De noche
Anécdotas

Insomnio

Hay algo en la noche que es capaz de desvelarme. La oscuridad y el silencio son puertas seductoras que se abren como si ofrecieran algo más para ver y para oír. Como si de noche pudiéramos observar algo que en la luz y el ruido de las horas del día se nos pasara inadvertido. Entonces mi mente se queda prendida de ese silencio, sólo interrumpido por el concierto de algunos grillos.

A veces el insomnio tiene nombre y apellido. Otras veces parece una de esas calesitas que giran y giran paseando pensamientos, como si una fuera a sacar de pronto la sortija reveladora de la solución mágica. Hay insomnios que invitan a los fantasmas a encontrarse con nosotros, en un intento fallido de resolver algo pendiente. Lo cierto es que nada de eso ocurre. El dueño del nombre y apellido no aparece, no ganamos ninguna solución mágica ni se puede resolver nada con ningún fantasma intruso. Pero lo intentamos, tercas almas que no podemos cerrar los ojos.

Prefiero usar mi insomnio de otra manera. De pronto, ese algo que deseo escuchar no está en la noche, sino en mi propio silencio. Y la noche me invita a hablar, a hablarme. Sí, quizás en la noche puedo escucharme, porque ella no me da distracciones. Las estrellas no son distracciones, no lo es la suave brisa que entra por la ventana ni el tic tac del reloj contando perezoso los segundos. La distracción es mi resistencia, porque no deseo dejar que fluyan ciertas cosas… Pero es una buena ocasión para rendirme, sólo por esta noche, y mañana podré volverme a poner el traje de autosuficiente. Porque a estas horas de la madrugada las ropas pesan, y es preciso desnudar el alma, hacerla liviana, dejar que corra como el río sin luchar contra la corriente. De lo contrario… no podré dormir.

Debo mirar algo que hace ruido dentro. Creo que sé de qué se trata. Se desprendieron algunas ilusiones del techo, y me miran desde el suelo. No se han muerto, porque están hechas del mismo azúcar que los terrones para el café… por más que los desgranes, siguen siendo azúcar que se desliza por tus dedos. Las observo, pero honestamente no sé qué hacer con ellas. Es como si todo lo que pudiéramos hacer fuera compartir el mismo espacio. Sólo puedo mirarlas porque la inercia me invade. No quiero levantarlas, y no puedo echarlas de la habitación. Tampoco las había invitado, ni las había buscado, y juro que no tuve intención de alimentarlas. Fueron como esa hierba que crece sola en las praderas, a las que les alcanza el sol y algún chaparrón para hacerse lugar en el mundo. Pero sí, debo mirarlas, aunque temo mirarlas porque si lo hago pueden embrujarme, y nadie quiere ser presa de un hechizo semejante. Los hechizos te hacen perder el control, y se hace difícil encontrar un equilibrio entre su magnetismo y tu autodeterminación.

Sí, debo saber de su presencia, no puedo hacer de cuenta que no están, porque su aroma llega hasta el aire que respiro, y es como si entraran a mis pulmones para intentar endulzar la sangre de mis venas. Creo que es un instante en el que no puedo hacer mucho. Sólo esperar… a que terminen de morir, o quién sabe, tal vez encuentren una raíz a la que aferrarse. Pero es una trampa, es lo que ellas quieren hacerme creer. Nunca se sabe con las ilusiones, suelen ser mentirosas. Por eso debo ser prudente en cómo tratarlas. Si soy prudente, probablemente desistan. Si no me dejo embrujar por la dulzura de su azúcar ni por su aroma a fragante verano, puedo mantener el control. Por algo están desparramadas en el piso de la habitación, y ese no es lugar para las ilusiones… debo recordarlo.

Insomnio
Fuente de la Imagen: Pixabay.

La noche mueve las cortinas de mi ventana. Las copas de los árboles se hamacan al compás del duende que pasea por el cielo nocturno. Él es el responsable de que se enciendan y apaguen las estrellas. Él hace que pueda ver el panorama dentro de mi habitación. Tiene ese don de hacerme callar para escuchar, y transformar en música mi propia voz. Y aparece entre las sombras, y me observa en mi batalla silenciosa con esas hierbas rebeldes que aún no se deciden a morir. Me sonríe y me transporta a un lugar que no tengo idea si existe en el mapa. De pronto soy tan liviana, que creo que puedo flotar. Siento que ese duende me conoce, porque sabe cómo me gusta bailar… y con un solo chasquido de sus dedos enciende una canción que envuelve la noche desvelada. Y lo observo danzar, perfecto como encaja la luna sobre las luces de la ciudad. Y me doy cuenta que no hay horizontes, porque la noche los ha borrado, o el duende tal vez. Es todo de un sabor tan embriagador, que una duda pone en pausa la situación… Podría estar el duende en complot con las ilusiones intrusas de mi habitación?

Vuelvo a mi cama y desde allí las observo, porque allí siguen. Tuve que dejar ir al duende, porque me confunde. Quién sabe si mañana al oscurecer volverá a colarse por mi ventana. Quién sabe si vendrá a recoger el desastre que quedó a los pies de mi cama. O si cuando el silencio me invite otra vez, pueda comprobar que el desastre terminó por evaporarse. Quizás ya no haya nada en el suelo, ni en el techo, ni en el resto de la habitación, ni en mi ventana. Y todo haya sido producto de un tonto espejismo que sólo me ha robado unas cuantas horas de sueño. Es probable que mañana a esta misma hora no tenga insomnio.

Lo cierto es que en esta noche de perezosos segundos no puedo hacer más que observar hasta que el sueño me venza. Observar me da el poder de saber con quiénes comparto mi velada: frente a mí, las ilusiones descolgadas… y merodeando mi ventana, un travieso duende seductor que cree que puede jugar con mi insomnio. Creo que desde alguna esquina de mi barrio aún suena la canción que encendió. Un placer conocerlos, compañeros de trasnoche.

 

Anna Aguilar

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