• Anécdotas

    Un pacto entre almas

    Dicen que elegimos a nuestros padres antes de nacer…

    Durante mucho tiempo sostuve que un padre debía ser algo así como un superhéroe. No me culpo por creerlo, he visto cientos de ellos. Los he observado alzar a sus niños sobre sus hombros para enseñarles que pueden tocar el cielo, planear junto a ellos las destrezas imposibles de algún barrilete, o demostrarles que a pesar de los ardientes raspones en las rodillas se puede seguir andando en bicicleta. A decir verdad, a muchos niños les ha tocado un papá superhéroe. Pero no hizo falta que lo fueras conmigo. Aunque, no voy a mentirte, de niña y no tan niña esperaba tus superpoderes. Quizás porque eras una especie de mago que hacía que las historias que me contabas cobraran vida cuando las dibujabas para mí en un papel. Quizás porque alguna vez me hablaste de las estrellas como si las conocieras… sabías sus nombres y una por una me las indicabas en aquel mapa que trazaste, ese mapa que entonces supuse querías enseñarme por temor a que un día me perdiera entre ellas. Pero hoy creo que tu afán por mostrarme esa mezcla de constelaciones era más bien por señalarme un camino de estrellas para que alguna noche como esta pudiera encontrarte. Por eso hoy me siento aquí, al borde del río, y observo este cielo inundado de puntos brillantes mientras intento adivinar en qué astro estarás sentado, con las piernas cruzadas y un cigarrillo en la mano. Y una curiosa pregunta se escapa de mis pensamientos y la pronuncio en voz alta: ¿serán las estrellas las oficinas donde las almas se reúnen a planear sus próximas vidas?

    «En una estrella fulgente estaba mi alma sentada, haciendo planes para su próxima vida. A su lado, un alma de aura azul la escuchaba atentamente.

  • Miedo
    Anécdotas

    El viejo miedoso

    Cuando la cocinera me entregó la bandeja con mi plato de comida y dos trozos de pan, giré sobre mí misma y recorrí con la mirada la sala del comedor, intentando detectar un lugar libre en alguna de las mesas.  Sólo quedaba  un sitio frente a un hombre mayor, de unos 70 años, con una barba blanca algo crecida que le daba aires de sabio. Hacia allí me dirigí, haciendo malabares con mi bolso, unas carpetas y la bandeja para que nada terminara en el suelo.

    — Buen día… le molesta si me siento aquí a almorzar, frente a usted? — no pude evitar preguntar al ver su cara de pocos amigos. Dejó suspendido el tenedor a centímetros de su boca mientras me examinaba con ojos desconfiados. Por toda respuesta hizo un ademán con la mano para que me sentara, y siguió con su misión de devorarse el plato de fideos con salsa. Me senté acomodando mis cosas al costado del banco y me dispuse a hacer lo mismo que el hombre en silencio, ya que la mesa no mostraba promesas de charla. Sin embargo me sorprendió al señalar con la cabeza mis carpetas y preguntar:

  • Mujer
    Anécdotas

    Lo siento, perdón, gracias, te amo

    Desperté apenas amanecía, con el primer esbozo de claridad que se trepó a mi balcón, y aún así había sido una noche larga. Los ecos de las balas que habían llovido sobre mi ego, las imágenes difusas de las cadenas del pasado y ese olor fresco a decepción… se mezclaban y daban vida a un solo fantasma que se sentaba al mismo tiempo que yo en el desorden revuelto de mi cama. Lo contemplé como se puede contemplar al desastre después de un huracán, rendida. Y entonces fui por ella. La busqué por las habitaciones, atravesando pilas de ropa de batalla y tazas vacías de té que resultaron no ser mágicas. Aparté de mi camino los escombros de lo que había sido mi zona de confort, la cueva donde me había escondido desde mi infancia, observando cómo todavía echaban humo los miedos que habían sido sus andamios. La casa era un caos, como lo era la vida, como lo era mi alma.

    Y allí la encontré, de pronto parada frente a mí, con los ojos nublados y desconfianza en sus pupilas, con la frente vencida y los labios secos por tantas palabras que no fueron oídas. Nos miramos en silencio, con una comprensión tan vasta como el océano. Pude advertir cómo la tormenta también había desordenado su pelo, y cómo su suspiro era una bandera blanca de rendición. Entonces sentí un deseo irrefrenable de romper el silencio, le sostuve la mirada y las palabras brotaron como si dentro mío existiera un manantial que desconocía. Y le dije…:

  • De noche
    Anécdotas

    Insomnio

    Hay algo en la noche que es capaz de desvelarme. La oscuridad y el silencio son puertas seductoras que se abren como si ofrecieran algo más para ver y para oír. Como si de noche pudiéramos observar algo que en la luz y el ruido de las horas del día se nos pasara inadvertido. Entonces mi mente se queda prendida de ese silencio, sólo interrumpido por el concierto de algunos grillos.

    A veces el insomnio tiene nombre y apellido. Otras veces parece una de esas calesitas que giran y giran paseando pensamientos, como si una fuera a sacar de pronto la sortija reveladora de la solución mágica. Hay insomnios que invitan a los fantasmas a encontrarse con nosotros, en un intento fallido de resolver algo pendiente. Lo cierto es que nada de eso ocurre. El dueño del nombre y apellido no aparece, no ganamos ninguna solución mágica ni se puede resolver nada con ningún fantasma intruso. Pero lo intentamos, tercas almas que no podemos cerrar los ojos.

  • Anécdotas

    En el bar, con el diablo

    Tinieblas
    Fuente de la Imagen: Pixabay.

    Puede que seamos muchos a los que nos tocó bailar con el diablo. Y no estoy siendo figurativa… les aseguro que era él. He tenido la oportunidad de dormir con la perversidad y la oscuridad al otro lado de mi cama. Recuerdo cuando subió a mi auto, esa primera vez que lo vi, vestía pantalón negro y camisa rosada. Casi siempre los demonios se presentan como ángeles sin alas, que caminan por el mundo ofreciendo su sonrisa tan esmeradamente fabricada. Lo supe. Pude oírlo en su tono de voz demasiado endulzado, y pude verlo en la forma en que torcía sus labios a un costado cuando sonreía. Pero por algo somos tercos cuando de enfrentarnos al diablo se trata, así que también sonreí. Fuimos a un bar, se sentó frente a mí y encendió un cigarrillo. Observé su tatuaje, una especie de monstruo que recorría su antebrazo… increíble que llevara tatuado su propio retrato. Ahí estaba él, mirándome como un león a su presa, y ahí estaba yo, sonriéndole a quien iba a enseñarme lo mejor y lo peor de mí misma.

  • Niña Interior
    Anécdotas

    Niña

    No sé  cuál sea tu nombre, pero voy a llamarte Anna, como mi nombre.

    Te vi esa noche. Te vi tendida en una vereda acurrucada contra la persiana cerrada de lo que sería un negocio, tapada con una rudimentaria frazada vieja y descolorida. Estabas durmiendo. Vaya a saber con qué estarías soñando, pero estoy segura que tu sueño era mejor plan que abrir los ojos. Te miré, miré tu rostro relajado, redondo, sereno, y me hizo acordar a una luna llena por su placidez. Estabas perfecta durmiendo. Pero en mi pecho sentí un nudo de pensar cómo es cuando despertás. De repente lo imaginé todo, y no sólo lo imaginé, pude sentirlo. Como si pudiera mirar a través de tus ojos. Y cuanto más miraba usando tus ojos, más profundo me dolía.