Los límites
Cuestiones

Hacer lo correcto, o no

Vamos por la vida intentando ser perfectos, intentando ser quienes debemos ser, como esperan los demás que seamos. Nacimos libres pero muy pronto estamos enredados en los deseos de los otros, embarrados en normas y prejuicios, condicionados por un sinfín de “deberías”.  Todo cuanto deseamos, pensamos o sentimos empieza a ser moldeado por lo que desean, piensan o sienten otros, y algo más triste sucede entonces, que nos acostumbramos a que esto ocurra.

Una de las libertades que más coartadas tenemos es la de expresar lo que sentimos, y actuar de acuerdo a ello. Muchas veces lo que sentimos va en contra de lo que desean los otros, de lo esperado de nosotros, y es un peligro expresarlo porque estaríamos atentando contra nuestras relaciones. Y callamos. No queremos ofender a nadie. No queremos que dejen de amarnos. No queremos decepcionarlos. Hacemos “lo que hay que hacer”. Salimos corriendo a complacer a los otros pasando por encima de nuestro deseo y de lo que sentimos. Dejamos colgada en el perchero la voz de nuestra intuición. Preferimos ignorar nuestra voz interior. Es más importante actuar correctamente. Pero… “correctamente” para quién? 

Lo que no nos damos cuenta, o sabemos pero esquivamos deliberadamente, es que por no querer atentar contra nuestras relaciones terminamos atentando contra nosotros mismos. Nos quebramos al momento en que decidimos poner una división entre lo que sentimos y lo que hacemos. Estamos divididos interiormente. Y creo que lo sabemos porque podemos escuchar esa disconformidad que nos late en el pecho cada vez que lo hacemos. Aunque a veces nos comportemos como si estuviéramos dormidos, dentro nuestro indefectiblemente llevamos un ser muy sabio que todo el tiempo nos enciende sus luces de alarma. No estamos satisfechos por hacer lo que hay que hacer y por no decir lo que sentimos, y lo sabemos, podemos percibirlo. A cambio de ser fiel a los demás, no somos fieles a nosotros mismos.

La primera consecuencia de esto es, simple y terriblemente, no ser feliz. Perdemos la sintonía que nos equilibra como seres felices, porque perdemos la sintonía con nuestro interior. Lo que somos, queremos, pensamos, deseamos, queda oculto y postergado en algún lugar de nuestra mente. Nunca seremos felices si no hacemos lo que nos hace felices, y nunca estaremos plenos si censuramos lo que sentimos. No ser feliz significa ser infeliz, estar incompleto, no encontrar el sentido, no disfrutar, sentirse insatisfecho, percibir un vacío de algo que nos gustaría llenar con quién sabe qué. Les suena familiar?

 La segunda consecuencia es que todo lo que podamos dar a los demás no será genuino, porque proviene de nuestro ser dividido y en desacuerdo consigo mismo. Por lo tanto, damos con sacrificio, damos con derrota, cumplimos lo que hay que cumplir con un sabor amargo en la boca. Somos, hacemos, decimos y pensamos como se espera, pero nada de eso es real ni auténtico si no está en la misma sintonía que vibra en nuestro interior.

¿Por qué creemos que no nos amarán si no actuamos como nos dictan? ¿Por qué nos importa más que nos amen a cualquier precio que amarnos y respetarnos a nosotros mismos? Puede haber infinidad de respuestas a esta cuestión, y todas convergen en la misma razón… de una u otra forma es que lo aprendimos. Pero no es lo cierto, en la medida en que nos propongamos que existen otras verdades, en la medida en que contemplemos que hay otras opciones. Quizás nadie nos dijo antes que podía ser de otra forma, pero es que a veces toca descubrirlo por nuestros propios medios. Más de una vez nos puede pasar que en el intento de complacer a los demás terminamos colapsando, nos sentimos abatidos, como si nuestra energía hubiera sido succionada por un enemigo. Más de una vez las luces de alarma se transforman en una voz que grita stop, y ya no podemos desoírla por muchas normas y reglas que llevemos encima. Estoy segura que les ha pasado. Esos días en los que queremos salir corriendo o volar a una isla desierta para que nadie nos encuentre, y dejar de ser lo que no queremos ser, dejar de hacer lo que nos exigen. Porque si no hay nadie alrededor, no hay nadie a quien complacer, y por fin podemos complacernos a nosotros mismos, empezando por darnos un poco de paz. Somos muchos los que debimos llegar a ese estado de potencial huida para darnos cuenta que podíamos escucharnos sin necesidad de escapar. Pero, cómo lograrlo?

Opciones
Fuente de la Imagen: Pixabay

Aquí es donde entra al juego el temido límite. Temido por nosotros y por los otros. Porque tememos poner límites, y los otros temen que los pongamos. Aparece la resistencia de ambos lados. Nosotros debemos aprender a luchar contra esa voz aprendida que siempre está juzgando si hacemos bien  o hacemos mal. Ellos deberán aprender a luchar contra esa costumbre de obtenerlo todo de nosotros y de imponer lo que está bien o lo que está mal. El límite es molesto en principio para ambas partes, porque marca un cambio en la forma de vivir y de relacionarnos. No es tan fácil poner el límite. Requiere saber cuándo, cómo, con quién, hasta dónde. Requiere hacer frente a la resistencia del otro.  Y requiere combatir la propia resistencia.

Se lo llama límite sano, y no podría tener mejor nombre. Es el límite que sana. Cuando pasamos la vida siguiendo el guión de alguien más y silenciándonos, nos herimos a nosotros mismos y forjamos relaciones a veces tóxicas, a veces desnutridas, a veces insanas. El límite viene a sanar, tanto a lo que somos como también al cómo nos relacionamos. Y sí, muchas veces esto implica que ciertas personas se vayan de nuestra vida.

Hasta ahora todo sería desagradable si no fuera por el precioso botín que recuperamos, que es nuestra libertad. Y es tan inmediata, que mientras hacemos frente a esos campos de batalla ya podemos sentir sus frutos, esa impagable paz con uno mismo. De pronto vivimos como nunca o pocas veces pudimos hacerlo, y ya no estamos divididos. De repente somos más fuertes, nos percibimos con más energía. Aprendemos a escucharnos y respetarnos. Aprendemos que la primera regla que debemos seguir es nunca más estar en desacuerdo con nosotros mismos. Que las luces de alarma son exactas, que la voz interior es muy sabia. Que disponemos de un precioso manual para saber qué hacer o qué no hacer, y es la intuición. Y aprendemos que podemos y disfrutamos relacionarnos desde nuestra libertad y preservando nuestra paz. Y que si hay personas que nos cuestan la paz, son demasiado caras para mantenerlas en nuestra vida.

Aunque se sientan muchas veces aprisionados por las circunstancias, aunque crean que no hay otros caminos, recuerden que eso no es cierto. Recuerden que hay una parte de la realidad que no están viendo, una opción que no están contemplando.  Qué pasaría si decidieran hacerse caso únicamente a ustedes mismos, si decidieran solamente escuchar su propia voz por un momento, qué harían? La respuesta a eso es la opción que no estaban contemplando…

Anna Aguilar

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