Miedo
Anécdotas

El viejo miedoso

Cuando la cocinera me entregó la bandeja con mi plato de comida y dos trozos de pan, giré sobre mí misma y recorrí con la mirada la sala del comedor, intentando detectar un lugar libre en alguna de las mesas.  Sólo quedaba  un sitio frente a un hombre mayor, de unos 70 años, con una barba blanca algo crecida que le daba aires de sabio. Hacia allí me dirigí, haciendo malabares con mi bolso, unas carpetas y la bandeja para que nada terminara en el suelo.

— Buen día… le molesta si me siento aquí a almorzar, frente a usted? — no pude evitar preguntar al ver su cara de pocos amigos. Dejó suspendido el tenedor a centímetros de su boca mientras me examinaba con ojos desconfiados. Por toda respuesta hizo un ademán con la mano para que me sentara, y siguió con su misión de devorarse el plato de fideos con salsa. Me senté acomodando mis cosas al costado del banco y me dispuse a hacer lo mismo que el hombre en silencio, ya que la mesa no mostraba promesas de charla. Sin embargo me sorprendió al señalar con la cabeza mis carpetas y preguntar:

— Trabajo…?

— Sí — respondí entusiasmada — Soy escritora y estoy por publicar mi primer libro. Precisamente después del almuerzo voy de camino a visitar un par de edit…

— Bah! — me interrumpió, haciendo un gesto con la mano para que no siguiera — Esas son tonterías. Si usted piensa que puede vivir del arte está en el camino equivocado… Y nadie se vuelve exitoso de la noche a la mañana eh. Hay que tener mucha suerte, y si no tiene contactos en el ambiente… vaya haciéndose la idea de que esos escritos terminarán en su mesita de noche.  — Dejé de masticar mientras digería esas palabras tan agrias y mis ojos se abrían tan grandes como el plato. El viejo se percató de mi expresión, y como si estuviera seguro de que suavizaba el mensaje soltó una risita diciendo: — Mire, hágase un favor y búsquese un trabajo de verdad… algún día va a agradecer mi consejo.

— Por qué piensa de esa manera tan pesimista? — cuestioné, sintiéndome mitad enojada y mitad intrigada. Algo en la voz de ese hombre me resultaba familiar.

— No es pesimismo… es realidad. Le pondré un ejemplo: cuando era joven soñaba con cantar, y soñaba a lo grande, así, como usted. Fracasé tres veces — y puso énfasis en sus tres veces mostrándome tres dedos — hasta que me di cuenta que no podía vivir de los sueños. Y entonces me busqué un trabajo de verdad, en un banco. La vida es así, niña.  — ¡Niña! A mis cuarenta años nadie me llamaba «niña». Suspiré frustrada. — La vida no es para soñar, es para estar bien despiertos y hacer lo que hay que hacer.

— Y qué es lo que hay que hacer?

— Trabajar, sacrificarse y no distraerse con tonterías.

— Yo creo que usted ha de tener muchas decepciones encima…

— Uff… ¿decepciones? Si tiene tiempo se las enumero. De eso se trata la vida. Tres matrimonios — y volvió a mostrar los tres dedos — y aquí me ve, solo. Un consejo niña, nunca les crea a las mariposas en el estómago, son lo peor que le puede pasar. El amor lo pone a uno ciego y lo mueve a hacer cosas muy tontas, y tarde o temprano se termina llorando. Uno pierde inteligencia con el amor. Y para qué? Si se termina apagando… Y las personas no son como dicen ser, empiezan pareciendo ángeles y terminan siendo demonios. La gente que se enamora está loca.

— Usted se enamoró tres veces…

— ¿Quién dijo que me enamoré tres veces? Me equivoqué tres veces, pero me enamoré sólo una vez. Otra decepción, y de las grandes…

— ¿Qué pasó?

— Bah… Era demasiado precio sólo por una mujer. Si sufrí? Sí, pero sé que hice lo correcto. Ahí lo ve, el amor siempre viene mal parido. Un consejo niña, cuando sienta que se está enamorando huya despavorida, si no quiere terminar sufriendo como una Magdalena.

— ¿Tiene hijos…? ¿Amigos…? ¿Mascota…?—  indagué, intentando encontrar algún sol en la existencia de ese hombre que me compartía muy generosamente todos sus nubarrones.

— Cinco hijos — esta vez mostró cinco dedos — y ninguno de ellos recuerda que tiene padre, porque los hijos son así de desagradecidos. ¿Amigos? Ojo con los que dicen ser amigos, la amistad nunca es desinteresada. Y sí, tengo una mascota… un gato que sólo viene a casa a llenar su barriga — el viejo pareció quedarse pensando en algo y sonrió de costado — Ja! Qué sinvergüenza es ese gato.

— Bueno… ya debo irme — abandoné toda intención de terminar el plato de comida y comencé a rejuntar mis carpetas. Esa era la clase de conversaciones que le boicotean a una el apetito. Todavía no había descifrado dónde había escuchado antes esa voz, pero tampoco me interesaba quedarme a averiguarlo. El viejo me observó cargar mi bolso al hombro, y de pronto pareció recordar algo y comenzó a hurgar en sus bolsillos.

— Espere… — del bolsillo superior de su camisa sacó una tarjeta y la extendió hacia mí — Aquí tiene el contacto de un conocido, gerente del banco donde trabajé. Dígale que va de parte del viejo Raúl, quizás pueda darle una mano y ofrecerle algún puesto.

Tomé la tarjeta sin saber muy bien si lo hacía por amabilidad o automatismo, y alcancé a balbucear un cordial «gracias». Dí la vuelta y comencé a dirigir mis pasos hacia la salida de aquel comedor, mientras mi mente me tiraba pistas sobre esa voz tan conocida. ¿Dónde la había escuchado? ¿Cuándo? Observé las sensaciones que recorrían mi plexo solar, una especie de energía pesada y abrumadora que de pronto me hacía sentir confundida y malhumorada. Cuando alcancé la calle miré hacia ambos lados, no recordaba hacia dónde debía ir. Miré la tarjeta que aún sostenía en mis manos y una verdad comenzó a revelarse. Ya podía darme cuenta dónde había oído la voz del viejo… Claro, en mi habitación, en esas madrugadas donde la incertidumbre me desvelaba y me sentía incapaz de tomar decisiones.

Balcón
Fuente de la Imagen: Pixabay.

La había oído mientras sostenía una taza de café parada en mi balcón, al tiempo que intentaba medir el exterior según mi propia falta de confianza. La había oído en mis renuncias, en mis propios fracasos y decepciones, cuando sólo podía pensar en no intentarlo nunca más. Esa era la voz de los amaneceres sin ganas, los atardeceres tristes y las noches oscuras. Era la voz del «no puedes», «no mereces», «no vas a lograrlo». Era el eco de una zona de confort advirtiendo que no debes arriesgarte. El sonido de la inseguridad sugiriendo que lo que deseas es imposible. Por supuesto que conocía esa voz. Era la voz del miedo.

Hice un pequeño bollo con la tarjeta en mi mano, y al mismo tiempo volví mi mirada hacia la ventana, posando mis ojos sobre la mesa de la que hacía unos minutos me había levantado. No había rastros del viejo, ni de su plato. Esa tarde no fui a visitar las editoriales. Me quedé apoyada sobre la baranda de mi balcón, con una taza de café entre las manos, conversando con mis miedos. Yo también tenía cosas que decirles.

Anna Aguilar

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