La humanidad en cuarentena

En la vida a veces se confunde lo que es un enemigo con lo que puede ser un poderoso maestro. O tal vez los enemigos resultan ser, a la luz del diario del lunes, esos maestros que en cierto modo nos transforman. Y es que cuando miramos hacia atrás podemos darnos cuenta que no somos los mismos de antes, que algo ha cambiado después de toparnos con ellos en el camino. Solemos aprender algo muy valioso con su paso por nuestra historia. Hoy a todos nos une un enemigo en común, un minúsculo e invisible villano: un virus. Es tan poderoso que la sola amenaza de su presencia nos desata una mezcla de temor y paranoia para nada saludable, que nos intoxica incluso sin haber enfermado. Es tan poderoso que obliga a grandes masas a recluirse en cuarentena, miles y miles encerrados y con la frente apoyada en sus ventanas, observando cómo la naturaleza se deshace a su ritmo de la contaminación humana. Pero, si prestamos atención, descubriremos otro enorme poder de este pequeño gran adversario: su capacidad de enfrentarnos con nosotros mismos.

Sandra, por ejemplo, vive su cuarentena en soledad. No es novedad para ella no vivir con alguien más, pero sí lo es el sentirse sola. De pronto, tantas horas que se transforman en días de encierro vuelven el aire más espeso y comienza a notar esa incomodidad. Ya no sirven las voces del televisor para llenar los silencios. Ya no alcanza dormir para no oír los ruidos que hace el alma adentro. Y aunque no le gusta nada tener que asumirlo, en el fondo no es la mujer autosuficiente que había creído ser. Pero caray, qué molesto es aceptarlo. Sí, tal vez le gustaría disfrutar de una relación, o ser más abierta con sus amigas, o aprender a pedir ayuda. Quizás debiera salir de esa cuarentena en la que ha vivido siempre. Pero… ¿cómo se hace?

Agustín es padre de familia, pero es más abogado que padre de familia. Generalmente, y antes de esta pandemia, ve a sus niños los domingos y quizás los sábados un rato por la tarde, si es que no trajo algún expediente a casa para revisar. Hoy la cuarentena le ha regalado más tiempo libre, y en casa. Agustín se sorprende riendo con las ocurrencias del más pequeño y descubriendo cómo ha crecido su primogénito, que ya pisa la adolescencia. Aprende a inventar juegos y a dar consejos. Se anota en las guerras de almohadas. Vaya, había olvidado la magia de leer un cuento. Y entonces, al arropar a sus hijos por las noches, la sombra de la culpa lo invade: ¿cuánto de esto se había perdido? ¿cómo había dejado pasar tanto el tiempo?

Ramiro es un anciano muy sociable y risueño. Su pasatiempo: jugar a las cartas en el club. Su habilidad: hacer reír a los demás. Pero esta cuarentena lo encuentra algo apagado frente al espejo. Luego de varios días, aún no se ha afeitado. Suelta largos suspiros mientras se prepara a desgana alguna taza de café. Lo cierto es que no estar charlando con alguien le deja espacio para escuchar su voz interior. Y lo que le dice esta voz le estruja el corazón. No recordaba cuánto dolía aquella vieja herida, que por lo visto aún no sanó. Duele como el primer día, como ese primer día en que se propuso olvidar que dolía. Arrastrando sus pantuflas, Ramiro baja la persiana dejando a oscuras la habitación, se recuesta en su cama y, por primera vez en años, se echa a llorar. ¿No era que el tiempo lo curaba todo?

Nora pertenece al grupo de riesgo y está muy preocupada. Cumple estrictamente la cuarentena obligatoria y es su esposo quien se ocupa de hacer las compras. Ella prefiere no salir. Se siente muy segura refugiada en su pequeño departamento. Ni siquiera tiene ganas de tomar aire en el balcón, y esto no es porque no disfrute del aire libre, sino porque siente una fuerte necesidad de preservar su vida. ¿Miedo a la muerte? Sí… fue lo primero que pensó. Pero algo le hace hoy descartar esa idea cuando, luego de varios días de confinamiento, se dirige a su mesa de luz. Dentro del cajón hay un retrato volteado cara abajo. Nora lo toma entre sus manos y acaricia amorosamente el rostro de su hija en la foto, y pregunta en voz alta: ¿me dará la vida la oportunidad, después de tantos años, de que volvamos a hablar?

Paula es una joven estudiante de periodismo. Tiene tantos proyectos… Recibirse, viajar por el mundo investigando las diferentes culturas, crear su propia revista digital. Además le encanta bailar tango y espera con ansias las muestras coreográficas de cada año. Estos días a Paula la está asfixiando un poco su asma. Su inhalador la rescata de sentir que el aire es poco para tanta vida por delante, e intenta disfrazar el miedo de que un virus le robe todos sus sueños. Pero las noches la encuentran de pestañas abiertas, como si debiera estar alerta ante la invasión inminente de la misma pandemia en su dormitorio. Entonces cierra los ojos y deja correr el miedo que estremece su piel, y de a poco el aire alrededor empieza a fluir otra vez. ¿Será que, al final, no es tan buen negocio esconder los miedos, como hacía desde su niñez?

Fuente de la Imagen: Pixabay.

Queridas almas inquietas, no he conocido un virus que ataque tantos frentes al mismo tiempo. Incluso siendo un fantasma para muchos, se cuela por el lado más vulnerable, el más olvidado, el más postergado de cada unos de nosotros. Si prestamos atención, hay una emoción disparada por la situación que atravesamos, y esa emoción nos habla de nosotros mismos. Nos cuenta algo que no estábamos viendo, o que preferíamos no ver. Nos hace voltear la mirada hacia adentro para enterarnos de qué nos está pasando con esta pandemia. Nos invita a aprender sobre nuestro mundo interior. Y cada quien decida aceptar la invitación, hará su propio y auténtico aprendizaje, y se volverá un tanto más poderoso sobre su propia vida.

Fuera de lo grave de las consecuencias sanitarias y económicas de una emergencia de tal magnitud, quiero decirles que hay algo que me maravilla: miles de almas conociéndose a sí mismas, transformándose, aprendiendo… al mismo tiempo. Este villano invisible y poderoso, que es enemigo y maestro a la vez, ha elegido como alumna a toda la humanidad. ¿Aceptará la humanidad la invitación a transformarse?

 

 

 

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