Cuestiones

La Inexorable Ley del Espejo

Los espejos
Fuente de la Imagen: Pixabay.

En algún sitio he leído o escuchado que así como necesitamos indefectiblemente un espejo para observar nuestro rostro, así también nuestras almas precisan muchas veces algo, o alguien, que cumpla la función de reflejar aquello que no podemos ver por nosotros mismos. Nada más acertado que esta analogía. No quiere decir esto que no seamos capaces de conocernos por nosotros mismos, ni que tengamos menos desarrolladas las habilidades de percepción o la propia sensibilidad… claro que no. Esta cuestión es inherente al ser humano, y a las relaciones humanas. Tus ojos necesitarán un espejo para saber de tus labios, de tu nariz, de tu mirada, de la forma en que se frunce tu ceño cuando estás enojado o el color que toman tus mejillas cuando estás enamorado. Y tu alma necesitará un espejo para saber… para saber qué? Aquí vienen las grandes verdades. Por ejemplo, de dónde vienen tus miedos. Por ejemplo, qué es ese vacío que tantas veces has sentido. Por ejemplo, de qué estás escapando cuando te llenás de excusas, y por qué. Y muchas otras grandes verdades. Verdades incómodas, molestas, dolorosas. Que por incómodas las mandamos a dormir a un rincón y las sentenciamos con silencio para que no nos alboroten. Por molestas las esquivamos, o las disfrazamos de conflicto, o las pintamos de alguna culpa ajena. Y por dolorosas las ignoramos, porque sí… algunas duelen demasiado.

Pero te tengo una noticia que seguramente ya puedas deducir. Así como tu rostro no desaparece porque no puedas contemplarlo, tampoco desaparecen esas verdades. Tu rostro te permite mirar, hablar, sonreír, llorar, suspirar, besar. Es un gran puente para relacionarte con los otros, y sin embargo no lo ves. Pues bien, tus verdades también son puentes que usa tu alma para relacionarse con otras, y tampoco las ves. ¿Cuántas veces te has relacionado desde el miedo, desde la culpa, desde el rencor, desde la dependencia, desde la soledad, desde la inseguridad? Tal vez muchas veces, pero lo más probable es que no te hayas percatado de eso. No lo hacemos, no vemos el telón de fondo, no asumimos el cuerpo del iceberg bajo la superficie. Vemos lo que pasa afuera y sentimos hasta donde las emociones hablan, antes de ponerles el control por encima. Y nos decidimos a ignorar deliberadamente esa verdad que pugna por ser vista. Y todo esto pasa a un nivel tan inconsciente, tan dormido, que de verdad no lo advertimos, y si tuviéramos una mínima pista del caos que ocurre dentro, del peso de nuestro iceberg, enseguida correríamos la vista de lugar.

Por suerte, existen los espejos. La naturaleza es sabia, creó los cristales para reflejar rostros, y también los cristales para reflejar almas. Te estarás preguntando cuáles son los espejos del alma. Diría con certeza que casi todo! Las personas que te rodean son tu espejo… tu pareja, tus hijos, tus padres, tus amigos, tu jefe. Tu casa es tu espejo. Tu trabajo es tu espejo. Tu cuerpo es tu espejo. Todos ellos dicen algo de vos. Claro, algo que no has podido saber por vos mismo. Todos son reflejos de una parte de tu ser que se encuentra fuera del alcance de tus ojos. No importa lo que hagan o como sean, todos te devuelven un reflejo que es tuyo y sólo tuyo: una imagen, una sensación, una emoción, una reacción. Eso que sentís cada vez que te relacionás con ellos. Eso que creés que te hacen sentir, pero que ya existe dentro tuyo desde hace un tiempo, esperando que lo descubras. Y esa es tu pista para descubrirte. Es la punta del ovillo para comenzar a desenredar.

Un error que cometemos habitualmente es echarle la culpa al espejo. Lo hacemos a veces por inercia, a veces como mecanismo de defensa. Tenemos que comprender que nuestra mente va a rehuir a las verdades incómodas, molestas y dolorosas, y es muy hábil al momento de hacerlo. Y entonces olvidamos la punta del ovillo. Dejamos pasar la valiosa pista. Y toda la cuestión se centra en lo imperfecto de ese espejo, que nos devuelve algo que no nos gusta. Ese espejo que funciona mal, que nos hace enojar. Ese espejo que no nos da lo que esperábamos y nos hunde en la decepción. Ese espejo que nos hace temer hasta conocer los umbrales del pánico. O que nos hace sentir abandonados, o solitarios, o frustrados. El problema está en el espejo, nos dice una mente orgullosa de poder tapar con quimeras las entradas a un alma confundida.

Pero hay una cuestión ineludible, y es que si no tiramos de la punta de ese ovillo, si ignoramos la pista, los espejos persisten, fieles a su función de reflejar nuestros tesoros escondidos. Se repiten, se multiplican, se intensifican. Y ahí estarán todas esas sensaciones y emociones otra vez, como si fueran anclajes a nuestro ser que nos estancan y nos detienen, como si fueran cadenas que nos postergan o fantasmas que nos persiguen. Siempre reflejando lo que no queremos y no podemos ver, hasta que queramos y podamos. Los espejos son muchas veces maestros, porque todo el tiempo nos ofrecen aprender, no de ellos, sino de nosotros mismos.

Reflejos del corazón
Fuente de la Imagen: Pixabay

He buscado la forma de aprender de los espejos, por la simple razón de no querer que se repitan, y por la compleja razón de investigarme a mí misma, saber quién soy, qué deseo, adónde voy. Y cada vez que me encuentro frente a uno de estos cristales y puedo escuchar que algo dentro mío protesta, he aprendido a preguntarme: «¿qué refleja este espejo de mí misma?»… «¿qué me está diciendo sobre mí?». Sí, el espejo es tortuoso, es cruel, es amenazante, es decepcionante, o es frío, pero de pronto eso ya no interesa tanto. Hay algo más trascendente, yo me estoy reflejando en él! Algo en mí reacciona frente a él. Debo reconocer que no es agradable asumirlo, pero es fascinante descubrirlo, porque si lo logro puedo darme la oportunidad de escucharme y de cambiar el rumbo. Quizás pueda corregir las velas de mi barco y encontrarme navegando una ruta que me devuelva paz conmigo misma. Si logro correr mi enfoque del espejo en sí, y zambullirme en todo lo que contemplo de mí en él, estaré abriendo las puertas de la alquimia, descifrando mis códigos guardados, alumbrando mis rincones perdidos. Podré conocer mis verdades y ser libre de su peso sepultado. Y si soy libre, podré navegar donde mi alma lo desee, sin anclajes ni cadenas ni fantasmas que me detengan.

He aprendido a elegir la punta del ovillo. Aunque duela, aunque moleste, aunque mi ego se queje y mi mente se ponga a inventar mil excusas tan eficientemente. Decido no ser rehén de mis verdades. Decido hacerme dueña de lo que hay dentro mío. Sólo con ciertos espejos podría lograrlo… ¿cómo contemplarme, si no, donde mis ojos no llegan? Y es tan maravilloso. Es como oír el sonido de un candado que se abre, como la imagen de una puerta que se despliega de par en par. Y de pronto aquello mismo que nos hacía esclavos, ahora nos hace libres. Ahora somos dueños, podemos observarlo, podemos transformarlo, podemos reescribirlo.

Hoy te invito a que decidas lo mismo. A que encuentres tus espejos. A que te olvides por un momento de cómo son y lo que hacen, y te detengas a observarte en ellos. Te invito a que te contemples y te escuches en el reflejo tuyo que emana de ellos. Te invito a descubrirte. Te invito a que tires de la punta de tu ovillo.

 

Anna Aguilar

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