Cuentos Cortos

Hey, Príncipe Azul

«Estimado Príncipe Azul, para cuando leas esta nota ya no estaré aquí. He decidido abandonar la torre en la que, encerrada tantos años, te esperé sin que llegaras. Y, para ser sincera, no deseo que la mitad de mi vida transcurra aquí. Siendo niña mis padres me confinaron a estas cuatro paredes creyendo que era lo mejor para mí, y tal vez lo haya sido… no dudo de sus nobles intenciones. De otro modo siempre hubiera sido una tibia princesita que teme a todo en la vida, complaciente y servicial pero cobarde e infeliz. En cambio, aquí he aprendido mucho y me he forjado un carácter, pero sobre todo he fortalecido mi alma. Y aunque agradezco a mis padres por ello, ya es hora de salir de aquí. Lo siento, no habrá ninguna princesa esperándote cuando escales a lo alto de la torre.

Tranquilo, ya maté al dragón. No fue nada fácil, de esto sabrás mucho ya que eres un valiente guerrero. Pero… a que no sabes? Descubrí que yo también puedo serlo. No tenía espada alguna, así que tuve que idear una estrategia. Y recordé lo que cierta vez oí de una anciana en el pueblo, que los miedos son como dragones a los que hay que mirar de frente para vencerlos. En este caso era al revés, el dragón era como los miedos… pero apliqué la misma fórmula, y funcionó. Tuve que acercarme para mirarlo de frente, tuve que conocerlo, saber de qué estaba hecho. Jamás le dí la espalda, porque hubiera podido morir. Esto me llevó un tiempo, hasta que al fin pude tenderle una trampa: logré guiarlo hasta mi balcón y desde allí cayó al precipicio. Que por qué no voló? No seas ingenuo, los dragones no tienen alas.

Luego de vencer a la fiera, me tocó investigar el castillo. Sólo conocía esta torre, mi prisión desde niña. Estimado Príncipe Azul, te sorprenderías del laberinto que resultó ser esta enorme construcción. Nunca imaginé la cantidad de rincones oscuros y desconocidos. Me recordó al alma humana, que tan pocos se animan a recorrer. Me perdí muchas veces, pero también así aprendí a hallar la salida. Y por eso creo que hoy podría atravesar cualquier selva de esas que se encuentran allí afuera. Con dos piedras logré hacer fuego y luz, iluminando cada habitación a oscuras. Tomé de cada lugar explorado aquello que me servía: llaves para abrir candados, tenazas para romper cadenas y un candelabro para multiplicar la luz.  Con carbón dibujé un mapa del castillo en mi vestido inmaculado, tachando los caminos que por experiencia no me llevaban a ninguna parte, y resaltando el correcto a medida que lo iba descubriendo. También me llevó cierto tiempo, pero al fin sabía por dónde ir.

Entonces, estimado Príncipe Azul, hallé la gran puerta de salida. Como supondrás, tenía mil cerrojos y poderosos candados. No voy a negarte que en un momento me sentí desanimada. ¿Cuánto más habría que hacer para salir al mundo? ¿Sería capaz de derribar ese límite? La gran puerta se mostraba tan imponente, que una simple princesa no hubiera podido jamás atravesarla. Pero recordé que ya no era una simple princesa. Había reemplazado mi corona por una máquina de ideas. Había ensuciado mi vestido con un plan de libertad. Había vencido al dragón y dominado los recovecos del castillo. La gran puerta no sería la excepción, y tenía las herramientas necesarias. Entonces decidí que era momento de desplegar mi paciencia, y me dispuse a probar una a una las llaves que había encontrado, a intentar abrir cada cerrojo y romper cada candado. Y fue así, mi estimado Príncipe Azul, que la puerta que me separaba del mundo, de una vida feliz, quedó abierta.

Fuente de la Imagen: Pixabay.

Lamento tu decepción al encontrar la torre vacía. Sólo he vuelto aquí a dejarte esta nota, porque el camino allanado me espera. No me llevo nada de este sitio, lo que necesito ya corre por mis venas. Sé vencer criaturas temibles, sé andar por callejas oscuras. Me eduqué a mí misma para que ninguna puerta me detenga. Aprendí que si hay laberinto, hay salida. Que la anciana del pueblo tenía razón en su fórmula para enfrentar miedos. Que el miedo es ese espacio en blanco que separa a una princesa prisionera de una libre guerrera. Y prefiero ser libre antes que princesa.

Hey, Príncipe Azul, te dejo mi corona como muestra de agradecimiento. Sí… ya lo sé, no has llegado a rescatarme, pero mi gratitud obedece a otra razón. Si no te hubiera esperado en un comienzo, no habría llegado a cansarme de hacerlo. Si no hubieras tardado tanto en trepar a la torre, jamás hubiera descubierto quién soy. Ya no voy a prometerte mi amor, ya no eres el hombre de mis sueños. Ya no cabalgaremos juntos hacia un atardecer mágico con final feliz. De hecho, la sola idea me aburre. Me marcho a buscar alguna aventura, y si un día conozco el amor será porque así me lo dicte el corazón. Porque, estimado Príncipe Azul… ya no necesito que nadie me rescate.»

El Príncipe Azul arrugó la nota en su puño y miró hacia un horizonte más allá del balcón de aquella torre. Ni la majestuosa armadura ni sus promesas galantes le servirían de algo. Ya no había princesa.

 

Anna Aguilar

 

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