Imposible
Cuentos Cortos

Imposible

Condujo su coche comandado sólo por la idea de verla. Era un impulso que lo invadía bastante seguido últimamente, y por eso la ruta que lo llevaba a su oficina sufría algunos desvíos obligatorios y frecuentes. No siempre tenía suerte, a decir verdad… pocas veces la encontraba en el camino. Pero lejos de ser ése un motivo para desistir, más le ahondaba en el pecho el deseo de cruzarla. Pensó en aquella mañana de octubre en que la conoció. Tan hermosa y alborotada, ella parecía no haberse fijado en él. Pero él sí, la había observado tan profundamente en esos pocos minutos que había sido suficiente para despertar su interés. Bueno… sí, algo más que interés. Quizás esa ansiedad seducida por la certeza de que hay algo más.

Al doblar la esquina la silueta anhelada se dibujó ante sus ojos, y el corazón le dio un vuelco. Ahí estaba ella, caminando a paso firme, sobre tacos decididos. Eso le encantaba, su forma de caminar. Como si se hubiera apoderado del mundo, como si las calles fueran sus súbditos y el viento la secundara. Su pelo rubio se hamacaba sobre su espalda y un mechón rebelde le acariciaba la mejilla. Ese pelo que él deseaba que se perdiera entre sus dedos, mientras intentaba adivinar cómo sería el olor de su cuello. Ella no imaginaba la manía que él tenía de ver su foto cada noche en el teléfono móvil. Ni las veces que jugó con la idea de descubrir la textura de sus labios, presintiendo el sabor de un beso suyo, inventando la suavidad de su tacto. Tal vez ella nunca supiera el instinto que hacía nacer en él, esa especie de magnetismo en el que se te va la piel intentando resistir. Pero cómo resistir ir a su encuentro. Al menos tenía eso, y bastaba para engañar un poco las ansias.

Pasó despacio en el coche junto a su lado, y sus miradas se encontraron. Ella le sonrió, iluminando su día, y levantó tímidamente la mano para saludarlo. El sol dejó de brillar para que sólo ella lo hiciera. Y todas sus fibras se sacudieron en ese instante. Le correspondió con una radiante sonrisa, agitando su mano por fuera de la ventanilla. Cómo son contradictorios esos momentos… parecen transcurrir en cámara lenta pero se esfuman como estrellas fugaces. Así pasó él por su lado, y siguió camino, de pronto algo borracho por esos ojos dulces que lo habían mirado. La alegría le recorría el cuerpo como combustible fresco y por unos segundos se sintió extasiado. Entonces vio sobre el volante, en su dedo anular, la razón por la cual él no podía acercarse más y ella jamás lo dejaría hacerlo, y una oleada de desilusión le atravesó el corazón. Pero volvió a sonreír. La había visto. Y era tan bella como imposible.

Amor Imposible
Fuente de la Imagen: Pixabay.

Ella observó alejarse el coche, mientras intentaba ordenar las mariposas que revoloteaban en su estómago. Tenía que aprender a descolgar esa sonrisa boba que aparecía en su rostro cada vez que lo veía, pero se permitió por un momento sentirse flotar entre las nubes. Ah sí… podía percibir cómo las células de su cuerpo se complotaban para volverla liviana como una pluma. Si lo conociera un poco más, pensaría que estaba enamorada. Qué encantador arrebato le recorría la sangre cada vez que él se aparecía. El aire entraba suave a sus pulmones y acariciaba el hechizo que germinaba en su pecho, ese hechizo que echaba raíces con tan poco, amarrando sus cinco sentidos a una sola ilusión. Hacía tiempo que sabía que él era imposible, pero también parecía ser imposible apagar aquella chispa. O tal vez no quería hacerlo, porque había aprendido a deleitarse con el manjar de sensaciones que se desataban al sólo pensarlo. Como en esas noches desveladas en las que él poblaba sus insomnios, porque ya había colonizado de una manera rotunda su almohada y sus pensamientos.

Recordó esa mañana de octubre, cuando lo vio por primera vez. Cómo haber sabido que se haría dueño de sus suspiros aquel hombre que la escuchaba atentamente. Su porte y su cortesía serían las semillas de su encanto, que muy sutilmente había disparado hacia ella, y que habían dado en el blanco. Ella había tardado unos instantes en advertir el embrujo, y varios instantes más en asumirlo. Pero ya no había nada que hacer… cómo revelarse ante lo que es, cómo enfrentarse a un hechizo que tiene esencia propia y no se doblega frente a la distancia, ni a los silencios… ni a las puertas cerradas con candados. Sólo podía dejarlo ser. Se había rendido al latido melodioso de esos segundos en que coincidían. Había sido derrotada por el efecto devastadoramente tierno de su sonrisa al saludarla, que a su paso derribaba los argumentos de la razón, una entrometida que a veces se atrevía a reprenderla y a juzgarla.

Ya había perdido de vista el vehículo, y aún continuaba sonriendo, transportada por las mariposas de su estómago muy lejos de esa vereda por la que caminaba. Todo era bello a su alrededor, el sol casi otoñal, la calle casi desierta, el canto de ese pájaro que habitaba en la brisa. Todo era perfecto y embriagador. Sí, era imposible, pero aún así no dejó de sonreír.

Anna Aguilar

Deja un comentario