Cuentos Cortos

El hombre de la jaula

En las tardes de verano me gustaba cargar unas magdalenas, el mate y el termo en un bolso, e ir a la playa a contemplar la puesta del sol. Disfrutaba tanto de esa hora y media sentada en la arena, mis pies dibujando caminos que las tímidas olas borraban y la brisa robando algún mechón de mi pelo casi recogido. Eran de esos momentos de paz y comunión con la naturaleza que te alimentan el alma. Por eso, antes de que la tarde empezara a morir, me encaminaba hacia aquel lugar bordeando la costanera.

Aquel día emprendí la salida antes de tiempo y tomé otro camino, tentada por visitar los puestos de artesanías que se montaban en la feria de la plaza. Pero al llegar allí, algo más llamó mi atención. En medio del césped y rodeada de algún que otro arbusto, había una jaula del tamaño de una habitación reducida. La celda estaba habitada por un hombre sentado en un banco, de piernas cruzadas y de semblante concentrado en la lectura de un libro que sostenía en sus manos. Impulsada por la intriga y una naciente necesidad de ayudar a aquel extraño, me acerqué hasta los barrotes oxidados.

— Buenas tardes… — saludé expectante, notando que la puerta de la jaula estaba entreabierta.

— ¡Buenas tardes! ¿Cómo estás? — saludó el hombre con sonrisa cordial, levantando la vista hacia mí.

— Muy bien, gracias… Lo he visto y no he podido dejar de preguntarme qué hace usted dentro de esta jaula — señalé la construcción de hierro que lo tenía prisionero.

— Oh, es lo que me ha tocado — sonrió sin dar más explicación — ¿Eso que lleva allí son magdalenas? — preguntó indicando el paquete que asomaba de mi bolso, a lo que asentí — Me encantan las magdalenas…

No dudé en acercar el paquete introduciendo mi brazo por entre las rejas, mientras el hombre tomaba una y mi asombro se encargaba de formular más preguntas.

— Pero… ¿cómo es que usted permanece prisionero aquí? ¿No desearía salir a dar un paseo?

— No estoy preso, puedo salir cuando quiera — y apuntó hacia un lugar de la jaula — La puerta está abierta.

— ¿Y sale alguna vez?

— No es momento de salir.

Esa tarde me perdí la puesta de sol, y las tardes siguientes. Preparaba mi bolso con magdalenas pero, en vez de ir a la playa, corría hasta la plaza y me sentaba en un tronco a escuchar las historias del hombre de la jaula. Tenía el don de hacerme reír, y por alguna razón buscaba en sus palabras alguna pista que me revelara el motivo de su encierro. Pero cuanto más lo conocía, más me sorprendía pensando que todo era un asunto de terquedad… o de miedo. Una tarde le pregunté:

— ¿Le gustaría ver una puesta de sol? Es tan bonita… y desde aquí no podría apreciarla jamás. Conozco un lugar magnífico que de seguro le va a encantar.

— Desde aquí puedo ver alzarse el sol cada mediodía, y cuando se esconde detrás de los árboles… ésa es mi puesta de sol.

— Pero… ¡no es lo mismo! — reclamé, y por toda respuesta reinó el silencio.

Otra de esas tardes, en una charla muy animada, me contó de su admiración por los bailarines que a veces danzaban en la feria, y me confesó que le gustaba bailar. Entusiasmada por la posibilidad que me ponía enfrente, le propuse:

— Esta jaula es muy pequeña para poder bailar dentro. ¿Por qué no sale un momento? ¡Podríamos bailar en la plaza!

— No siempre es momento de bailar. Disfruto de ver hacerlo a los demás.

— Pero… ¡no es lo mismo! — y otra vez contestó el silencio.

Cierta vez tuve oportunidad de preguntarle de qué se trataba el libro que siempre estaba leyendo, y entonces, gentilmente, lo acercó a los barrotes. Del otro lado de la jaula, lo tomé entre mis manos al tiempo que lo escuchaba explicar:

— Este es el libro de mi destino. Contiene todo cuanto debo ser y hacer. Contiene todo lo que no debe hacerse. En sus páginas encuentro el límite preciso entre lo que está bien y lo que está mal, y gracias a él tengo una vida recta y sin sobresaltos. Este libro me recuerda siempre lo verdaderamente importante, sobre todo aquellos días en que siento algún deseo de atravesar la puerta de mi jaula. Es mi responsabilidad hacer valer esas palabras impresas, sostener esta estructura que tanto tiempo ha llevado a mis antecesores construir. Este libro es la biblia de mi jaula, y es el que me da la disciplina necesaria para continuar aquí. Es mi manual para vivir.

Mi boca abierta y mis cejas levantadas delataron mi perplejidad. Cuando el hombre dejó de hablar para morder su magdalena, bajé la vista al libro que tenía en mis manos y observé que la tapa marrón no tenía título. Cómo podía ser que existiese un manual para vivir… ¡en una jaula! La curiosidad de apoderó de mí y lo abrí. Di vuelta una página, luego otra, luego varias. Pasé rápidamente las hojas debajo de mi pulgar. Eso era absurdo. Donde el hombre de la jaula leía un inquebrantable método de vida, mis ojos sólo podían ver páginas y páginas en blanco. De pronto me enojó tremendo disparate, y devolviéndole el libro le cuestioné:

— ¿Es usted feliz?

— Disfruto de ver felices a los demás.

— Pero… — me interrumpí, fastidiada. Ya sabía la respuesta.

Fuente de la Imagen: Pixabay.

La tarde siguiente también tomé el camino de la plaza con las magdalenas en mi bolso, pero esta vez no me acerqué a la jaula. Miré desde lejos, mientras cruzaba la feria, al hombre sentado en un banco detrás de los barrotes oxidados, con las piernas cruzadas y un libro entre las manos. Nunca se percató de que lo estaba observando, y se me ocurrió que tal vez ni cuenta se diera de mi ausencia esa tarde al otro lado de las rejas. Quién sabe si ese libro sería alimento de su terquedad, o la excusa perfecta para disfrazar su miedo. Quién sabe si alguna vez sería el momento, según esas tontas páginas, de salir de la estructura de hierro. Lo cierto es que a mí sí me gustaba bailar, y adoraba ver las puestas de sol, y se me estaba haciendo tarde. Luego, en la orilla del mar, mientras alguna ola robara mi huella en la arena, habría tiempo de pensar por qué el hombre de la jaula me había hecho enojar.

 

Anna Aguilar

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