Cuestiones

El mago que sopla las heridas

Uf… cómo duele. Te abres paso en esa selva espesa de pensamientos y sensaciones. De los árboles cuelgan lianas rebeldes que lo hacen todo tan confuso. Una maraña en la cual te cuesta dibujar una salida, pero así y todo no desistes y avanzas… con el corazón en la mano. Te han herido, aunque a esta altura ya no puedes estar seguro si el arquero que disparó la flecha fuiste tú mismo. A veces uno pierde noción de la realidad porque, entre tantas interpretaciones diferentes que pueden existir para un mismo hecho, esa realidad se te escapa de la vista. No estás seguro de quién, cómo ni por qué. Mucho menos comprendes ahora el para qué, pero esperas descifrarlo pronto para que ese dolor no sea estéril y pueda dejarte alguna enseñanza. Lo cierto es que, de momento, lo que urge es atender esa herida. Porque te nubla el camino, porque te pesa cuando respiras. Porque mientras andes herido será difícil alcanzar alguna cima o sonreírle a la vida. Te sientes cansado. Te agobia el tiempo que no corre, y si corre rápido te parece que lo hace en vano. Sabes que no puedes hacer de cuenta que esa herida no existe, así que empiezas por aceptarla. Allí, en medio de esa selva enmarañada, te han dicho que habita un mago que puede curarla. Y vas a su encuentro, atravesando lianas, soportando alguna espina que roza tu dolor, sosteniendo un corazón convaleciente que espera ser sanado.

Mientras las hojas y las ramas crujen bajo tus pisadas, recuerdas la flecha que te hirió. Ya no importa el arquero, intentas saber de qué se trata el misil que impactó en tu pecho. Quizás es la flecha de la decepción, esa que es experta en derribar ilusiones de un solo disparo. Tal vez es la flecha de la soledad, que suele venir camuflada entre risas y voces que escuchas como ecos, y que entra de una manera silenciosa en el alma, tan silenciosa que tardas en darte cuenta que te has infectado de esa soledad. Puede ser la flecha del desamor, que es drástica y cruel, o la flecha del fracaso, que te empuja hacia el rincón de la resignación. Vaya, qué tal si no se trata de una única flecha, y este corazón temerario que a todo se arriesga se enfrenta hoy a varios magullones. Qué tal si esto ha abierto otras viejas heridas de las que te habías olvidado, o que creías ya cicatrizadas. Resoplas casi rendido. Hasta cuándo puede aguantar un corazón las embestidas de la vida.

Por suerte, existe el mago. Un mago que, según te han dicho, sopla las heridas y arregla los corazones rotos. No han sido muy precisos con el dato que te dieron. Sólo sabes que debes atravesar esa selva densa y pesada, haciendo a un lado esos pensamientos enredados que cuelgan de los árboles, separando del camino las ramas de las excusas. Te esfuerzas en no dejarte convencer por el canto de algún ave tramposa que alega que esa flecha clavada en medio de tu pecho no existe, como si las ilusiones fueran a volver. Te cuesta llegar al mago, pero vas por buen camino, así que avanzas con calma esperando que se presente el momento de sentirte bendecido por su magia. Toda tu esperanza está puesta en él, porque te han hablado maravillas acerca de sus poderes. ¡Ha curado a tantas almas! Además de mago, es sabio. Y dicen que tiene acceso al Universo y a la esencia de las cosas.

Fuente de la Imagen: Pixabay.

Respiras aliviado cuando, tras correr una cortina de lianas, al fin puedes ver la cabaña del mago. Te acercas como quien vuelve a su hogar después de una guerra, malherido y agotado, con las últimas gotas de energía que te quedan a mano. Golpeas la puerta de la cabaña y ésta se abre al instante, como si te estuviera esperando. El mago te invita a recostarte en una cálida alfombra que te señala con un ademán. Y sí, te sientes como en casa. El lugar es absolutamente acogedor, huele a incienso y parece estar especialmente diseñado para abrazarte el alma. Es el tipo de sitios donde correrías a refugiarte cuando sientes miedo. Donde alimentarte y beber agua cuando estás hambriento y sediento. Donde cobijarte en las noches de fría incertidumbre o de heladas lluvias que te mojan de nostalgia. Todo allí es reconfortante, y el solo hecho de haber entrado te hace sentir que la herida duele menos.

Cierras los ojos y dejas hacer al mago, que con toda dulzura quita la flecha de tu pecho. Duele, pero aceptas que así sea. Te sientes seguro en las manos del mago. Él sabe qué hacer, por eso te entregas a sus actos sanadores. Sientes cómo su mano devuelve tu corazón a su sitio nuevamente, y un aire de templanza se desparrama suave alrededor. Está soplando tu herida. El dolor se vuelve dulce y ya no sufres, lo dejas ser. Permites que fluya como si dentro tuyo se abrieran las compuertas de la paz y de la aceptación. Sin necesidad de verlo, percibes que estás envuelto en un haz de luz poderoso que transforma tu ser, y sabes que ya no serás el mismo, que algo habrá cambiado. Te estás haciendo resiliente una vez más. Estás dejando que algunas cenizas terminen de arder para que esa parte de ti vuelva a nacer. Comprendes la magia de ser tallado por la vida, como si fueras una obra de arte en pleno proceso de creación, en una infinita creación. Y entonces también comprendes que lo que ha pasado es perfecto para ti.

No tienes idea de cuánto tiempo el mago ha estado soplando tu herida, hasta que dejas de sentir esa brisa sobre ti. Esta vez, su mano acaricia tu frente, regalándote otra dosis de paz. Y entonces abres los ojos y miras su rostro. Un rostro que te mira con infinito amor. Una gran verdad te es revelada, tan inmensa como ciertos enigmas que no todos descubren ni resuelven en la vida. Sabes que cada alma en este mundo tiene su propia selva que atravesar, con sus propias lianas que hacer a un lado, con sus propias flechas clavadas en el corazón. Sabes, de pronto, que cada ser humano tiene sus propias heridas que sanar y su modo único y maravilloso de hacerlo. Y que cada uno tiene destinado su propio mago sabio y sanador, que lo espera en su propio refugio, listo para soplar sus heridas. Sonríes agradecido por haber dado con tu mago, y antes de cerrar los ojos para descansar le dedicas otra mirada a ese rostro, que es el tuyo. Hoy, finalmente, has descubierto que el mago eres tú.

 

 

 

 

 

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