Anécdotas

En el bar, con el diablo

Tinieblas
Fuente de la Imagen: Pixabay.

Puede que seamos muchos a los que nos tocó bailar con el diablo. Y no estoy siendo figurativa… les aseguro que era él. He tenido la oportunidad de dormir con la perversidad y la oscuridad al otro lado de mi cama. Recuerdo cuando subió a mi auto, esa primera vez que lo vi, vestía pantalón negro y camisa rosada. Casi siempre los demonios se presentan como ángeles sin alas, que caminan por el mundo ofreciendo su sonrisa tan esmeradamente fabricada. Lo supe. Pude oírlo en su tono de voz demasiado endulzado, y pude verlo en la forma en que torcía sus labios a un costado cuando sonreía. Pero por algo somos tercos cuando de enfrentarnos al diablo se trata, así que también sonreí. Fuimos a un bar, se sentó frente a mí y encendió un cigarrillo. Observé su tatuaje, una especie de monstruo que recorría su antebrazo… increíble que llevara tatuado su propio retrato. Ahí estaba él, mirándome como un león a su presa, y ahí estaba yo, sonriéndole a quien iba a enseñarme lo mejor y lo peor de mí misma.

No puedo decir que si volviera el tiempo atrás echaría a correr. Hoy sí lo haría, pero ese… ese era el momento correcto. Y el lugar correcto. Era él, preparando su trampa, y era yo, a punto de emprender la mayor odisea de mi vida. Era el principio de mi liberación, aunque tuviera que pasar primero por sus pesadas cadenas. Entonces ahí estaba yo, con la mirada iluminada, ofreciéndole mis manos para que me apresara. Y él sonriendo de costado, sacó las esposas del bolsillo mostrándome mi destino.

Qué agradable puede ser el diablo a veces, y la noche estaba estupenda. Cenamos, y encendió otro cigarrillo. No recuerdo de qué hablamos, pero eso no era trascendente. Había otro diálogo subterráneo, que sólo se habría podido oír en las estrellas y en los confines del infierno. Había un contrato sobre la mesa, y mi nombre impreso al pie, esperando mi firma. Por supuesto que firmaría, a eso había ido. Por eso estaba sentada allí, frente a él. Por eso estaba perdida, y ese sería mi camino de retorno. Quién diría que el diablo me enseñaría la ruta, y si me lo hubieran advertido no lo hubiera creído. Pero no podía predecirlo, y por eso la ocasión era perfecta.

Recuerdo algunos silencios que interrumpían el hechizo. Si hubiera podido oír el sonido de esos silencios, hubiera desistido. Estaban repletos de oscuridad, colmados de vacío. Me apresuré, como buena aprendiz de sumisa, a rellenarlos con banalidades para que no hablaran. Nada podía hacer que esa noche fracasara. Y él me lo agradecía con sus gestos obscenamente amables.

Diablo
Fuente de la Imagen: Pixabay.

Tomó un sorbo de su copa, mientras calculaba el siguiente momento, sin dejar de sonreír de esa manera particular. Yo sabía su próximo movimiento, y en el fondo lo esperaba. Estaba preparada para eso, me había estado preparando desde hacía muchos años, y al fin había llegado el momento. Estaba dispuesta, y él lo veía en mis ademanes encantados, lo veía en la forma en que yo enroscaba en mis dedos un mechón de mi pelo y en cómo mis ojos pestañeaban despacio mientras oía sus relatos. Él sabía que yo le estaba abriendo la puerta de mi alma, y por eso sonreía, complacido.  Entonces, sacó un bolígrafo del bolsillo de su camisa, y me lo ofreció.

Ante mí se desplegó el abismo. Toda mi vida iba a cambiar al tomar ese bolígrafo. Esa silla en ese bar de pronto era el borde de un precipicio, y él estaba a mi lado para empujarme, para aventarme a las profundidades de mi propio océano. La brisa revoloteaba mi pelo y las voces de fondo disimulaban la escena. Corrí la vista del precipicio, porque si lo observaba más de la cuenta no me hubiera zambullido. Me enfoqué en sus ojos oscuros que parecían divertirse, midiendo mi ingenuidad para ajustar su plan. Le sonreí una vez más.

Cualquiera que nos hubiese observado esa noche, hubiera pensado que éramos dos almas emprendiendo un romance. Una parte de nosotros lo creía también, así debía ser para que todo saliera como estaba predestinado. Pero su romance era muy distinto al que yo percibía. Sí, los demonios también disfrutan del romance, porque es el escenario donde derraman su seducción y su presunto poder. Allí ejercen sus habilidades para manejar los hilos de la historia y es la ocasión para admirarse a sí mismos de la manera en que sólo a ellos les complace hacerlo. Claro que disfrutan del romance, se engrandecen y se sienten omnipotentes. Yo también lo disfrutaba, pero debo decir que en el sótano de mi alma sabía lo que estaba sucediendo. Y lo que ocurre con los sótanos es que siempre los tenemos en penumbras, desordenados y cerrados con llaves y trabas. Y esa noche era demasiado prometedora como para bajar al sótano.

El diablo me miró dulcemente y tendió su mano hacia mí, acercándome el bolígrafo. Su rostro era tan familiar, me recordaba en algún rincón de mi ser esas batallas perdidas, esos cielos anhelados y nunca alcanzados. Me estaba desafiando a tenerlo todo, todo cuanto yo había soñado. Y en esto el diablo fue bastante ingenuo por pensar que yo le creía. Me seducía la idea de ganar esas batallas y alcanzar esos cielos, pero mi alma no buscaba esos trofeos. Había algo más, mi alma también tenía un plan, tan secreto que mi mente no podría saberlo. No necesitaba la dulzura ni los espejismos que me ofrecía el diablo. Necesitaba su oscuridad. A veces, cuando hay tanto ruido en tu alma, se precisa apagarlo con el más contundente de los silencios. Cuando no alcanzan los intentos por abrir el cofre de tus verdades, es necesario alguien con el temple para hacerlo. Sí, iba a doler. Lo supe, algo en el aire de esa noche me lo dijo. Pero sus ojos cálidos de fría mirada y la dibujada mueca de sus labios funcionaban como anestesia para las voces de la intuición. No había tiempo para pensar. Tomé el bolígrafo.

Sus finos dedos tamborileaban en la mesa, mientras saboreaba esos segundos eternos en que yo jugaba con el bolígrafo en mi mano. Ambos sonreíamos y nos mirábamos, nos observábamos, nos medíamos. Fue un momento sublime, de esos en que la historia da un giro para la humanidad, pero en este caso… para la mía. Mordía inquietamente la punta del bolígrafo al mismo tiempo que esos finos dedos deslizaban el contrato hacia mí, incitándome casi hipnóticamente a probar una cucharada de su infierno. Acerqué el contrato con mi mano, y en ese instante nuestros dedos se rozaron. Esa sutil electricidad que sentí fue lo que terminó de sentenciar mi liberación devenida en calvario. No había dudas, él era el indicado. Lo había estado esperando y había llegado. Mi cofre estaba listo para ser destrozado, y el sótano de mi alma para ser inundado de oscuridad y silencio.

Camino oscuro.
Fuente de la Imagen: Pixabay.

En un instante en que la brisa pareció revolotear más de prisa, firmé el contrato. El diablo ensanchó su sonrisa. Resonaron los chirridos de las cadenas. La niebla lentamente comenzó a envolver mis pies, y el abismo se abrió una vez más debajo de esa silla, sólo que esta vez para quedarse. «No tengas miedo», me dijo él, «yo voy a protegerte siempre». No sentía miedo. Me tendió su mano y no dudé en entregarle las mías. La brisa ya era viento. Echamos a andar, y me llevó por el camino más oscuro que recorrería en mi vida. Había aceptado bailar con el diablo, el más cruel de mis maestros.

 

 

Anna Aguilar

 

 

 

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