Hay un guerrero en ti
Cuestiones

Hay un Guerrero en ti

Sí, ya lo sé. He sentido esto muchas veces. El mundo te abruma como si fuese un puño que te oprime y te deja poco aire para respirar. Los caminos se cierran en vez de abrirse y te pesa cada día que amanece. Las circunstancias de la vida te han llevado a habitar esa cueva donde te escondes, ese sitio seguro donde de algún modo te proteges de los peligros del afuera y donde evitas mirar de frente las propias sombras que guardas dentro. Afuera asechan todo tipo de males: la indiferencia, el abandono, el desamor, la agresividad, el riesgo propio de tomar decisiones para elegir uno u otro camino, la incertidumbre, el fracaso, la decepción. Temes salir de la cueva y que alguno de esos monstruos te congele el corazón. Y dentro tuyo logras callar esos fantasmas que te susurran al oído: el miedo, la desesperanza, la culpa, la tristeza. Un día más de falso equilibrio, y todo lo sostienes con la simple decisión de quedarte donde estás. No te mueves, casi no respiras, por no alterar la estructura de tu cueva y que todo se venga abajo. Podrías desatar un tremendo derrumbe si lo hicieras, y los males del afuera se mezclarían con los fantasmas del adentro, y quién sabe qué sería de ti. Quién sabe si podrías con eso.

Pero lo cierto es que tampoco puedes con esto. Dentro de tu cueva aún queda espacio para soñar una vida diferente, porque no te gusta lo que estás viviendo. No te conforma esa relación que te anula, ese trabajo que te aprisiona, esa gente indiferente que tienes por amigos. No te agrada esa soledad que te asfixia y te quiere sólo para ella, y tampoco terminas de aceptar esos vínculos tóxicos o vacíos que drenan tu energía. Protestas contra los latigazos que te propinan los problemas, sin más remedio que intentar no morir ahogado en ellos. Detestas que el universo no te comprenda y no decida alinearse en tu favor. Por ello necesitas alguna dosis diaria de algún placer mundano, que como por arte de magia te haga olvidar por un instante que no vives como soñaste, que no tienes lo que quisieras o que no eres quien desearías ser. Y cada tanto te asomas a la ventana de la cueva y te preguntas cómo sería si decidieras salir… qué tal si entre tanta maleza hallaras el camino que te hiciera sentir de acuerdo contigo mismo. Pero allí está el miedo diciendo «no te atreverías» y la culpa sentenciando «no puedes dejar esta cueva». La desesperanza te inunda afirmando «confórmate con lo que tienes«, y la tristeza te abraza y te consuela ofreciendo su hombro y proponiendo «lloremos juntos«.

Todos nos hemos sentido así cierta vez, algunos muchas más veces que otros. Todos nos hemos sentido en ocasiones víctimas de las circunstancias, de los problemas o de alguien que nos hirió el alma. Y cuántos son los que se acostumbran día a día a vivir así, adormecidos, con el afán de sobrellevar aquello que tanto les duele, con el miedo de intentar la libertad. Unos como autodefensa para no sufrir de más, otros por ser la forma en que aprendieron a vivir, y unos cuantos por temor a lo que vendrá, arrinconados en una esquina de nuestra existencia como niños a quienes les han arrebatado el poder de ser felices. Y es que salir de ese rincón, que es cárcel y refugio al mismo tiempo, implicaría desafiar las leyes de lo correcto, de lo que esperan los demás de nosotros, de lo que se supone que debemos hacer. Y más trascendente aún, salir del rincón de tu cueva implicaría desafiar lo que crees de ti mismo.

Allí, en tu cueva-refugio, justo donde estás parado frente a la ventana de lo que crees imposible, hay algo que deberías observar. No, no se trata ni de los barrotes que te encierran, ni del mundo que habita afuera. En esa ventana, en ese cristal que divide tus posibilidades, puedes observar tu propio reflejo. Detente un momento a indagar en tu mirada, en lo infinito que reflejan tus ojos. Sí, tal vez es cierto que los ojos son las puertas del alma, y tal vez puedas ver un atisbo del brillo que emana de su luz. Quizás haya demasiado que no conoces de ti mismo, y si sientes que tu vida es una cárcel puedo apostar que ciertamente no sabes mucho acerca de ti. Qué tal si te presentas contigo. Qué tal si te miras como si lo hicieras por primera vez, dispuesto a descubrir un perfil que antes no sabías que existía en ti.  De pronto, el brillo en tus ojos cambia y se hace más fulgente, y te percatas que detrás de esa mirada hay alguien poderoso. La curiosidad te gana y lo observas con detenimiento, y ya no es sólo el brillo lo que notas, también comienzas a sentir que la sangre empuja por tus venas. Estás vivo, y respiras para comprobarlo… sí, estás vivo. En ese reflejo en el cristal, tu rostro se vuelve de repente más seguro, más determinante. Esa persona que estás observando enfrente tuyo sería capaz de tomar las decisiones que hagan falta para ser feliz. Ese ser que te observa desde el cristal no tiene ganas de seguir siendo infeliz. Es un ser que quiere dejar de ser víctima de las circunstancias, de los problemas o de alguien más, y te está pidiendo permiso para decidir y ser responsable de su felicidad. Es un ser guerrero, con unas armas muy poderosas como la verdad, la autenticidad, la determinación y la libertad. Se mueve desde el amor, pero sabe mucho de límites sanos. Puede habitar el momento presente porque sabe soltar el pasado. Puede diseñar un futuro porque sabe elegir en el presente. Conoce cómo poner fin a aquello que le impide comenzar. Es experto en dejar ir lo que resta, y en recibir la abundancia de lo que suma. Este guerrero sabe lo que tu alma necesita.

Guerrera
Fuente de la Imagen: Pixabay.

Ahora, haz el siguiente ejercicio: coloca tu mano en el cristal, justo donde el guerrero está apoyando la suya, y siente su contacto. Date cuenta que ese guerrero está en ti. Que todo eso que es él, eres tú. Dale permiso para ser. Entrégate a los planes del guerrero, que él sabrá que hacer con tu cueva y con esa jungla de afuera que te asusta. Deja que el guerrero mire en tus ojos, camine en tus piernas y hable en tus palabras. Mira qué bien te queda su traje, hecho del ímpetu que estabas necesitando. Y qué bien te queda esa lanza en la mano, para apartar los obstáculos del camino, pero más aún te sienta estupendo esa sonrisa, evidencia de que estás reuniéndote contigo mismo. Sí, lo sé, estás por salir al mundo. Estás por tirar abajo los barrotes de tu cueva y ampliar los horizontes de tu vida. Y puede ser que te preguntes «¿pero es que este guerrero no siente miedo?» . Pues sí, lo siente, pero eso es lo que menos le preocupa. Así que adelante, guerrero.

 

 

 

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