Cuentos Cortos

El fantasma

El fantasma aterrizó en la nube de forma suave y acompasada. Hacía sólo instantes había abandonado la vida terrenal y estaba ansioso por saber si sería admitido en el Cielo. Creía haber hecho las cosas como Dios manda, por lo que su entrada al paraíso era inminente. Pero era el momento de rendir cuentas, y eso lo ponía un tanto nervioso. Avanzó casi deslizándose hacia el escritorio del ángel de turno, quien parecía muy atareado ordenando unos papeles.

— Disculpe — interrumpió el fantasma — Acabo de morir y me han enviado a esta… oficina.

— Oh, sí, ¡bienvenido! — el ángel se incorporó y cortésmente le señaló la silla para visitantes — Tome asiento, por favor.

— Gracias… Usted dirá.

— Sí… A ver… Comencemos con una breve reseña acerca de su vida terrenal.

— Bueno… creo haber sido un hombre de bien y de familia, señor Ángel. Siempre antepuse mis responsabilidades a cualquier otra cuestión. Mi ley de vida ha sido cumplir con ellas. Por eso es que desde muy joven trabajé duro para labrarme un futuro. He hecho toda clase de sacrificios en pos del bienestar de mis seres queridos. El tiempo que compartía con ellos era poco, pero era necesario para asegurar su porvenir. Siempre respeté la moral y las normas, y eso es lo mejor que he transmitido a mis hijos. He vencido mis pasiones y algunas tentaciones. Me he esforzado en mantener mi matrimonio a lo largo de los años y he sabido cumplir el rol de un buen esposo. También he sido un buen hijo, supe acatar las órdenes de mis padres y les he respetado hasta su último suspiro. Creo que he hecho todo lo posible por hacer felices a las personas que me rodearon… — El fantasma interrumpió su discurso al observar que el ángel lo miraba por encima de sus gafas, arrugando sus labios en una mueca dubitativa. — ¿Algún problema, señor Ángel? — preguntó, preocupado.

— ¿Problema? No, ¡aquí no hay problemas! — el ángel dio un salto de su silla y tomó una hoja del escritorio — Vamos a completar una pequeña encuesta.

— Cómo no.

— ¿Cuántas veces ha reído a carcajadas? Sus opciones son: muchas, pocas, ninguna…

— ¿Perdón?— El fantasma no pudo evitar sorprenderse. El ángel lo miró levantando las cejas en señal de espera de una respuesta. — Pocas… creo.

— Ajá… ¿cuántas veces ha admirado un atardecer? Muchas, pocas, ninguna…

— Ninguna, definitivamente.

— Su ficha dice que en su vida terrenal le gustaba bailar. ¿Ha bailado? Mucho, a veces, poco, nunca…

— Poco, no tenía tiempo, señor Ángel.

— ¿Ha disfrutado del amor?

— Ya le dije, señor Ángel, he sido un buen esposo…

— ¿Ha disfrutado del amor?— repitió paciente, del otro lado del escritorio, la criatura alada.

— Pues… no.

— ¿Le ha hecho cosquillas a sus hijos? ¿Ha jugado con ellos?

— No.

— ¿Ha transgredido algún límite para cumplir un deseo propio?

— Ni hablar, no.

— ¿Ha tenido algún sueño importante en su vida terrenal?

— Sí, de niño quería ser montañista.

— ¿Lo ha cumplido?

— No… — suspiró el fantasma.

— ¿Cuántas veces se ha sentido plenamente feliz? Muchas, algunas, pocas, ninguna…

— Algunas veces… A decir verdad, pocas, muy pocas veces.

La encuesta siguió por lo que terrenalmente sería media hora. El fantasma se sentía cada vez más desanimado. Que si había superado algún miedo, que cuántas veces había dicho «te quiero» a sus amigos, que si había hecho una travesura de adulto alguna vez. No, poco y no. Sus respuestas no variaban mucho. ¿De qué había servido esa vida recta que se había empeñado en construir? Que si alguna vez sintió que se amaba a sí mismo. Qué locura, por supuesto que no, a quién se le ocurre decirse «te amo» a sí mismo.

— Muy bien… hemos concluido. Por favor, aguarde unos instantes. — el ángel desapareció atravesando una pared de nubes con la encuesta en mano.

El fantasma se quedó con sabor a poco en la boca. Ya no era el afán de entrar en el Cielo lo que le preocupaba. Sentía un extraño anhelo por todo aquello que no había vivido. Tal vez había un paraíso en aquella tierra, antes que en las nubes. Quizás si hubiera escalado algunas montañas, si se hubiera reído más y preocupado menos… Si hubiera jugado más con sus hijos, si les hubiera enseñado más sobre sueños por cumplir y menos sobre reglas rígidas y frías… Si se hubiera arriesgado por amor… Si hubiera bailado… Quizás hubiera sido feliz.

Transcurrió otra media hora en tiempo terrestre, y el ángel regresó con cara seria.

— Acceso denegado, lo siento.

— Pero, cómo… ¿me iré al infierno? — de pronto estaba más pálido que un fantasma normal.

— ¡Claro que no! Se le asignará una nueva vida, una nueva oportunidad. No recordará nada de esta entrevista, ni de esta nube, ni de mí. Sólo recordará las dos palabras escritas en esta tarjeta. Ahora, por favor, pase a la siguiente nube para ser redirigido. — Dicho esto, el ángel le entregó la tarjeta al fantasma y le señaló la próxima nube. El fantasma leyó la tarjeta y la guardó en su bolsillo. Sería fácil recordarlo.

Fuente de la Imagen: Pixabay.

«Uno, dos, ¡tres!» Ernesto oyó la voz del paramédico como un eco lejano, al tiempo que el desfibrilador lo traía a la vida. Entreabrió los ojos y en ese instante las exclamaciones de alivio lo envolvieron. ¿Qué había sucedido? Ah, sí, el accidente… «Muy bien, traigan la camilla» ordenó el paramédico. Miró a su derecha y vio a su hija sosteniéndole la mano, con el rostro marcado por las lágrimas y una sonrisa agradecida. Giró su mirada a la izquierda y allí estaba ella, su fiel amiga y amor de su vida, acariciando su frente. Mientras era llevado en camilla a la ambulancia, Ernesto posó por casualidad sus ojos en un cartel de publicidad que parpadeaba con luz naranja en lo alto de un edificio. Por alguna razón, las dos palabras destellantes le resultaron familiares. «Sé feliz». Ernesto cerró los ojos, pero esta vez para soñar despierto con la cima de alguna montaña.

 

Anna Aguilar

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