Cuestiones

¿Autosuficiente?

Ajá, con que crees que eres autosuficiente. Has creído a lo largo de una vida que todo lo podías hacer solo, o peor aún, que todo lo debías hacer solo. Llorar es de débiles, por ejemplo. Entonces, como puedes solo con tu angustia, te encierras en tu habitación a llorar en soledad. No puedes negar que tienes momentos de debilidad, pero puedes ocultarlos, puedes evitar que alguien te vea así. Luego saldrás por la puerta grande mostrando lo fuerte que eres y lo resuelta que está tu vida, pero mientras te sientas desmoronar deberás esconderte para que nadie observe tus ruinas. Te admiras por valerte por ti mismo, sin la ayuda de nadie. Aunque esta autosuficiencia te cueste días de un gris asfixiante y noches que parecen un abismo, te exiges levantarte, como puedas, secarte la humedad de los ojos, sacudirte el polvo de las rodillas e intentarlo otra vez… solo. No necesitas de nadie, tus conflictos son tuyos, tus desafíos también. No es cuestión de molestar a los otros y, además, tu gran proeza es hacerlo solo. Lo sé… he pecado de autosuficiente muchos años de mi vida.

Pues déjame decirte una gran verdad: la persona autosuficiente no existe. Es un gran engaño del ego para no asumir ciertas partes vulnerables de tu ser que preferirías no tener. Te engañas sosteniendo que no necesitas de los demás, cuando en realidad quieres creer que no necesitas de los demás. Y aquí viene la primera pregunta: ¿por qué quisieras creerlo? Sabemos que el hombre es un ser social, que no ha venido al mundo para estar solo, que los vínculos son parte esencial del desarrollo del ser humano y de su vida en sociedad. ¿Por qué elegirías vivir dentro de una burbuja sin pedir ni aceptar nada de alguien más? Quizás hayas aprendido que esto debe ser así, que no debes necesitar a otros seres. Entonces permíteme otra pregunta: ¿Cuándo y dónde aprendiste eso? Será tal vez en ese momento en que percibiste que tus necesidades no eran importantes, probablemente en la niñez. Esas circunstancias en las que interpretaste que era mejor arreglártelas solo porque no había espacio para tus penas o tus deseos, y sólo encontraste ese espacio a puertas cerradas en tu habitación. Entonces creaste un mundo interno donde eres el rey que todo lo ordena y el súbdito que así lo acata, el superhéroe que todo lo puede y la víctima que es rescatada. Un mundo donde habita un juez exigente que señala con el dedo a un reo cansado de arrastrar sus cadenas y con un largo camino por delante. Sí, has aceptado todos esos papeles: eres el rey y el súbdito, el superhéroe y la víctima, el juez y el reo. Te has acostumbrado a hablar contigo mismo, a exigirte, a reprocharte, a motivarte, a darte palmaditas en el hombro o cachetazos de realidad. ¿Para qué? Para olvidar que necesitas de los demás.

Es interesante la diferencia entre autosuficiencia y autonomía que señala Sergio Sinay en su libro La Vida Plena. Alguien autónomo es quien reconoce, expresa y atiende sus necesidades: se hace cargo de ellas. No las oculta ni las niega, no las disfraza de «todo lo puedo». La persona autónoma se escucha a sí misma y acepta sus partes vulnerables. Abraza tanto sus luces como sus oscuridades, sus fortalezas y sus debilidades. Quien se piensa autosuficiente suele seguir andando aún herido, sin querer llamar la atención de nadie. Alguien autónomo es mucho más sabio: se detiene, pide ayuda y acepta que otro lo cure. ¿Quién disfrutará más del camino por delante?

Fuente de la Imagen: Pixabay.

Si te animas, es momento de observar esa partecita tuya que no lo puede todo. Es una buena práctica mirarte a los ojos en el espejo y ser honesto contigo mismo. No tienes por qué poder con todas las cargas en soledad. Después de todo… nadie tiene ese poder en el mundo. Hay ciertos alimentos del alma que no puedes abastecértelos tú mismo. El néctar de un abrazo, la semilla de un consejo, el oasis de saberte escuchado. La seguridad de que saltarás sobre una red y que serás sostenido. La confianza, el amor. El impulso que te inyecta un simple apretón de manos. Las risas que te inundan el corazón. La fuerza que se te impregna en los músculos cuando otro cree en ti. Ninguno de estos tesoros sería posible conquistarlos en soledad. Y entonces… ¿es mala la soledad? Claro que no. La soledad es saludable en su dosis justa. La soledad también es buena aliada para el autoconocimiento y tiene mucho para enseñar, es muy necesaria para viajar por tu mundo interior y reconocer tu propio poder. Pero el maravilloso mundo que abren los vínculos humanos es tan necesario como la soledad. Como el día y la noche, parecen opuestos cuando en realidad se complementan. La cuestión es no engañarte con la soledad cuando tu alma sabe que necesitas de los demás.

No tienes por qué poder solo con todo. No eres ni un superhéroe, ni un rey sabelotodo ni un juez con autoridad para exigirte nada que exceda tus posibilidades humanas. Está bien no tener superpoderes, puedes vivir sin ellos. Precisamente, eres un ser humano, y por ello tienes permitido ser débil a veces. Puedes llorar en el hombro de alguien, puedes pedir ayuda, puedes tomar la mano de otros. Puedes contarles lo que necesitas, lo que sientes y lo que deseas, sin quedarte esperando que los otros adivinen que necesitas, sientes o deseas algo. No dejas de ser valiente por aceptar tu lado frágil. Quítate esa gran mochila de la espalda, que no estás solo para cargar con el peso de la vida. Que la vida no tiene peso cuando es compartida. Que el camino toma más color y el sentido de la humanidad florece cuando hay compañía.

Por algo dice un antiguo y sabio proverbio chino… «Camina solo e irás más rápido, camina acompañado y llegarás más lejos».

 

 

 

 

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