, intentando hallar eso que debo aprender y que aún no desarrollé en mí, procurando develar la gran enseñanza que me tenía el Universo preparada detrás de tan antipática experiencia. Me encontré esforzándome por comprender el sentido de lo vivido, recordando que somos almas en evolución que requieren de lecciones para continuar su camino, mientras respondía con un shhhh a esa parte de mí que hacía berrinche y protestaba «¿aún más hay que aprender?». Y sólo obtuve por respuesta el canto de los grillos. Ni el Universo habló, ni yo develé alguna enseñanza. Y, para colmo de males, esa parte de mí que hacía berrinche declaraba que ya no estaba interesada en aprender más nada.

Fuente de la imagen: Pixabay.

Caray, estaba a punto de asumirme derrotada cuando escuché esa voz que viene de algún recóndito espacio dentro de mí. Sucedió cuando estaba tomando el té, impregnándome del calor de las leñas para entibiar el frío que congelaba mis posibilidades, y antes de darme oportunidad de reprimirla soltó: «¿y si sólo aceptas que estás triste?». Fue como un permiso divino para llorar. Fue como encontrar la pieza perdida del rompecabezas y encajarla en su lugar. ¿Por qué seguir buscando los por qué? ¿Para qué seguir inventando los para qué? ¿Qué sentido tenía encontrarle algún sentido a algo que ya sucedió y no puedo cambiar, o intentar descifrar el mensaje secreto del Universo, si no era capaz primero de aceptar lo que estaba sintiendo? Quizás todas las respuestas llovieran después, cuando dejara de confundir mi mente con tantas preguntas. Incógnitas que le daban vueltas al asunto, esquivando la pregunta base de la pirámide: «¿qué estoy sintiendo?«. Preguntas que me indultaban de mirar de frente esa tristeza y habitarla, de reconocerme en ella, de dejar a un lado la resistencia y darme el permiso de sentirla.

Así es como esta tarde he preparado dos tazas de té, una frente a la otra. Finalmente, le he abierto la puerta a la tristeza, he aceptado mirarla a los ojos. Nunca he sido su amiga y siempre me pareció inteligente no cederle demasiado territorio en mi vida. Pero hoy es, ante las evidencias, mi única puerta de salida. Es, tal vez, la única posibilidad de que fluya por sí misma hacia alguna parte, ya que ninguno de mis ardides ha funcionado. Ni momentos fugaces, ni enseñanzas ni aprendizajes, ni identificar fallas de fábrica en mi humanidad… nada hará que pueda evitar este encuentro con mi tristeza. Simplemente… me siento triste. Y aunque quizás he tardado algo en aceptarlo, siempre es un buen momento para abrir la mochila y mirar la piedra que hay dentro. Hoy no importa cómo esa piedra llegó allí, y tampoco es necesario pensar cómo voy a deshacerme de ella. Ya no importa develar por qué no puedo hundir este corcho rebelde en el mar. Hoy toca sentarme a tomar el té con mi tristeza, dejarla ser… y escuchar al fin qué tiene para decir.

Y tú, cuéntame… ¿qué haces con tu tristeza? ¿La dejas agazapada en tu mochila… o te sientas a tomar el té con ella?

 

 

 

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