Niño triste
Cuentos Cortos

La carta

El niño abrió los ojos a las ocho en punto. Ya no saltó de la cama como días antes, sino que a desgana corrió las sábanas, se sentó y posó sus pies descalzos sobre el frío del piso. Frente a sí, colgado de la pared, un espejo le devolvía su reflejo. Ahí se vio, el pelo revuelto y los ojos castaños hinchados aún de sueño, o de tristeza. Día quince. Suspiró. Resopló. Sabía que haría el recorrido en vano, pues ella no estaría allí, como los catorce días anteriores. Abandonó la imagen del espejo para dirigir la mirada hacia la puerta de la habitación. Allá vamos, se dijo. Arrastrando una decepción anticipada, se encaminó hacia la cocina. Efectivamente, estaba vacía. Las cortinas aún cerradas mantenían el espacio en penumbras. Los platos limpios de la noche anterior sobre la mesada, intactos. Ninguna taza humeando leche sobre la mesa. Su padre y su hermana aún dormían. Se estaba acostumbrando al ruidito que nace del corazón al romperse. Asomó su ceñida frente a la ventana, espiando por detrás de las cortinas, como si ella fuera a aparecer mágicamente. Otro suspiro nació y murió, y el niño asumió que este día número quince no sería diferente a los anteriores. Atrás quedó la ventana, y fue en busca de un vaso de leche… la tomaría fría. Dejó caer su pequeña humanidad sobre una de las sillas. Sobre la mesa había un cuaderno y algunos bolígrafos, los miró por sobre el vaso de leche mientras bebía. Y entonces, decidió intentarlo. Limpió con su manga el bigote blanco sobre sus labios y, con un nudo interrumpiendo su garganta, comenzó a escribir:

«Mamá… no sé dónde estás, pero por si acaso algún día llegues a leerla, te escribo esta carta. Quiero decirte que me siento muy triste desde que te fuiste. Y tengo miedo si no estás. Todas las noches me quedo con los ojos bien abiertos esperando que llegues a darme tu beso en mi frente, y al final… al final me quedo dormido sin querer, y sin que me beses. Y sueño que regresaste, que me abrazás muy fuerte y me decís que no podrías estar lejos de mí. Yo me creo ese sueño, porque puedo sentir el olor de tu pelo al abrazarme a tu cuello. Porque tu voz es tan nítida como si fueses real. Pero al despertar, tu abrazo y tu olor se esfuman, y otra vez no estás. Sabés, mamá? Tengo miedo de olvidarme del olor de tu pelo y del color de tu voz.

Es insoportable extrañarte tanto. Me esfuerzo por escucharte una vez más llamándonos a cenar… pero la casa sólo me devuelve un eco vacío. Y no es lo mismo la comida que prepara papá. La tuya tenía un no sé qué… diferente. Mi mundo está tan distinto y apagado desde que te fuiste. De repente, estoy solo. Y tu mano dulce sobre mi rostro paseando una caricia es sólo parte de un recuerdo que se evapora lentamente. Cada día que pasa te aleja más de mí, y aún no comprendo por qué. Me pregunto si me extrañás tanto como yo a vos… sé que sí. Yo vi el amor en tus ojos tiernos, incluso cuando me reprendías. Sé que te duele estar lejos de mí, tanto como yo necesito el olor de tu pelo. Estarás pensando en mí? Porque yo no dejo de buscarte en cada rincón de este hogar, que quedó sin alma. Cada vez que hay tormenta te busco para refugiarme, cada vez que me duele la panza te busco para que me sanes. Necesito tu sermón cuando salgo desabrigado. Necesito contarte qué me gustaría ser cuando sea grande.

Madre
Fuente de la Imagen: Pixabay.

Te fuiste, y aún no comprendo por qué. No eras feliz conmigo? Puedo prometer lo que quieras, si aceptás regresar. Las mejores notas del colegio. Ayudarte a preparar la mesa. Ordenar mi habitación. Y esta vez no es como las otras veces, que se me olvidaba cumplir. Hoy sé que no quiero volver a perderte. Voy a ser el mejor hijo del mundo y vas a estar orgullosa de mí. No dejo de mirar esa puerta, esperando el momento en que la abras, justo en esa fracción de segundo en que voy a saber que todavía tengo tu amor.

Y si hiciste algo malo, mamá, no importa. Puedo perdonarte si estás a mi lado. Lo podemos resolver. Sólo pasaron quince días. Quién no se ha portado mal alguna vez. Y es que las cosas no siempre salen tan bien como esperábamos. Yo puedo perdonarte lo que sea, y prometo no enojarme por estos días de ausencia. Mamá, sólo quiero que me abraces y verte aquí en la mañana al despertar, y saber que nunca más volverás a dejarme. Pero no te demores, porque no sé si podría perdonarte si pasaran quince años. Cada día sin vos ya es un agujero negro en mi calendario, sería un desastre que transcurrieran los años. Eso me haría enojar, porque sería imposible recordar tu voz y tu olor a través de tan largo tiempo… y el terror de que me hayas olvidado me haría doler más el corazón. Eso no va a pasar. Sé que hoy o mañana estarás aquí para darme el beso de las buenas noches, o dos, hasta que saldes tu deuda por cada noche que no estuviste…»

Otra vez el niño abrió los ojos a las ocho en punto. Otra vez se sentó en la cama y apoyó sus pies sobre el suelo, otra vez frío, como aquella mañana de la carta. Y otra vez se miró al espejo que tenía enfrente, pero algo había cambiado. El espejo le devolvió la imagen de un hombre. También tenía el cabello revuelto, aunque en los ojos castaños ya no había tristeza. Estaban tan fríos como el piso de su habitación. Se dirigió al baño, lavó su rostro, cepilló sus dientes. En la cocina se sirvió un vaso de leche fría. Sobre la mesa no había ni cuaderno ni bolígrafo, pero eso no le preocupó… hacía tiempo que ya no le interesaba escribir ninguna carta. Suspirando como si le pesara el aire, se vistió y tomó las llaves de su auto. Antes de salir revisó su teléfono móvil y respondió un mensaje, con la mirada vacía de expresión. «Llego en quince minutos», tipeó. Iba a encontrarse con su madre, quince años después.

 

Dedicado al niño interior de mi amigo, que es amigo de mi niña interior.

 

Anna Aguilar

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