Piedras
Cuentos Cortos

El brujito y las piedras

Caminé casi sin rumbo entre la muchedumbre. Mi mirada turbia se detenía de vez en cuando en alguno de los puestos de artesanos organizados a ambos lados del camino, al pie del cerro Uritorco. Una suave música recorría el aire serrano… y en sociedad con el refrescante ronronear del río, que marcaba su paso entre las piedras, le daban un tinte místico al lugar. Era uno de esos sitios donde cierta magia sobrevuela, invitándote a conectar con el universo. Donde la brisa desparrama armonía de tal forma que podemos atrapar una buena dosis de un solo puñado. Pero ni todas las dosis de esa montaña hubieran podido con el enredo que dominaba a mi alma esa tarde. Imagino que saben lo que pesa un corazón roto, o el ruido tremendo que hace el vacío, o el sabor amargo que tiene la rabia. Quién no se ha dejado inundar alguna vez por cualquiera de las emociones que nacen del miedo. Quién no se ha sentido vencido cuando otro día muere sin haber armado el rompecabezas de su vida. Quizás no era la única que caminaba perdida aquella tarde a orillas del Calabalumba, sedienta de alguna gota de esa magia que prometía el aire. Pero el muro de mi enojo era a prueba de esperanzas.

Sin darme cuenta, me había detenido hacía varios minutos frente al puesto de un brujito. Comencé a observar lo que mis ojos habían estado mirando sin mirar. Sobre una precaria mesa cubierta con un paño color índigo, habían dispuestas siete piedras de diferentes colores junto a un saco de tela gris. Una mano arrugada las tomó y las guardó dentro del saco, y entonces me percaté de la presencia del brujito. Era un hombre bastante mayor, con un cabello blanco bastante desordenado y una incipiente barba bastante desprolija del mismo color. Me miró y extendió hacia mí la mano acercando la bolsa, y me dijo:

— Escoge una piedra, sin mirar.

Suspiré y a desgano introduje mi mano tanteando las piedras dentro de la bolsa. Elegí una, la saqué y se la enseñé. Era una turmalina azul en forma de gota. El brujito la observó levantando sus pobladas cejas y luego alzó su vista hacia mí, y en lugar de adivinar mi suerte como esperaba, sólo formuló una pregunta:

— ¿Qué es lo que está robando tu paz?

— Me hirieron, y no puedo perdonar. — respondí casi escupiendo las palabras, porque no querían salir.

— Voy a darte una única razón para perdonar. Pero es más que una razón, ya lo verás. — aseguró con su dedo índice y al instante me entregó una mochila que sacó de debajo de la mesa. — Mañana temprano, cuando el sol esté asomando, subirás ese cerro, y llevarás sobre tu espalda esta mochila. Tu objetivo es llegar a la cima. Pero hay algo más… jamás debes abrir la mochila ni saber lo que hay dentro. Cuando desciendas, me la devolverás.

Mis ojos pasaron de ser incrédulos a mostrar determinación, convencidos por quién sabe qué cosa de aquel anciano, y colgué la mochila en mi hombro. Era liviana, y casi podía hacer de cuenta que no llevaba nada. No sería difícil cumplir la misión.

A la mañana siguiente, entre los tibios rayos de sol que se animaban a bañar el cerro y con la mochila a cuestas, emprendí el ascenso. Las primeras horas fueron fáciles, el camino era bastante llano y mi energía estaba al tope. Esperaba alcanzar la cima cómodamente. Pero transcurrido el tiempo el asunto se empezó a poner difícil. El sol agobiaba más, el camino se había vuelto ripioso y la mochila comenzó a estorbar… De pronto su peso no era el que recordaba, y mi columna vertebral debía hacer cada vez un mayor esfuerzo por sostenerla. Mis pasos se fueron haciendo lentos, y tuve que detenerme varias veces a descansar en alguna roca. Definitivamente, no iba a poder llegar a la cima con semejante paquete… y abatida y desilusionada, decidí descender.

Al pie del cerro me esperaba el anciano, detrás de su mesa de piedras preciosas. Sin ningún atisbo de asombro, me observó llegar arrastrando esa mochila embrujada que ya pesaba lo mismo que un rinoceronte. Con el último pedazo de aliento que me quedaba, la deposité frente a él y me senté junto a mi frustración en el suelo. No hacía falta aclararle que no había alcanzado ninguna cima. Por supuesto, el hombre ya lo sabía, incluso desde el día anterior. Pero como no sobraba aire de mis pulmones para pronunciar una palabra, dejé que se tomara su tiempo para darme una explicación. Lejos de cumplir mis expectativas, el brujito sólo hizo un gesto con su mentón señalando la mochila y me ordenó:

— Ábrela, y saca lo que hay dentro.

Tampoco sobraba aire para expresar mi furia, así que obedecí y la abrí. Y miré dentro. Mis ojos desbordaron asombro al descubrir en el interior del bolso tres grandes rocas. Increíble que hubieran estado allí desde la tarde anterior, cuando acepté el reto. Increíble que hubiera intentado trepar el cerro cargándolas sobre mi espalda. Pero más aún increíble era el hecho de no haberme percatado de su existencia. Entonces la magia de aquel lugar hizo un pequeño hoyuelo en mi conciencia, y un nuevo entendimiento pareció colarse junto al aire que estaba respirando. Introduje mis manos y me dispuse a sacar las piedras de la mochila.

Piedras
Fuente de la Imagen: Pixabay.

La primera, del tamaño de un balón, era la decepción. Su color era un triste gris, como el gris del que se tiñen los días tristes. Su superficie era áspera, como la del viejo baúl donde sepultamos ilusiones rotas. Pude reconocer en ella aquellas luces en mi vida que se apagaron, aquellas voces que se hicieron silencio, aquellas imágenes que se volvieron fantasmas. El lugar de mi ser que esa piedra habitaba era mi razón, y tiñiéndola del mismo gris de su superficie, había sido capaz de opacar sus horizontes y levantar muros a su alrededor. Su presencia me había encerrado en una burbuja desde la cual no podría jamás tocar nuevos cielos. Comprendí la importancia de deshacerme de ella, y la dejé a un lado.

La siguiente piedra que saqué era el dolor, y era aún más grande que la decepción, y más oscura. Me recordó las interminables noches sin luna, escenarios de mis tinieblas más profundas. Me recordó esa dulce y desoladora estocada que te inunda el pecho y te recorre el alma. Detecté el peso de esta piedra en mi corazón, y observé apenada cómo había endurecido sus latidos y cómo había vuelto amarga mi sangre. Suspiré al darme cuenta el tiempo que había llevado esa piedra en mi pecho.

La última piedra, la más pesada, era la ira. De un color rojo intenso y de bordes afilados, parecía diseñada para dibujar heridas… o para abrirlas aún más. Era tal cual la imaginaba cuando la sentía trepar desde el nudo en mi estómago hasta mi garganta, el lugar donde hizo nido en mi cuerpo. Y allí se incendiaba como bola de fuego, empujando para estallar en gritos que no fueron y en puños cerrados que la reprimieron. Mi pena se desparramó por mi rostro al comprender cuánto daño me había hecho. Entonces, el brujito habló:

— Llevaste esas piedras a cuestas mucho tiempo, pero no podrás llegar a la cima con ellas. De nada te sirve ignorarlas, sólo entorpeces tu camino. Puedes en cambio abrir tu alma, observarlas, aceptar que existen y hacerte libre de ellas.

— Entonces… hacerme libre de ellas es el primer paso para perdonar? — pregunté, como quien está a punto de descifrar un secreto.

— No. Hacerte libre de ellas es perdonar.

 

Anna Aguilar

 

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