• Cuentos Cortos

    El hombre de la jaula

    En las tardes de verano me gustaba cargar unas magdalenas, el mate y el termo en un bolso, e ir a la playa a contemplar la puesta del sol. Disfrutaba tanto de esa hora y media sentada en la arena, mis pies dibujando caminos que las tímidas olas borraban y la brisa robando algún mechón de mi pelo casi recogido. Eran de esos momentos de paz y comunión con la naturaleza que te alimentan el alma. Por eso, antes de que la tarde empezara a morir, me encaminaba hacia aquel lugar bordeando la costanera.

    Aquel día emprendí la salida antes de tiempo y tomé otro camino, tentada por visitar los puestos de artesanías que se montaban en la feria de la plaza. Pero al llegar allí, algo más llamó mi atención. En medio del césped y rodeada de algún que otro arbusto, había una jaula del tamaño de una habitación reducida. La celda estaba habitada por un hombre sentado en un banco, de piernas cruzadas y de semblante concentrado en la lectura de un libro que sostenía en sus manos. Impulsada por la intriga y una naciente necesidad de ayudar a aquel extraño, me acerqué hasta los barrotes oxidados.

    — Buenas tardes… — saludé expectante, notando que la puerta de la jaula estaba entreabierta.

    — ¡Buenas tardes! ¿Cómo estás? — saludó el hombre con sonrisa cordial, levantando la vista hacia mí.

    — Muy bien, gracias… Lo he visto y no he podido dejar de preguntarme qué hace usted dentro de esta jaula — señalé la construcción de hierro que lo tenía prisionero.

  • Cuentos Cortos

    El fantasma

    El fantasma aterrizó en la nube de forma suave y acompasada. Hacía sólo instantes había abandonado la vida terrenal y estaba ansioso por saber si sería admitido en el Cielo. Creía haber hecho las cosas como Dios manda, por lo que su entrada al paraíso era inminente. Pero era el momento de rendir cuentas, y eso lo ponía un tanto nervioso. Avanzó casi deslizándose hacia el escritorio del ángel de turno, quien parecía muy atareado ordenando unos papeles.

    — Disculpe — interrumpió el fantasma — Acabo de morir y me han enviado a esta… oficina.

    — Oh, sí, ¡bienvenido! — el ángel se incorporó y cortésmente le señaló la silla para visitantes — Tome asiento, por favor.

    — Gracias… Usted dirá.

    — Sí… A ver… Comencemos con una breve reseña acerca de su vida terrenal.

    — Bueno… creo haber sido un hombre de bien y de familia, señor Ángel. Siempre antepuse mis responsabilidades a cualquier otra cuestión. Mi ley de vida ha sido cumplir con ellas. Por eso es que desde muy joven trabajé duro para labrarme un futuro. He hecho toda clase de sacrificios en pos del bienestar de mis seres queridos. El tiempo que compartía con ellos era poco, pero era necesario para asegurar su porvenir. Siempre respeté la moral y las normas, y eso es lo mejor que he transmitido a mis hijos. He vencido mis pasiones y algunas tentaciones. Me he esforzado en mantener mi matrimonio a lo largo de los años y he sabido cumplir el rol de un buen esposo. También he sido un buen hijo, supe acatar las órdenes de mis padres y les he respetado hasta su último suspiro. Creo que he hecho todo lo posible por hacer felices a las personas que me rodearon… — El fantasma interrumpió su discurso al observar que el ángel lo miraba por encima de sus gafas, arrugando sus labios en una mueca dubitativa. — ¿Algún problema, señor Ángel? — preguntó, preocupado.

  • Cuentos Cortos

    Hey, Príncipe Azul

    «Estimado Príncipe Azul, para cuando leas esta nota ya no estaré aquí. He decidido abandonar la torre en la que, encerrada tantos años, te esperé sin que llegaras. Y, para ser sincera, no deseo que la mitad de mi vida transcurra aquí. Siendo niña mis padres me confinaron a estas cuatro paredes creyendo que era lo mejor para mí, y tal vez lo haya sido… no dudo de sus nobles intenciones. De otro modo siempre hubiera sido una tibia princesita que teme a todo en la vida, complaciente y servicial pero cobarde e infeliz. En cambio, aquí he aprendido mucho y me he forjado un carácter, pero sobre todo he fortalecido mi alma. Y aunque agradezco a mis padres por ello, ya es hora de salir de aquí. Lo siento, no habrá ninguna princesa esperándote cuando escales a lo alto de la torre.

    Tranquilo, ya maté al dragón. No fue nada fácil, de esto sabrás mucho ya que eres un valiente guerrero. Pero… a que no sabes? Descubrí que yo también puedo serlo.

  • Bestia
    Cuentos Cortos

    Muerte de un psicópata

    El frío del metal desgarrándote el hígado congeló ese último instante. Era verdad eso que dicen, antes de morir ves pasar tu vida ante tus ojos como una agónica película que llega a su final. Y además de agónica, en tu caso la película era bastante sarcástica, una especie de comedia negra que te mostraba todo lo que hiciste mal. Nunca imaginaste este final, nunca imaginaste que estaba tan cerca. Las piernas se te aflojaron por última vez, exhalando el resto de fuerza que les quedaba. Supiste que no había vuelta atrás. Se terminó el show. Torpemente llevaste tu mano al lado derecho, en un intento ridículo de sosegar el dolor. Pero ése no era el único dolor que se desparramaba por tu cuerpo. Ese minuto eterno te enfrentaba con algo mucho más terrible que tu verdugo, y era tu propia bestia. Esa que toda una vida guardaste entre las rejas de tu conciencia, convenciéndote una y mil veces de que no existía, disfrazándola con la enorme mentira que veías en el espejo cada mañana al comenzar tus días. Ya no habría más mañanas grises para engañar. Dios… cómo duele, no? Tantos años huyendo de ella, y ahora la bestia se paraba justo enfrente tuyo para verte morir. Una mueca triste e irónica se dibujó en tus labios, y tus ojos por primera vez fueron honestos, aterrorizados del abismo que te invadía.

  • Imposible
    Cuentos Cortos

    Imposible

    Condujo su coche comandado sólo por la idea de verla. Era un impulso que lo invadía bastante seguido últimamente, y por eso la ruta que lo llevaba a su oficina sufría algunos desvíos obligatorios y frecuentes. No siempre tenía suerte, a decir verdad… pocas veces la encontraba en el camino. Pero lejos de ser ése un motivo para desistir, más le ahondaba en el pecho el deseo de cruzarla. Pensó en aquella mañana de octubre en que la conoció. Tan hermosa y alborotada, ella parecía no haberse fijado en él. Pero él sí, la había observado tan profundamente en esos pocos minutos que había sido suficiente para despertar su interés. Bueno… sí, algo más que interés. Quizás esa ansiedad seducida por la certeza de que hay algo más.

    Al doblar la esquina la silueta anhelada se dibujó ante sus ojos, y el corazón le dio un vuelco.

  • Piedras
    Cuentos Cortos

    El brujito y las piedras

    Caminé casi sin rumbo entre la muchedumbre. Mi mirada turbia se detenía de vez en cuando en alguno de los puestos de artesanos organizados a ambos lados del camino, al pie del cerro Uritorco. Una suave música recorría el aire serrano… y en sociedad con el refrescante ronronear del río, que marcaba su paso entre las piedras, le daban un tinte místico al lugar. Era uno de esos sitios donde cierta magia sobrevuela, invitándote a conectar con el universo. Donde la brisa desparrama armonía de tal forma que podemos atrapar una buena dosis de un solo puñado. Pero ni todas las dosis de esa montaña hubieran podido con el enredo que dominaba a mi alma esa tarde. Imagino que saben lo que pesa un corazón roto, o el ruido tremendo que hace el vacío, o el sabor amargo que tiene la rabia. Quién no se ha dejado inundar alguna vez por cualquiera de las emociones que nacen del miedo. Quién no se ha sentido vencido cuando otro día muere sin haber armado el rompecabezas de su vida. Quizás no era la única que caminaba perdida aquella tarde a orillas del Calabalumba, sedienta de alguna gota de esa magia que prometía el aire. Pero el muro de mi enojo era a prueba de esperanzas.

    Sin darme cuenta, me había detenido hacía varios minutos frente al puesto de un brujito. Comencé a observar lo que mis ojos habían estado mirando sin mirar. Sobre una precaria mesa cubierta con un paño color índigo, habían dispuestas siete piedras de diferentes colores junto a un saco de tela gris. Una mano arrugada las tomó y las guardó dentro del saco, y entonces me percaté de la presencia del brujito. Era un hombre bastante mayor, con un cabello blanco bastante desordenado y una incipiente barba bastante desprolija del mismo color. Me miró y extendió hacia mí la mano acercando la bolsa, y me dijo:

  • Niño triste
    Cuentos Cortos

    La carta

    El niño abrió los ojos a las ocho en punto. Ya no saltó de la cama como días antes, sino que a desgana corrió las sábanas, se sentó y posó sus pies descalzos sobre el frío del piso. Frente a sí, colgado de la pared, un espejo le devolvía su reflejo. Ahí se vio, el pelo revuelto y los ojos castaños hinchados aún de sueño, o de tristeza. Día quince. Suspiró. Resopló. Sabía que haría el recorrido en vano, pues ella no estaría allí, como los catorce días anteriores. Abandonó la imagen del espejo para dirigir la mirada hacia la puerta de la habitación. Allá vamos, se dijo. Arrastrando una decepción anticipada, se encaminó hacia la cocina. Efectivamente, estaba vacía. Las cortinas aún cerradas mantenían el espacio en penumbras. Los platos limpios de la noche anterior sobre la mesada, intactos. Ninguna taza humeando leche sobre la mesa. Su padre y su hermana aún dormían. Se estaba acostumbrando al ruidito que nace del corazón al romperse. Asomó su ceñida frente a la ventana, espiando por detrás de las cortinas, como si ella fuera a aparecer mágicamente. Otro suspiro nació y murió, y el niño asumió que este día número quince no sería diferente a los anteriores. Atrás quedó la ventana, y fue en busca de un vaso de leche… la tomaría fría. Dejó caer su pequeña humanidad sobre una de las sillas. Sobre la mesa había un cuaderno y algunos bolígrafos, los miró por sobre el vaso de leche mientras bebía. Y entonces, decidió intentarlo. Limpió con su manga el bigote blanco sobre sus labios y, con un nudo interrumpiendo su garganta, comenzó a escribir:

  • Niño
    Cuentos Cortos

    El Bosque

    Juan estaba en medio del bosque. Realmente no sabía cómo había llegado allí. Estaba perdido. Había tomado una ruta equivocada con su coche, de pronto ese camino se había vuelto desolado y a medida que avanzaba no asomaba un solo cartel indicador. Inesperadamente el motor había empezado a lanzar un humo negro y había tenido que detenerse. El teléfono… sin señal. Había mirado hacia todos lados mientras su cabeza murmuraba “piensa, piensa, piensa…”, y allí a lo lejos en medio de los árboles había visto una pequeña lucecita. Con la esperanza de encontrar alguna mano solidaria se había encaminado a ella, y así fue como de pronto se vio rodeado de altas secuoyas y la pequeña luz había desaparecido.