Niño
Cuentos Cortos

El Bosque

Juan estaba en medio del bosque. Realmente no sabía cómo había llegado allí. Estaba perdido. Había tomado una ruta equivocada con su coche, de pronto ese camino se había vuelto desolado y a medida que avanzaba no asomaba un solo cartel indicador. Inesperadamente el motor había empezado a lanzar un humo negro y había tenido que detenerse. El teléfono… sin señal. Había mirado hacia todos lados mientras su cabeza murmuraba “piensa, piensa, piensa…”, y allí a lo lejos en medio de los árboles había visto una pequeña lucecita. Con la esperanza de encontrar alguna mano solidaria se había encaminado a ella, y así fue como de pronto se vio rodeado de altas secuoyas y la pequeña luz había desaparecido.

“Muy bien”, se dijo, “estás perdido, imbécil”. Siguió caminando por un sendero dibujado entre los gruesos troncos y pisando hojas secas y crujientes a cada paso. Se detuvo repentinamente, había oído algo. Parecía el sonido de alguien que restriega su nariz después de llorar. Se dejó guiar casi instintivamente por ese humilde ruidito, y pudo percibir que provenía de detrás de una de las secuoyas que tenía enfrente. Dio la vuelta al árbol y allí lo vio. Sólo era un niño, no tendría más de siete años, sentado con su espalda apoyada en el grueso tronco y abrazando sus rodillas, el rostro sucio interrumpido por las huellas de unas lágrimas que se habían estado derramando.

-Hey… por qué llorás? Qué te ha sucedido? – le dijo Juan, agachándose a su lado.

-Estoy perdido… como vos – respondió el niño.

-Cómo sabés que estoy perdido?

-Porque estás aquí…

-Y cuánto tiempo hace que estás perdido?

-Hace mucho que estoy aquí…

Juan suspiró, y le tendió la mano para ayudarlo a levantarse.

-Vamos, te ayudaré.

El niño aceptó la invitación y empezaron a caminar, retomando el sendero.  Juan caminaba delante mirando hacia todos, buscando alguna señal de la luz que había visto antes. El niño caminaba detrás, sin dejar de observarlo.  De pronto el ruido de hojas secas bajo lo que parecían ser muchos pies que corrían los detuvo. El corazón de Juan dio un salto.

-Oíste eso? – preguntó asustado, y entonces percibió al mirar al niño que éste estaba más aterrorizado que él.

-Sí, son los duendes, salen de su cueva cuando se va a hacer de noche. Les gusta asustar, por eso corren alrededor de uno y se esconden… Me dan miedo.

-Alguna vez los viste?

-No, siempre están escondidos. Pero asustan. Así que me quedo quieto y espero que se vayan.

-Muy bien, no nos vamos a quedar quietos esta vez…  te daré mi mano, así no sentirás miedo, y seguiremos avanzando. Esos duendes no son reales, nada te pasará. Hay que salir de aquí antes que caiga la noche.

Juan tomó de la mano al niño, y éste pareció sentirse más seguro. Así que siguieron avanzado. El camino parecía el mismo a cada paso, sólo enormes árboles imponentes, hojas secas y olor a naturaleza. Si no estuviera perdido, hubiera disfrutado un lugar como ese.

Pasados unos quince minutos, el niño se detuvo en seco, con los puños cerrados a cada lado de su cuerpo y el ceño fruncido.

-Qué sucede? – preguntó Juan, impaciente.

-No quiero ir por este camino. Busquemos otro.

-Y eso por qué?

-Porque por ese camino vive otro duende. Es malo. Me ha robado todos mis juguetes. Me hace enojar mucho – el niño se sentó en canastitas y empezó a romper unas ramitas con rabia.

Juan no podía creer lo que oía, y sintió una oleada de rabia él mismo porque se estaba retrasando su salida de ese bosque.

-Por favor… los duendes no existen! – exclamó exasperado.

-Este sí existe. Siempre me molesta. Es muy malo.

-A ver… – dijo Juan apelando a un poco de psicología – si ese duende te ha robado los juguetes, tenés razón en estar tan enojado, si lo encontramos en el camino le daremos su merecido.

-No quiero pegarle.

-Okey…  – recapituló Juan, intentando encontrar la forma de disolver el enojo del niño – has pensado que a lo mejor ese duende no tenía juguetes para jugar y por eso te los ha quitado? Digo, es muy malo lo que te hizo, pero quizás no lo hizo para molestarte, quizás necesitaba esos juguetes o quizás simplemente actúa así porque no sabe de qué otra forma hacerlo.

-Yo no le robaría sus juguetes…

-Pero él no sos vos, y vos no sos él.

-Puede ser…

-Te propongo esto: seguimos caminando, y si aparece simplemente lo ignoraremos. Así no habrá forma de que te moleste.

-Está bien…

De la mano
Fuente de la Imagen: Pixabay

Juan le tendió otra vez la mano y el niño se dispuso a seguir avanzando. El duende malo no apareció. Caminaban en silencio, tomados de la mano. Más adelante, el niño señaló una secuoya gigante que sobresalía entre las otras, y explicó:

-Allí viven unos duendes que siempre me ponen muy tristes…

-Sí? Por qué te ponen triste?

-Porque siempre me dicen que mis padres me han abandonado en este bosque.

-Y es así? Te han abandonado?

-No lo sé. Vine con ellos y un día ya no estaban.

-Cómo podés saber que no te han perdido? O que no te están buscando?

-No lo sé. Pero los duendes dicen que no. Que ellos son malos. Y eso me pone muy triste.

-Me parece que no deberías hacerle tanto caso a esos duendes.

-Creés que los duendes no tengan razón? – preguntó el niño con los ojos abiertos de esperanza.

-Creo que los duendes no saben qué le ocurrió a tus padres, ni si hacen todo cuanto pueden para encontrarte. Probablemente te estén extrañando mucho y no lo sabés. Mis padres también a veces se equivocan, pero cómo me gustaría salir de este bosque y volverlos a ver… – dijo Juan conmovido – Los padres siempre hacen lo que pueden…

El niño apretó fuerte la mano de Juan, y Juan de repente no se sintió solo.

Inesperadamente, el bosque terminó, y se encontraban frente a una especie de acantilado de varios metros de altura, lleno de rocas. Allí abajo, a lo lejos, se veía una casa y una ruta. Juan observó la ruta, aliviado, y el niño señaló la casa, eufórico.Esa es mi casa! – exclamó, y comenzó a dar brincos de alegría. Pero al bajar la vista y evaluar el acantilado, su alegría se apagó. –

-No podré llegar a mi casa – decretó.

-Por qué decís eso? Estamos tan cerca!

-Este acantilado es muy alto, no podré bajarlo, no puedo hacerlo.

Juan miró el acantilado, y verdaderamente no sería nada cómodo descender por allí. Pero trató de inspirarle confianza.

-Por qué pensás que no podés hacerlo?

-Voy a caerme.

-No vas a caerte.

-No tengo piernas ni brazos fuertes.

-Claro que sí! – Juan ideó al instante un plan – Mirá, vamos a hacer esto.  Yo bajaré primero y vos bajarás luego, yo te iré sosteniendo desde abajo, y así llegaremos a tierra firme. No dejaré que te caigas.

-Está bien… – asintió el niño, y comenzaron a descender.

Fue más fácil de lo que pensaron, y no hizo falta que Juan lo sujetara. En un acto de alegría chocaron los cinco. El niño había hallado su hogar, lejos de esos duendes entrometidos que producen miedos de esos que paralizan, enojo, tristeza, desconfianza… Y Juan se encaminaría hacia un pueblo lleno de lucecitas que asomaba después de unos kilómetros, donde podría pedir ayuda y resolver su problema. Y qué lindo había sido conocerse… Nunca olvidaría a ese niño ni las horas pasadas junto a él en ese bosque de secuoyas, pensó Juan. Le invadió una extraña nostalgia y un sentimiento de ternura hacia él. Se sentía feliz y satisfecho de que estuviera al fin a salvo.

-Un momento! – le dijo de pronto, recordando un detalle – No nos hemos presentado. Cuál es tu nombre?

-Me llamo Juan… como vos.


No olvides rescatar a tu niño interior… Él estará allí, perdido en el bosque, esperándote.

 


Anna Aguilar

 

 

 

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